Casas

Posted by Néstor Tkaczek on February 25th, 2007 filed in Artificialia

Por Néstor Tkaczek

La naturaleza tiene ejemplos sobrados que ligan a los individuos con sus moradas. Hay seres vivos que llevan su casa a cuestas como el caracol o la tortuga. Casas que van construyendo desde el inicio mismo de sus vidas y que en su final, ya huecas, ausente el cuerpo que cubrían, resultan un símbolo del vacío, un cascarón que se niega a cobijar otro cuerpo.

Hay otros animales que mudan de casas, como la mariposa o la libélula que antes de ser plenamente, pasan su “infancia” como larvas en envoltorios que luego abandonan y quedan como marcas deshabitadas, inutilizables del necesario abandono para poder pasar a otro estadio.

Me pregunto si estos ejemplos no nos permiten trazar una analogía con las casas de los hombres. Es frecuente ver en el campo casas abandonadas por las que se cuela la intemperie. Ventanas y puertas como bocas dejan ver el interior oscurecido por el contraste, un caparazón a la deriva que deja ver por fuera y por dentro, marcas, huellas, datos de los que ya se fueron: las paredes pintadas del color preferido, los clavos oxidados sostienen los retratos, los almanaques y los espejos imaginarios, el negro del humo en la cocina.

Me llaman la atención las casas viejas, esas nacidas a principios del siglo XX, las de ladrillos a la vista y puertas y ventanas de dos hojas parecidas a un rascacielos por la altura. Las de techos imposibles de alcanzar, de zaguanes cómplices. Cuando camino por las veredas y me encuentro con estas casas y paso junto a sus pequeños balcones, me pregunto si conservarán el olor de todos los que las habitaron, si en sus aberturas estarán como marcas indelebles algunas de las manías de las generaciones de moradores. Si los pisos conservarán, como en un viejo gramófono, los sonidos de las pisadas de los que ya no están. Si esos balcones atesorarán las voces de las serenatas o los suspiros de una mujer entreabierta a la calle.

Creo que esas casas tienen vida propia, una vida que les han ido insuflando quienes las habitaron. En medio del silencio y adentrado en sus misterios, es posible registrar los susurros aprisionados en sus paredes. Con esas casas sucede aquello que dice Borges en el final de su poema “Las cosas”: Durarán más allá de nuestro olvido/No sabrán nunca que nos hemos ido.

¿Qué casas lector, lectora están presentes en tu memoria? ¿De qué casa recuerdas un olor, un rumor, una luz, un ventanal, un fuego? ¿Qué casa retorna en tus sueños? ¿De qué casa huiste y a qué casa (imposible ya) desearías con todas tus fuerzas volver?

Mi casa primera fue de patio de tierra, de galería, de cocina olorosa a leña, de ventanas luminosas y camas frías, de parral olímpico y un jardín de rosas. De olor a kerosén por las noches. Siempre me propongo volver, pero no lo hago, quizás tengo miedo de que se traicionen memoria y presente y eso me contiene. Pero también sucede que esa casa está en mí, como el caracol, la llevo a cuestas y terminará conmigo.

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