“Los espacios de Rusia, tristes como la grulla
migratoria,
pliegan juntos, en zig zag, la hierba y el cielo.”

Nicolai Kluev, La Cuarta Roma (1922).

I.
Hace unos pocos lunes, aquí en Kaputt, Jorge Mayer nos contagiaba su entusiasmo por la última novela de Antonio Lobo Antunes a través de un texto circundante, deslizante como un nudo corredizo. Es maravilloso cuando un lector encuentra un escritor contemporáneo que lo magnetiza de esa manera, con su obra abierta y potencial, con la posibilidad de darle un apretón de manos o un cruce de impresiones. Y por supuesto, la posibilidad de desarrollarlas por escrito. Cada vez que voy a la Feria del Libro, hago mi gran compra del año, y me preparo un pack de hibernación a fin de alimentarme por unos pocos meses (a veces, ni eso.) Mi pack, siempre es heterogéneo, compuesto de almas vivas y almas muertas. Novelas de un autor que vengo siguiendo, algún libro de ensayo o crítica, algún saldo, algún desconocido o novedades anunciadas, argentinos, extranjeros, algún clásico. El mejor libro del pack ya leído, este año, resultó ser un clásico: Almas Muertas de Nicolai Gogol en su edición de EDAF. A veces me pregunto por qué no suelo escribir sobre libros nuevos, sobre autores vivos, por qué siempre mis reflexiones terminan germinando en autores clásicos. Esta novela de Gogol me responde de una manera intuitiva pero directa. Podría decirles que parte de esa respuesta la encontrarán en “Porque leer a los clásicos” de Italo Calvino, pero sólo acumularía razones para señalar simplemente a un superviviente ante los embates del tiempo. Si bien su propuesta original, su lejanía temporal (un libro del siglo XXIX), las diferencias culturales e históricas, aparentemente lo volverían ajeno, es tan actual e impactante como una obra actual. Las verstas de sus campos mal administrados con sus isbas campesinas, bien podríamos transfigurarlas en nuestros kilómetros de campos y estancias pampeanas. Hace un tiempo, se hablaba de escribir o encontrar el libro que de cuenta de su época. Esta novela lo hace, de una manera divertida e inquietante. Habla de la esclavitud de la clase campesina, pero estos personajes apenas se asoman a lo largo de toda la obra. Es popular sin proponerse como popular. Es como escribir de los cartoneros, sin que se escriba desde las vivencias de un cartonero. Porque toda su fuerza está en la perspectiva del Otro, en la quinta columna. Es algo que Gogol enseña inadvertidamente, soterradamente. Un clásico siempre dice algo nuevo. Con su simple idea generatriz, Almas Muertas logra radiografiar la Rusia zarista más despótica. Aquí desarrollo, a partir de Gogol, mi enamoramiento pupilo con la Literatura Rusa.

II.
Nicolai Gogol (1809-1852), tiene una obra atípica y divergente (de por sí, un punto de inflexión en la misma Literatura Rusa), obra convertida en fuente salvaje de la que abrevará la literatura universal. Quien haya leído su cuento “La Nariz”, no podrá dejar de sentirse impactado como por una bala perdida. ¿Qué es esto? Es un relato extraño, caricaturesco sin dejar de ser inquietante, desaforado y animal (salta como vivo frente a los ojos del lector), es feo y resbaladizo. Comienza magistralmente: un barbero se sienta a tomar su desayuno, y pide a su rezongona mujer le sirva un bollo de pan recién horneado. Al partirlo en dos, descubre en su interior, blanda y ajena, una nariz cortada. ¿Cómo llegó hasta ahí? ¿Cómo saber a quién le pertenece, si los vapores del sueño etílico le nublan la memoria? En medio del relato, esa nariz se transforma en un Consejero de la corte, con su capote y sus botones engalanados, y comienza a huir de su dueño de cara lisa que lo reclama. Pero no deja de ser nariz. ¿Cómo aceptamos esta desfachatez de Gogol en pleno siglo XIX? Si caricaturizan un naso vestido, están equivocados, porque la nariz es un consejero, y el consejero es una nariz. Como en esos sueños en los que una misma cosa oscila entre objeto y sujeto. Y todo a través de la magia del lenguaje textual. Gogol preconiza el surrealismo; Kafka se torna su precursor.

Dostoievski decía que todos los escritores rusos salían de “El Capote”, ese maravilloso cuento de Gogol donde se combina el realismo más afilado y los efectos de lo fantástico que se alimenta del imaginario tradicional del campesinado ruso, potenciándose en su acción de zig zag. Gogol utiliza la postulación fantástica como un placebo tramposo: es decir, el lector que la toma piensa que es una píldora inocua, pero en su interior, anida un veneno poderoso. El lector se da de narices consigo mismo.

III.
Esa cualidad intrínseca de sus textos (“el placebo mentiroso”), es tan poderosa que termina por engañar al mismo Nicolai Gogol. Almas Muertas, nace de una idea que el mismísimo Pushkin le brinda generosamente, su admirado colega y protector (una de las razones por las cuales Gogol deja su Ucrania natal para ir a San Petersburgo es para conocerlo.) Al leerle Nicolai los primeros capítulos, pensando que Pushkin, de risa fácil y lozana, reiría ante las pícaras escenas, se asombra cuando lo nota ensombrecido. “¡Dios mío, qué triste es nuestra Rusia!”, exclama con desesperación Pushkin al terminar la lectura. Luego de la publicación de la Primera Parte, la obra se convertiría en un éxito turbulento, ya que mostraba de una manera evidente el espanto del sistema de servilismo del campesinado, la abulia y degeneración de los terratenientes, la corrupción de los funcionarios y las instituciones de la corte. Todo, iluminado a través de la estela de Chichikov, personaje cuya historia personal no conoceremos hasta el último capítulo de la primera parte, y cuyo fantástico propósito es comprar almas muertas. ¿Cómo es esto? Cada terrateniente poseía tantas “almas” o campesinos, por los cuales pagaba un tributo a la corte. Pero las verstas son tan grandes, y el aparato burocrático tan anquilosado, que el terrateniente tiene que seguir pagando tributos de campesinos muertos entre censo y censo, durante años. ¿Por qué quiere Chichikov comprar “almas muertas“? ¿Quién es Chichikov? La novela se desarrolla a partir de este germen misterioso, y termina por sumirnos dentro de una densa materia oscura. Las interpretaciones críticas de sus contemporáneos alarman a Gogol. Él pensaba que sólo escribía sus alegres ficciones como en trance. Las lecturas sociopolíticas que se le escapan, hacen que luego se desdiga, se proclame zarista, se torne reaccionario y conservador. El placebo mentiroso produce que toda la corte, la intelectualidad rusa, las damas y generales instruidos en tres lenguas, se den de narices con la realidad y sus mezquindades encubiertas con almíbar europeo. Tratando de enmendarse en sus intenciones originarias, Gogol escribe una segunda parte, que luego, presa de la locura y el misticismo, entregará a las llamas dos veces, para finalmente morir desgastado por sí mismo. Sólo se rescatan algunas partes: ruinas de su voluntad y su trémulo autocontrol.

IV.
Los bloques rusos, los voluminosos libros rusos, se leen como agua y se transportan con orgullo como icebergs (¿ven cuánto peso puedo llevar en mi valija?, dice el sudoroso lector apiñado entre otros transeúntes que lo pisan, lo apoyan o le birlan una delgada billetera raída por el hábito de la lectura y del subsistir.)

V.
Un misterio recurrente es: por qué en la Facultad de Filosofía y Letras no existe (o no existió por muchos años) una cátedra de Literatura Rusa. Para cuando yo estaba dejando de cursar, se intentaba armar una cátedra, pero se encontraba tan condicionada por turbulentas intenciones solapadas (cuestiones de política menor y de intereses extra académicos), que ésta seguía siendo pura promesa, como un alma muerta sin comprador. Considerando las interesantes innovaciones a la crítica literaria a través de los formalistas rusos (con Bajtín a la cabeza, y su estimulante análisis sobre el Carnaval y la Polifonía), los proyectos literarios eslabonados de Pushkin, Gogol, Dostoievski y por otro lado Tolstoi y Turgueniev; las iluminaciones dialógicas de las vanguardias, los poetas como Tsveitaieva o Pasternak que oscilaban de blanco a rojo como peonzas en la turbulencia de los tiempos, el ambiente emigree que, empobrecido, bogaba de Berlín a París para terminar naufragando en Moscú o en New York (y como pecios, verse destrozados por el esfuerzo de agradar), la pobreza del realismo soviético como una estepa donde todo texto que despunte puede ser presa de caza (grullas migratorias yéndose, y cuyo canto es siempre un canto de nostalgia), es increíble que todos estos problemas, este cúmulo de fuerzas históricas que pueden rastrearse y pensarse dentro del campo textual ruso, no estimule a armar una cátedra fantástica. Si bien, el Formalismo Ruso se ve con Jorge Panesi en Teoría I, y Nabokov de vez en cuando, y no sin cierto desdén, en Literatura del Siglo XX (pero no sus novelas rusas), la carrera está huérfana de verstas.

VI.
La versta es una antigua medida rusa de longitud, y equivale a 1.067 metros. Es decir, un kilómetro, y media cuadra más. Casi nada. Tan lejos y tan próximos. Media cuadra, y: “tenga usted buen fin de semana, Nicolái Vasiliévich.”

 

5 Responses to Verstas

  1. Tino Hargén says:

    Vale Miguel, un aporte más que interesante para en mi caso dilucidar un poco más que es todo ese murallón intimidatorio alrededor de lo ruso. Por qué todo lo ruso tiene esa impronta de cosa dura, áspera, trascendente, sacrificial, hervida de cicatrices, cocida al vapor de sacrificios, como si siempre hubieran tenido que comer ratas.

    Entre nos Miguel, nunca un Sidney Sheldon, un Harold Robbins, un John Crichton??? ;-)

  2. Miguel says:

    Tino:

    Suelo encontrarme con gente que se ve intimidada, agobiada por la literatura rusa; como si fuese triste, de ambientes siempre enrarecidos. Pero siempre esa tristeza rusa se ve compensada por una alegría dionisíaca y pentagruelica que le da su peculiar sabor. “Almas Muertas”, también desborda esa alegría, esa mordacidad de la sátira y del retrato desopilante. Por otro lado, te recomiendo leer “El Doble” de Dostoievski, más cercano a Gógol y menos forzada que “Desesperación” de Nabokov (otra novela rusa del doppelgänger) Lo que pasa es que las historias de vida de los escritores rusos son furiosas: el que no murió en un lance de honor, fue deportado o fusilado o encarcelado. Los escritores eran peligrosos elementos de la expresión y del pensamiento.

    Por otro lado, no leí ninguno de esos autores, pero leo de todo. Leí alguna que otra de Stephen King; en mi adolescencia: toneladas de esos libritos de ciencia ficción que vendían en los kioskos, leí la saga africana de Wilbur Smith, me divierten y sorprenden las dos primeras novelas de Andahazi. Toneladas de policiales del “Séptimo Círculo”. Toda la ciencia ficción de Minotauro. Pero he dejado de leer los Best-Sellers (a menos que no tenga nada que leer), porque el tiempo se angosto, y es preferible agarrar alguna novela de saldo de Conrad o sacar alguna novela de una biblioteca municipal, y sentirse un poco menos entretenido y un poco más desprotegido por las inclemencias del lenguaje. La curiosidad a veces me lleva a las primeras pàginas del “Código Da Vinci”, pero leo unas pocas líneas y me siento como en una pobre excursión paga: todo está ahí, el sanguche, los baños, el sendero de 30 minutos, los 20 minutos de descanso, el punto panorámico para sacar mis fotos, el micro con música funcional; y no he sudado ni una vez, no me he sentido perdido, todo está bien señalizado , todo es predecible, todo cierra. Y encima pagué 60 pesos. Sí lo leería, si tuviese que hacer una reseña y me pagan. Pero no gratis. Mejor sentirse extraviado, a la intemperie (como decía Saer.) Tal vez una postura un poco snob, un poco intelectualoide. No creo que sea así, porque hay experimentos con el clishé o con los géneros menores que son interesantes (“Las sirenas de Titán”, de Vonnegut por ejemplo.) Pero fijate que siempre nacieron a partir de las lecturas que el autor hace de joven, de las cosas menores que hemos consumido de jovenes. Arlt y sus lecturas rocambolescas. Vonnegut o Burroughs y sus lecturas del Amazing Stories. Nabokov y sus lecturas de Carrol (“Alicia” prefigura estructuralmente a “La Defensa”, su mejor novela rusa para mí: una obra maestra.) Da como para otro post, ¿no?

    Pero bueno, Tino, nos movemos con exceso en los márgenes. Somos dos commenteros excesivos. Y también vale.

    Saludos.-

  3. Tino Hargén says:

    Lo de Sheldon y compañía es una joda, igual yo lei a los 12 años “Mas alla de la medianoche” de Sheldon y no me avergïuenzo, se lo afané a mi hermana mayor y me enseñó entre otras cosas que “hacer el amor” era coger.

    Y en cuanto a lo de “comenteros” pues si, en mi caso reivindico esa profesión totalmente, soy, fui y seré un comentero antes que nada, y contra todo ataque a tal oficio. Es más, si algún día tengo que renunciar a ser bloger lo haría pero lo que jamás me permitiría es dejar de ser un comentero..

  4. Susana says:

    Estimado михаил, leí toda la descripción sobre Nikolai Vasílievich, y sus гоман и сказали. Viendo que aprecia cosas que valen la pena, y entre ellas, la magnífica literatura rusa, quisiera recomendarle, cuando haga sus próximas adquisiciones de libros, que se consga мастер и маргарита, o sea Maestro y Margarita, del genial Mijaíl Afanasievich Bulgákov, creo que corrobora muchas de tus afirmaciones sobre Gógol. Además, quería informarte que ya hay literatura rusa en la Facu.

  5. Miguel says:

    Susana:
    Gracias por tu recomendación, lo voy a tener en cuenta, más que ando buscando otros autores rusos para seguir degustando esa línea (tengo a varios en cola de espera, así como también, la relectura de “La Defensa” de Sirin.). Me alegra que haya Literatura Rusa en la Facu (¡ya era hora!), y si también me lo reomndás capaz curse como oyente (aunque tal vez sea más interesante los prácticos.)

    Saludos.-

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