Fierro entre los filisteos
Posted by Beatriz Vignoli on July 25th, 2005 filed in ArtificialiaLlega tarde al planeta y se abre paso
desde la selva, sin raíz, desesperado
hombre a quien nadie dio un nombre,
guerreando por el mero existir de sí,
hombre sin ser, sin donde pisar,
contra la soga el hombre según quien
esperar compasión es hacer trampa;
llega pero no a lo real, habita un aeropuerto,
se instala a fuego en su línea, rompe cráneos
sin hermana el desmadre, para que nadie crezca
forzando abortos llega él, único en la ciudad;
llega con su campera de cuello de corderito,
duro de merca encara, duro de matar
con palabras sin sueños, un hombre realista,
austero, refractario a cualquier caricia,
él, el único ser humano normal,
Fierro el inimputable. De él se dice:
“un criminal de guerra”. No le importa, ríe
con la inocencia de un indio gigantesco de yeso
pintado de marrón. No son grises sus padres.
Hablando mal de todos se saca el saco, hace chistes,
le sirven whisky, el periodista ríe en su propio grabador
y ya está seducido, comprado, ya dirá
que no hay como este hombre otro tocayo de Dios
que entre sus enemigos viva solo, habite
esa patria que no es del semejante
como quien entre rocas, entre vientos anda,
la memoria y el cuerpo doloridos
de cargar en silencio con el alma.
Cegado, nadie le habla; él cree mar
a ese rumor que suena. Preso y huésped
olvidó la común humanidad.
No es gente para él esa inclemencia,
ese ruido de androides.
No lo apedrean: graniza.
Son filisteos, sombras
de hombres, hombres a medias dibujados,
no del todo nacidos, mero bosquejo, umbrales,
inexpugnables cual inimputables,
obediencia bebida, pusilánimes
patriotas, ley hecha carne dura,
correas, fierros de la ley, patricios,
parte de este lugar.
Padres de pinotea verde inglés,
eduardianos padres sobre cuya quietud
se sostiene la música: esos padres sentencian,
pagan cafés, discretamente pagan
y sus billetes sostienen un fluir
sereno, acompasado, universal.
Padres transeros que anduvieron en alguna
y por eso tienen, por eso miran de reojo
a chicas muy de negro con esos mismos ojos
reptiles que mapearon atentados, tasaron el botín
compartido en un único gesto rígido;
que el arma, en la mano del enemigo
se parezca más a la peste, o al rayo
que a una acción: tal el triunfo
de Sansón. Atormentado, piensa:
“Son esclavos del mal que me hacen”
y se equivoca. Ese templo extranjero
que Sansón profana, caerá sobre él.
Este poema, de mi libro inédito “Bengala”, era uno de los dos o tres que pensaba leer en mi lectura del viernes 22 de julio en el Instituto Goethe, en el marco del Festival Latinoamericano de Poesía “Salida al mar”.
Sigo sin tiempo ni ganas de escribir algo sobre el terrorismo amateur en Londres; tal vez si lo comparo con el terrorismo profesional de Videla y de Bush se me ocurra algo. Veremos.