Por Sonia Budassi

El juego de la oferta y la demanda no tiene nada de lúdico, el color azul es un invento del mar del caribe, de los vikingos y de una canción pop que ya no está de moda, en todo caso hay cuestiones que no se negocian (los palitos de la selva y la precisa categorización del animal es apenas una muestra de que la perfección sólo existe en planos inútiles). Por ejemplo yo: ser no particular, vanidad sin fundamento. Hice varias llamadas que negué haber hecho. Los amantes ocultos que sospechabas, existen. Ahora viene el mozo, pedimos la cuenta, ensalada verde demasiado cara, los vegetales ocupan volumen sin peso, lo importante es asumirlo: pagar un precio excesivo con plena conciencia (cuando uno es chico las monedas son pocas en relación a la cantidad de caramelos, deme esto de Sugus o de los que no son masticables pero para todos nunca alcanza; en la puerta del jardín de infantes alguien pregunta: ¿seguís siendo amiga de Carolina? Carolina está cerca, la miro, pienso en los juegos del recreo y decido que no; en la infancia he hecho cosas peores). Se supone que nos vamos pero no estoy para aventuras, quizás mentí acerca del glaciar, de la marihuana en el Bolsón, de mi habilidad para hacer dedo hasta que los mejores autos terminan por detenerse; cuando almuerzo bien, miento mejor. Lo importante es que las cosas suceden más allá de mí aunque en ocasiones puntuales me atribuya el mérito. Tarde o temprano todos dicen cosas que no sienten: fue amor a primera vista, me gustan los Beatles, tus amigos me caen bien, pedir perdón no me cuesta nada, esa también es mi comida favorita, no ronco, es la primera vez que me pasa, adoro a mamá y a papá, era el mejor alumno de la división, tengo muchos amigos. Incluso dicen: te amo, quiero que tengamos un hijo, que viajemos juntos, quiero que conozcas a mis padres, crueldad llena de pudor pero otra vez son cosas que pasan más allá de mí. Una amiga dirá: lo importante es el amor (estar con alguien, es lo que quiere decir). Una lata de arvejas, un paquete de fideos y tres latas de atún en la mochila (mamá no compraba plastilina de colores, aprendí a mezclar masa con témpera -es lo mismo, decían-, marcas de color las manchas en mi cara prueban que existe una resignación feliz; los patitos, sobrinos del Tío Rico, la pasan genial, tenés que agradecer esas revistas que te prestan, de chica pensaba en casarme con el Mc Pato, me divierte el anzuelo que atrapa billetes dibujado en la primer hoja, es como esos cubos transparentes con pinzas para pescar peluches traicioneros; la expectativa y el vértigo por una módica inversión de cincuenta centavos, a los doce años me doy cuenta de que mi desilusión paga un precio demasiado bajo), en la ruta todo será más pesado, el chico al que amo más feo y el amor una estupidez. Van a salirme ampollas. Voy a sangrar. Desde la cama, ventana que da al balcón, veo el campo que es para mí la ciudad, macetas florecidas en el edificio de enfrente (las hiedras una plaga en los canteros de la casa vieja pero mía en la infancia, desde el color fucsia, mi preferido de entonces, proyectaba un perfume suave de princesa en los jardines de Versailles -aún no conocía París, aún no lo conozco- una y otra vez oler aquellas flores para confirmar que todo no se puede: los que tienen perfume son los jazmines, blancos como ramos de novia pero las recién casadas prefieren las rosas, las primeras citas rosas rojas (la lencería en lo posible del mismo color), debería aprender algo de todo esto. Lo que cantábamos en el auto -todavía éramos una familia- contiene la idea de comunión -la seguridad de que nadie va a morir- pero entonces mi voz sumada a la de mis hermanos -pampa seca en la ventanilla, ansiedad de vacaciones, preguntar mil veces dónde esta el mar- no me dejaban pensar en otra cosa (el deseo de no tener que ser yo la que pone la mesa, la que lava los platos, la nena a la que retan por tener como única respuesta a toda pregunta: no lo sé, en voz baja), ahora el desconcierto por cada cigarrillo con cualquier hombre o mujer conmigo en la cama: la textura del encaje siempre presente en la lencería más linda y en la decoración de los ataúdes en los funerales; el deseo del placer y el dolor de la pérdida como una misma cosa bajo las frazadas (regresar de la escuela, llegar a casa para no comprender que ya no esté la casita con techo de frazadas en la que ayer dormí la siesta, la excusa de la mucama -había que limpiar- es demasiado simple) los amantes dejan rastros en las sábanas pero nada destruyen -la muerte es anterior- por la mañana se sirven (vasos de agua), se beben y se vacían con la misma física ansiedad. La vecina insulta al perro y por un instante me conmueve, compasión frugal: en el fondo nadie lamenta la infelicidad de un perro. La propuesta es almorzar juntos, pero si el tema es hablar de nosotros lo pienso mejor. Un kilo de tomates con albahaca no es viajar a Italia, y pese a la cercanía del mar no seremos lujuria en la Isla de Capri, en la carpa no habrá siquiera frazadas, en la plaza de la primera vez importaban las drogas del dealer y que nadie nos descubriese; en la mochila guardo medias de lana, preservativos, pañuelos de papel. La energía se agota en relacionar la nieve con la velocidad del viento con la sensación térmica con la distancia que nos queda para llegar a tal lugar, pero quizá también podamos enamorarnos. Hacer amistad con los niños del camping, vas a prohibirme decir ciertas cosas y cuando pregunten si somos novios a los gritos vas a cambiar de tema para hacerme callar. Tragar un poco del hielo del lago, apoyar la cabeza en el glaciar, dejarla ahí. No sabía, no era necesario ir tan lejos, molesta la ausencia de algo en mi memoria, olvidar lo importante en un restaurant con olor a papas fritas, el alivio de conservar en la heladera de casa un pollo sin deshuesar; trozarlo me gusta, cocinar no (en las fotos publicitarias de Radiolandia está la madre y la niña que soy: ollas en la mesada, juguetes en forma de torre, cacerolas en la hornalla para cocinar), en Pigüé asaron un lechón relleno de pollos -setenta kilos- la obscenidad en honor a, con motivo de, pero en un pueblo la ocasión no importa, nadie sabe qué hay que festejar pero todos festejan (canciones de muertos, me desesperan las guitarras en el Sur, deliciosa brutalidad que nunca dice nada cierto). En el tren hace frío pero hay un guarda bueno y feliz, el uniforme demasiado solemne no le quita simpatía, dice señorita y se refiere a mí, para mí el frío es la sensación más fuerte. No voy a dejar que te escondas mientras cargás mi mochila hasta que un camionero pervertido se detenga, tu oportunidad de salvarme la vida, de que viajemos juntos cientos de kilómetros hacia la felicidad (hablabas de Descartes y su manera de definir intuición, negada para mí desde que fui obligada a usar guardapolvos cuadrillé sólo rosados; no entendés que quería jugar con maderitas y no a la mamá, me juzgaste como si hubiera besado a tu amiga, pero en la pornografía -en las películas pornográficas- está todo bien) como el escalectric para los varones de cierta generación, las barbies para todas las chicas del universo, la sensación de ganar un premio. La oferta de mujeres de todas las edades que se conjuga con la de varones de todas las edades, la poca correlación de precios entre las verduras y su forma de ser ensalada en cualquier bar de Palermo, mi habilidad para mentir, la plastilina de los otros, la marea alta y la dificultad encubierta de la arena en los pies, encontrarnos en cualquier momento como se encuentran todas las personas (partes que no se unen con el todo), los chicos que nacen (muertos), toda la gente que murió antes que yo, la voz de sesenta mil personas al mismo tiempo en el estadio de River, la creencia en la ley que todo lo une y todo lo separa, la comunión como energía, como sacramento, los viajes en pareja, los amantes, las amantes y mi amor por vos; pensar, en algún momento particular de la vida, que todo es inherente al género humano y que siempre sucede mas allá de mí (me sirve de consuelo, sólo por un rato).

 

2 Responses to Sucede mas allá de mí

  1. Violeta Gorodischer says:

    poner sobre la mesa la arbitrariedad de esas cosas que suceden más allá de uno y lograr hacerlo con un juego de lenguaje, con palabras que se encadenan de manera tan sutil, tan exacta y oportuna, hace que esta vez sea yo quien te atribuya el mérito, Budassi.

  2. Violeta Gorodischer says:

    poner sobre la mesa lo arbitrario de lo coyuntural y hacerlo con un juego de lenguaje, con palabras que se encadenan de manera tan sutil, tan exacta y oportuna, hace que esta vez sea yo quien te atribuya el mérito, Budassi.

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