Lengua y literatura en el surgimiento de la filología argentina

Posted by Guillermo Toscano on January 29th, 2006 filed in Naturalia

Por Guillermo Toscano

Creada en 1896, la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires está, a lo largo del siglo XX, indisolublemente ligada a la fundación de una tradición literaria nacional. Según el plan de estudios sancionado durante ese mismo año, el estudiante de Letras debía comenzar sus estudios con dos años de Literatura Latina y Española y otros dos de Literatura Europea Meridional y Septentrional, uno de Literatura Americana y otro de Crítica Literaria y Estética. Según informa Pablo Buchbinder en su Historia de la Facultad de Filosofía y Letras, en 1898 un nuevo plan incluyó las lenguas clásicas, reemplazó el curso de Literatura Española por Literatura Castellana, el de Crítica Literaria por uno de Estética y Literatura General y suprimió los de Literatura Americana y de Europa Septentrional.

Este plan de estudios (que se mantendrá en lo esencial vigente durante más de una década) puede ser entendido como un programa; como un orden y una jerarquía que es, también, una concepción de la literatura. Determinada, en primer lugar, por la perspectiva histórica: la carrera ofrece un recorrido que busca llevar al estudiante desde lo que se concibe como origen, es decir, las literaturas clásicas, hacia el esplendor de la literatura española. Ese es un recorrido natural, indiscutible casi para un historiador del fin de siglo: la historia de la literatura se piensa en paralelo con la historia de la lengua. Así como el latín se dispersó con la conquista y derivó en las lenguas romances que hoy llamamos español, francés o portugués, así la literatura latina dio origen, para el historiador de la época, a las europeas y, en particular, a la española. En este contexto, la “literatura americana” es todavía un objeto indeterminado: de hecho, la primera reforma del plan de estudios la elimina como asignatura, aunque la concepción original la ponía a continuación cronológica de la española, de quien, estaba claro para cualquiera entonces, era una continuidad –o deterioro.

Esa formación panorámica e histórica estaba, sin embargo, “coronada” por una herramienta de distinto tipo: lo que sorprende del plan de estudios original es la aparición allí de una asignatura denominada “crítica literaria y estética”. Se está creando una tradición, absolutamente moderna en el ámbito hispánico: desde su fundación en 1896, la práctica académica estará programáticamente asociada al ejercicio crítico.

Por supuesto, esto no significa que antes no existiera crítica literaria. Los escritores de las generaciones del ’37 y del ’80 la practican con asiduidad: son lectores de sus contemporáneos, de aquí y de allá. La diferencia que supone la creación de la Facultad de Filosofía y Letras es que, a partir de entonces, la actividad crítica comenzará, lentamente, a ser concebida como una práctica autónoma, no necesariamente asociada a la figura del escritor (que a su vez actúa como crítico) o a la del hombre de letras, una suerte de rémora decimonónica del sabio renacentista.

Averiguar qué se escribía en esos años en la Facultad es, todavía, un trabajo por hacer. El interesante trabajo de Buchbinder ofrece algunas pistas: este historiador menciona, por ejemplo, la tesis (una de las primeras defendidas en la Facultad) presentada por una mujer, Ernestina López, quien reivindica en 1907 la existencia de unas literaturas americana y argentina diferenciadas de la española y, ya en esa época, con legítimo derecho a su reconocimiento como tales.

La intuición de López, no obstante, deberá esperar bastantes años para tener algún tipo de correlato efectivo. En octubre de 1912, Ricardo Rojas presenta una monografía para optar al cargo de profesor suplente de literatura argentina. Unos meses después, en abril de 1913, el Consejo Directivo de Filosofía y Letras aprueba su designación y en junio de ese año se inaugura, finalmente, la Cátedra de Literatura Argentina.

Carlos Altamirano, en un trabajo ya clásico, ha llamado a este hecho “la fundación de la literatura argentina”. Ha señalado cómo la designación de Rojas participa de un ambiente que, en el contexto de la Argentina del Centenario, busca darse una seña de nacionalidad y hace una fuerte operación interpretativa destinada a construir una tradición. De allí emergerá el Martín Fierro como el texto-encarnación de lo nacional: la encuesta de la revista Nosotros sobre el significado del poema y, fundamentalmente, las conferencias de Lugones a las que asiste incluso el presidente de la Nación contribuyen a definir un canon literario, el de la literatura argentina, en el que el poema de Hernández ocupa un lugar central.

No es un hecho menor: lo que señala Altamirano, y con él una larga tradición crítica, es que la conciencia de que la literatura argentina constituye un objeto de estudio diferenciado de la tradición española depende en buena medida de la existencia de una institución específica, la académica. Preguntarse qué hubiera sucedido de otro modo es inútil: lo que sabemos es que, si desde hace menos de cien años podemos hablar de “literatura argentina”, es porque, en gran parte, existió la Facultad de Filosofía y Letras.

Estamos en 1913. A partir de 1921, y hasta 1923, Rojas será Decano de la Facultad. Se trata, en relación con las letras, de una gestión renovadora, al menos al inicio: entre los cambios que impulsa está la creación, en 1923, de un Instituto de Filología.

Se trata, quizás, de uno de los hechos más relevantes en la cultura argentina del siglo XX, del que nos quedan algunos testimonios valiosos y, creemos, poco explorados: por ejemplo, el discurso pronunciado por Rojas al crear el Instituto, que constituye una crítica de los estudios académicos a la fecha; allí Rojas señala, principalmente, la importancia de su propia actividad en la renovación de los estudios universitarios.

Por otro lado, su discurso está marcado por dos preocupaciones: en primer lugar, la necesidad de abandonar los estudios “empíricos”, es decir, “no científicos”, a manos de la moderna ciencia filológica que, en España, viene siendo renovada por una institución creada en 1910, el Centro de Estudios Históricos dirigido por Menéndez Pidal. Ese cientificismo que se pretende es, también, una acción modernizadora para la época: Rojas busca sistematizar un discurso sobre la literatura y el lenguaje en el contexto de lo que percibe como un ámbito signado por la improvisación y la falta de rigurosidad.

En segundo lugar, la apuesta de Rojas se inscribe en un debate más general, que signa a la universidad argentina desde el XIX: la reivindicación de una práctica académica “llamada a superar las tendencias utilitarias de nuestro ambiente”. Esa crítica del utilitarismo, esa pretensión de una actividad científica disociada de la actividad profesional, está también en el origen de la creación de la Facultad de Filosofía y Letras.

Ahora bien: al frente del recién creado Instituto de Filología, Rojas consigue de la Universidad el permiso para contratar a un filólogo español, Américo Castro. La práctica también era habitual: desde el XIX las universidades contrataban especialistas europeos, fundamentalmente, para hacerse cargo de las materias en las que se consideraba que no existían profesores formados en el país (o que, si existían, dice Rojas, utilizaban “métodos equivocados”). La apuesta de Rojas es, sin embargo, arriesgada: ha escrito La restauración nacionalista pocos años antes, y ahora designa a un español a cargo de un Instituto que, declaradamente, debe ocuparse del estudio de la lengua y la literatura de nuestro país. No obstante, el peso del prestigio de Castro y de Menéndez Pidal hace que esa objeción quede matizada: la universidad argentina, dice Rojas, se pone con esa contratación a la vanguardia de los estudios filológicos.

Antes de cederle la palabra para que pronuncie su propio discurso, Rojas le especifica a Castro cuáles son los objetivos que debe perseguir el Instituto de Filología: básicamente, el estudio del español y de su literatura en el ámbito nacional. La filología, como la concibe Rojas siguiendo la moderna tradición de Menéndez Pidal, es ciencia del lenguaje y ciencia de la literatura: no es posible que una práctica no determine y, a su vez, esté determinada por la otra.

El Instituto de Filología, a partir de entonces, encarnará ese proyecto. Castro es sucedido por otros dos directores, también españoles y por breves períodos, hasta que en 1927 Menéndez Pidal envía a un joven filólogo de menos de 30 años, Amado Alonso, quien permanecerá al frente del Instituto hasta 1946. La actividad de Alonso es central en el plano de la cultura hasta la mitad del siglo, y determinará gran parte de los modos en que se practiquen la lingüística y la crítica literaria de su época. Pero no llegaremos hasta ahí: hoy queremos retener solamente dos aspectos de lo expuesto hasta ahora. Durante la década del veinte, e incluso en plena efervescencia de las vanguardias, la actividad del Instituto no es percibida como opuesta a la práctica literaria. Falta todavía para que se consolide el debate que opone “lo académico” a alguna forma no científica y menos restringida de actividad crítica, o a la práctica literaria misma. Un ejemplo: en la revista Martín Fierro se defiende al Instituto de Filología de los ataques que, ya cerca de la década del ’30, comienza a recibir, fundamentalmente de los sectores nacionalistas excluidos de la Universidad de Buenos Aires.

El otro punto que deseamos retener es que, desde su creación en 1923, la filología argentina atará la reflexión literaria y la lingüística. Que la literatura era “un hecho de lengua” resultaba algo así como un sentido común incuestionable para todo el mundo: fuese cual fuese la posición que se mantuviese, nadie hubiera puesto eso en duda. Piense el lector ahora en dos ejemplos tan distintos (aunque pertenecientes al mismo ámbito no académico) como los de Borges y Arlt, que en 1928 y en 1930 escriben el primero un libro y el segundo un artículo periodístico llamados “El idioma de los argentinos”. Incluso las reivindicaciones estéticas de la vanguardia están indisolublemente asociadas a la discusión sobre la lengua, como lo muestran los numerosos debates sobre el idioma nacional que, si bien arrancan en el siglo XIX, se hacen especialmente habituales en las décadas del veinte y el treinta.

Desde este momento, la actividad crítica, que había sido instituida como un ámbito específico por la Facultad de Filosofía y Letras, será por muchos años una toma de posición sobre la lengua y la literatura: sobre una lengua y una literatura nacionales, otra habilitación que, mal que nos pese, debemos a la academia.

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