ROSENCRANTZ: My lord, you once did love me.
HAMLET: And still do, by these pickers and stealers.

(Hamlet, acto III, escena 2)

Soñé que hallaba joyas. Estaban tiradas en el piso de una mansión donde yo no recuerdo muy bien qué hacía, creo que me habían contratado para limpiar. Las joyas habían caído según una especie de rastro, como de sangre. Seguían por el palier y por la calle. Había joyas tiradas en la vereda: pequeños escapularios vacíos de marco repujado de plata, piedras engastadas con cadenas o con broches de algún metal precioso, perlas sueltas de un collar destruido. Algunas eran de fantasía, otras sólo lo parecían. No era correcto ni convenía tocar nada de la casa. Pero las de la vereda eran como frutos caídos de los árboles: estaban en la vía pública, abandonadas. Por suerte en el sueño yo tenía un par de grandes bolsillos y ahí iban a parar, de a puñados, no sin cierto disimulo de mi parte.

Lo que queda del sueño es más violento y confuso. Yo subía a la casa para buscar mis cosas e irme, pero para poder retener las joyas tenía que salir a la cornisa y saltar a la calle por la ventana. Ya no era un mero hallazgo; era un robo. Conservar las joyas inocentemente encontradas pasaba a convertirse en un problema legal y moral. Yo decidía conservarlas, y huir con ellas. Pero después resultaba que la ventana no daba a un lugar neutral, sino a una mezcla de zona pública y privada, una especie de bar o de club perteneciente a la familia que era dueña de la mansión y de las joyas. La situación empezaba a resultarme clara: acababa de morir la matriarca, la dueña de todo eso. Para sobrevivir, yo tenía que hacerme pasar por una de sus hijas. Volvía a la casa y entonces sí, con intención consciente de latrocinio, me llevaba un traje de un ropero y me disfrazaba de hija rica. Me sentaba a la mesa de los deudos, en esa especie de club: era como una prueba que tenía que pasar. Lograba engañar a mis presuntos hermanos y demás parientes, hasta que aparecía la verdadera hija de la matriarca fallecida. Ése era el momento que yo elegía para retirarme disimuladamente y entonces sí, salir a la calle, huir con las joyas encontradas. Lo que seguía era una persecución infinita.

En otra parte del sueño, traducíamos textos clásicos con un amigo. Trabajábamos en un arroyo. Los textos se transformaban en sábanas y en colchones y desaparecían corriente abajo. Lográbamos rescatar sólo algunos.
En la vida real, el apellido de mi amigo es Rios.

Al despertar, pensé que las palabras del idioma son como esas joyas tiradas. Pertenecen a todos y a nadie. Uno las junta porque no cuestan nada, ¡y son tan lindas! ¡Suenan tan bien! Algunas tienen el lustre de la tradición, otras son como brillantes tapitas de hojalata esmaltada o de plástico. En algún momento de la vida se pasa de juntar guijarros, caracolas, flores y bellotas a juntar palabras. Se juntan de la calle, de los libros. Una lectura es una excursión en busca de palabras. Después viene el arte de combinarlas: un ikebana de poemas juveniles. ¡Un hobby tan inocente! Hasta que aparecen los dueños de la literatura. Y la decisión: ¿suelto, o no suelto mis bonitas palabras? No, no las suelto. Sobrevienen la confusión, la guerra, las guerrillas, la lucha por la supervivencia, las acusaciones y persecuciones, verdaderas o falsas; los disfraces, las falsas identidades, las intrigas cortesanas; los clubes; los muertos y sus herederos, quién es hijo de quién, cómo puede haber dos de esto que debería ser uno solo. ¿Qué hacer con el usurpador? Tema literario.

En el comienzo estuvo siempre eso: las palabras del idioma, que son gratis.

Nadie tiene derecho a culpar a otro de la obra que no escribió. Las palabras estaban ahí; eran de todos. Tiempo había, siempre hay tiempo cuando uno es joven y a las cuentas las puede pagar otro. Nadie te robó la obra que no escribiste. A nadie le robás la obra que escribís vos, salvo en el caso de un obvio plagio. A nadie le robás nada si ni siquiera es una obra, si es sólo un ikebana de cositas juntadas. ¿En qué punto se arma la novela familiar de los escritores? ¿Cuándo se decide quién queda adentro o afuera de la casa paterna literaria?

Ser algo de alguien siempre es un gran malentendido.

Hoy (¡luctuoso, tristísimo, furioso aniversario del atentado a la AMIA en Buenos Aires!) iba a postear algo sobre los hijos de creyentes en un mundo moderno, pero otra vez será.

 

2 Responses to Es infinita esta riqueza abandonada

  1. Beatriz, estoy lejos de tener una postura psicologista pero es inevitable no hacer una interpretación de tu sueño ya que el mismo tiene una directa vinculación con los posts en los que cada tanto haces alusión a tu madre y a tu hermana.
    Al mismo tiempo me encanta como se enlazan tus joyas robadas con las palabras que forman ideas que se transforman en libros y que desembocan luego en el gran berenjenal del rating de los escritores.
    Muy bueno el recuerdo que trajiste por AMIA en tu propio blog.

  2. Fernando says:

    Querida Beatriz:
    Bello sueño y bella su escritura.
    Difícil pregunta qué entra de la vida al arte. Wilde diría :”Keep science for life”, lo cual conduce derechamente a Freud o a su obra.
    Me da la impresión de que los escritores son ladrones, que pagan la condena de llevarse palabras, por adelantado.
    Tu arte conmueve profundamente.
    F.

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