La pacífica máquina de guerra Wang Chan Kein
Posted by Beatriz Vignoli on June 27th, 2005 filed in ArtificialiaWang Chan Kein (David Carradine) era el protagonista de la serie Kung Fu. Seguí esa serie con fascinación en los años setenta. Me gustaba por igual su parodia en Hupumorpo con tres actores cómicos uruguayos: Maurice Jouvet (como el maestro), Ricardo Espalter (como Wang Chan Kein adulto) y Berugo Carámbula (como el joven discípulo). La serie original abusaba del recurso del flashback, como todo experimento ficcional que se preocupara por la psicología de los personajes; pero tenía además el encanto del spaghetti western de los matinés de cine de mi niñez en el cine Madre Cabrini. Y tenía algo más: respuestas, amplitud cósmica, la magia que luego algunos creyeron hallar en las letras del Flaco Spinetta o en las novelas de Hermann Hesse. Llegué a anotar algunas de las frases del maestro chino. En casa había la sensación de que a través de Kung Fu la televisión nos daba algo distinto, algo a la vez verdadero y mágico, algo más cercano a los supuestos valores que la televisión supuestamente destruía.
Kung Fu era, por lo pronto, la única serie que yo podía mirar tranquila en nuestro televisor en blanco y negro sin tener que oír todo el tiempo a mis espaldas los sarcasmos cínicos que mascullaba, en toda otra ocasión, mi madre. Extrañamente, hoy recuerdo con más claridad -y sin haberlos anotado- los desopilantes aforismos de la parodia oriental (oriental en el sentido de uruguaya) que los del original. “Maestro, ¿qué debo hacer cuando un gusano me rodea?” preguntaba el discípulo, y la serena respuesta del maestro empezaba: “Pequeño saltamontes…” y terminaba: “¡animal!”. Al final del sketch Espalter resurgía demasiado tarde de su sesión de meditación, para encontrarse con un saloon destruido, un montón de cowboys muertos y el dueño del saloon lamentando las pérdidas materiales.
Hace diez años escribí las siguientes notas inéditas sobre Wang Chan Kein, que posteo con retoques mínimos:
Wang Chan Kein es una máquina de guerra pacífica. Rodea conflictos que nunca le pertenecen. Su violencia -presuntamente, sólo defensiva- es una cinta continua de quietudes nómades. Wang Chan Kein es el extranjero absoluto: un “él” sin “yo” (y sin siquiera un “tú”, un “¡Ey, usted!”). Su extranjeridad no es relativa, no es la de quien ha dejado su casa o su patria en otro lugar. Wang Chan Kein viene de ser extraño, viene del no ser; proviene de un templo, no de una patria. Es el extranjero absoluto pues viene de lo absoluto. En su no-lugar de origen se conciliaban la privación extrema y el sufrimiento más intenso (recordar la escena del caldero y la nieve) con una total falta de contingencias particulares: el colmo de la adversidad lo guiaba hasta lo ilimitado. Su sufrimiento no estaba al servicio de una causa cualquiera, sino que era la vía de acceso de su alma al Ser.
En California, Wang Chan Kein era como Zaratustra recién bajado de la montaña. ¿Alguien ha calculado los efectos del amor por esa figura ideal sobre las jóvenes mentes de los adultos de hoy, considerando que tal ideal no es otro que el del superhombre? Wang Chan Kein no tenía familia, ninguna chica le gustaba jamás (o sí le gustaban pero las miraba irse con esa cara de camello bueno que solamente le sale a David Carradine); Wang Chan Kein no se enamoraba nunca, no era hincha de ningún cuadro de fútbol (bueno, eso no prueba nada en su contra), Wang Chan Kein no orinaba como no fuera sobre la prístina nieve china. Su siglo -el diecinueve- no le importaba en lo más mínimo; nunca se lo vio leer un diario con algún interés, ni tomar partido en un conflicto expresando opiniones propias.
A lo sumo, pronunciaba un aforismo nihilista y repartía unas cuantas patadas en nombre del Cosmos. Después, se iba. En el capítulo siguiente de la serie, volvía; y volvía a meterse en líos. Es decir, no exactamente a meterse, sino a circular con elegancia por entre los intersticios etéreos del lío, revoleando esa pata descalza tan bonita. El lío, el problema, siempre le era ajeno. Porque Wang Chan Kein no tenía nada y, mucho menos, problemas. Nadie debía poseer nada, tal era su moral. Apasionarse, enamorarse, enojarse, según la lógica autista que le había inculcado su maestro, era de ignorantes y sólo acarreaba desastres. Nadie debía nunca desear nada. La serie Kung Fu ayudaba a crear la ilusión de que era posible evitarse problemas abstrayéndose de todo. Sabio sería quien prescindiera tanto de sí mismo como del mundo.
Wang Chan Kein era el eterno recién llegado. Nadie parecía reconocerlo de capítulos anteriores. Los demás superhéroes, comparados con él, eran como el vigilante del barrio. Por más superpoderes que tuvieran, los superhéroes eran adecuados: terminaban adquiriendo una familiaridad con el mundo al que bajaban a auxiliar, cuyos problemas parecían venir hechos a medida de las soluciones que ellos eran capaces de darles -garantía del final feliz-. El superhéroe medio tiene siempre la misión de restablecer la normalidad de su mundo, venciendo a la fuerza malévola que haya irrumpido en esa normalidad. En cambio Wang Chan Kein, el inadaptado maravilloso, traía la noticia -ni buena ni mala- de que nada tenía la menor importancia ni el menor sentido en este mundo. Su función no consistía en devolver a los hombres y mujeres su estado de felicidad previo, sino en demostrarles que eran (¿unos?) infelices, y dar el ejemplo de un ser superior.
Los finales de Kung Fu no eran felices sino agridulces, moralizantes, “sabios”. La serie no buscaba sólo entretener, sino educar. Era una serie “adulta” (es decir, irresistiblemente atractiva para chicos y chicas de diez, once años), cuyo héroe -a semejanza del héroe trágico- se dirigía menos a los personajes secundarios que a los espectadores. Y su “sabiduría”, al fin de cuentas, era infantil. La creencia “madura” en que uno pueda elegir a voluntad qué hechos de la vida lo afectan y qué hechos no, la idea de que uno puede irse cuando quiera de los problemas, que no le pertenecen a uno, ya que se ha despegado del mundo material -y que carguen con el muerto los otros, los ignorantes que se apasionan, y que se embromen por no haber ido al Tibet ni a la China y seguir sumidos en la ignorancia-, en el fondo no es más que la omnipotencia de un niño de diez años.
No se trata tanto de culpar de todo a la televisión (aunque algo de eso hay) sino más bien de señalar, en los sueños que ella fabrica, síntomas de nuestra época: ¿No es acaso Wang Chan Kein el eterno adolescente, el siempre nómade, el forever marginal? ¿Qué hay más digno de él que autodenominarse “X” (no sabe, no existe, no contesta) la generación que creció mirándolo? Wang Chan Kein, con toda su siniestra extrañeza, con su patología recurrente de abandónico (y el discurso perverso con que se justifica: la dignificación a escala religiosa del “non calentárum”) es nuestro hermano mayor, nuestro Jesús.
Otros merecieron al Che Guevara. Y bueno…
June 27th, 2005 at 8:18 am
No estoy seguro que Jouvet trabajara en la parodia uruguaya de Kung Fu. Pero recuerdo una situación de la parodia:
-Maestro, la luz de la vela se aleja de mí en la oscuridad.
-Es que pusiste la vela arriba de la tortuga… ¡Animal!
Bien, me sorprende la contraposición entre el Hombre Nuevo guevarista y el Viejo Hombre oriental.
También puede pensarse a Kaine como el maestro olvidado de Kato (Bruce Lee).
En los Imperdonables de Eastwood, uno de los matones (el atildado inglés) tenía en su pasado el deshonroso estigma de ser carcelero de los obreros chinos que construyeron el ferrocarril. El comisario (Gene Hackman) recordó el hecho a los golpes, antes de expulsarlo del pueblo.
June 27th, 2005 at 2:19 pm
¡Sí! En casa era nuestro chiste favorito:
-Maestro: veo, en la oscuridad, una luz alejándose.
-Es que pusiste la vela arriba de una tortuga, ¡animal!
Y creo que el maestro era Jouvet, que siempre hacía de viejo.
La comparación con el Che me sorprendió a mí también, cuando la releí para tipearla. Esa parte del post la escribí hace 10 años.
Vi Los Imperdonables pero no me acuerdo de ese personaje. ¡Buena excusa para verla de nuevo!
June 27th, 2005 at 3:27 pm
Es un detalle, pero creo que el maestro era Enrique Almada. Tal vez me equivoque pero los hombres del programa eran 6 uruguayos (Spalter, D’Angelo, Soto, Carambula, Almada y otro que no recuerdo el nombre pero si la cara (que no era Jouvet).
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Su nota me hizo recordar como estaba casi hipnotizado frente a esa serie diferente. Parecía filosofía, a esa edad no se ve la ideología.
Kung Fue era bueno, tolerante, sabio , y encima inocente buscado por un crimen.
Me gustaba ver cual era su límite, y después al final siempre peleaba. Pero ni un golpe de más. Parecía sólo defensa.
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En el fondo es una versión del “no te metás”, o “yo, argentino”.
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Hoy existen series más peligrosas. Walker, el super ranger de Texas. Que primero pega y después pregunta. Jamás detiene a alguien sin previa paliza. Y es un manual básico del Imperio.
Casi merecería compartir el premio con Rocky y Rambo, que son la versión más básica de lo mismo.
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Hoy salvo Los Soprano, Dos metros bajo tierra, Los Simpson y alguna otra, el resto oscila entre la pavada (que no deja de ser formadora de opinión frívola adolescente) y la violencia sin sentido (o para mantener el orden establecido). Es un tema que excede su buenísima nota.
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Su referencia al Che, sólo la entiendo por oposición Wang Chan Kein.
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Un saludo y creo que en algún momento somos tan boludos como el pequeño saltamontes.
June 27th, 2005 at 4:10 pm
Me pregunto si el Kung Fu que ví yo a fines de los 80 y principios de los 90 es una nueva tirada o una repetición de la misma que habla Beatriz.
June 27th, 2005 at 4:46 pm
Hubo una serie Kung Fu en los años 90, con David Carradine viejo y convertido en un luchador duro y convencional, que cada tanto decía alguna frase New Age como para mantener algo del viejo estilo; esa serie era malísima.
La original fue pasada de nuevo en los 80. Empezaba con una ceremonia de iniciación donde el joven discípulo caminaba sobre papel de arroz sin dejar huellas y alzaba un caldero de hierro con algo hirviente adentro y con asas candentes que le dejaban marcados dos dragones uno en cada brazo, mientras caminaba descalzo por la nieve. La música era impresionante.
Después se veía al mismo personaje ya adulto, vagando en California con dos morrales cruzados en bandolera, uno a cada lado (estilo “cafetero” que muchos adoptamos) y entre una parte de su historia y otra él realmente había cometido un crimen, si mal no recuerdo dos, pero siempre en defensa de seres débiles: en China había matado al asesino de su maestro (y por eso tuvo que rajar a California) y en América había habido algo con los chinos que construían el tren, creo que Kein defendía a un obrero chino del maltrato de un capataz, no recuerdo bien con qué desenlace.
Puede ser que me haya confundido a Almada caracterizado de viejo con Jouvet, que era argentino. Valga la errata y gracias por el dato.
A un amigo mío lo apodamos Wang Chan Kein porque sacaba del fuego la pava para el mate sin agarradera, y se la bancaba.
June 27th, 2005 at 6:07 pm
Yo tuve un amigo al que le decíamos Uanchan, porque iba a la playa, se ponía rojo, se pelaba, pero nunca se quemaba.
June 27th, 2005 at 8:28 pm
creo que la serie “nueva” a la que se referian era “el hijo de kung fu” o algo asi, donde aparecia el hijo (ficticio o no) que era policia o algo asi, y ambos se dedicaban a luchar contra el crimen.
solo vi parte del primer capitulo, añorando la vieja serie, pero era un verdadero bodrio, asi que me limite a ignorarlo.
ah! y si mal no recuerdo, los “tatuajes” que tenia en el brazo eran un tigre y un dragon. ahora por suerte estan dandola de nuevo, solo me falta “cuero crudo” y mi felicidad sera completa.
June 29th, 2005 at 2:26 am
Permiso eh!
Lastima que por alla no vieron las parodias del Polivoces, eran de lo mejor sin duda alguna ,por otro lado de esta serie yo queria decir que ilustra como hechos de la vida a la perdida y a la renuncia como los dos polos de un mismo absurdo , pero como usted dice el no es heroe en un mundo salvaje al que hay que conquistar , sino un exiliado y un fugitivo y un inadaptado imaginado en los setentas para un mundo decimononico atrapado todavia como un adolescente a aquel unico mundo que conocia y obligado a abandonarlo ,quizas con la esperanza de encontrar a su hermano , tambien cabe decir que no le falta aquello de muchas historias chinas del peregrinar como camino hacia la verdad , un poco como la historia de Sidhartha cuando se va del palacio.