Silvina Ocampo o del mirar a través de un cielo de claraboya

Posted by Miguel P. Soler on July 14th, 2006 filed in Scientifica

Cuando uno lee los cuentos de Silvina Ocampo (principalmente los primeros), en ellos nos inquieta y/o exaspera la acumulación de detalles insignificantes como si fuesen signos oscuros, exaspera la crueldad que anuncia otra crueldad, el cambio brusco en el flujo narrativo. Pero esa suma de efectos, que nos devuelve a un mundo de lógica desaprehendida, es sólo posible a partir de la conformación de un lenguaje hilado con los objetos que pertenecen a ese mundo. Los detalles, los moños, los juguetes, se engarzan en lo narrado, porque son propios de la Niñez (especialmente la femenina.) La exasperación (las rabietas), los diálogos con los reflejos, los afectos con los animales (los vivos y los inanimados, con todas sus propiedades mágicas) también le son propias. Y por ende (y esto parece traslucir, por sobre las diferencias de clase o las reacciones de unos niños huérfanos de afecto) una crueldad propia, cuyo vocabulario ignora el significado de esa palabra. Los niños no saben que hacen mal (el caso de “Las Furias” es bastante claro al respecto), o bien son sólo vehículos amorales de una maldad propia en ambos mundos (ejemplo de esto último, es el de aquella niña en “La Boda” que, tras recibir el deseo mental de su amiga adulta, hace nido de una araña ponzoñosa el rodete de la peluca que lleva la envidiada novia).

La mirada cobra importancia en ese mundo escindido, como si las palabras y los secretos tramaran una contigüidad entre lo que se ve (se percibe o se espía) y lo que se formula como una nueva realidad.

Según mi lectura de su cuento “Cielo de Claraboya” (donde una invisible narradora cuenta lo que ve, difusamente, a través de un cielo de claraboya que da a la habitación de la hija de unos vecinos), la niña en la escena de un crimen tras-visto, en realidad no muere, como lo deja traslucir la narradora en el último párrafo. La crueldad está en la mirada. La mirada fuerza una realidad que parte de quién la ve (y en el relato se solidifica de tal manera, que parece ser ésta la única manera).

La Ceremonia, observada por Alejandra Pizarnik en su ensayo sobre Silvina Ocampo, tal vez sea la imagen más acabada de los Juegos: aquel camuflaje artificioso que oculta lo prohibido, lo obsceno, lo cruel. Vendría a ser como un primer movimiento de captura de lo indecible, y no de lo sublimado, ya que los niños apoderados de los secretos, se dejan arrastrar y disfrutar por lo indecible. Es esto lo que choca de los cuentos, ese desenfreno, esa inocencia arrebatada por lo amoral. El mundo fantasmático de los adultos, se mueve tras bambalinas: sus prácticas de lo prohibido se callan, se ocultan en mentiras, tras puertas. En la mirada infantil, son naturales, y sus juegos son una representación de lo que ven (o tras-ven), ese rodear una rosa para atisbar qué es lo que permanece oculto entre sus pétalos, qué es eso que nos arrastra en su perfume, descubrir que la hace y la alienta a vivir, cómo podremos poseerla. En el juego, como en la ceremonia, el acto se torna escena que coincide 1 a 1 con lo real (la ceremonia es una llave, cuyo diseño y movimiento debe encastrar en forma perfecta y causal con aquella escena que se quiere provocar: la danza de la lluvia, el arremolinarse de las nubes como reflejo de nuestra sudorosa turbulencia, el ulular del viento como eco de nuestra cantata, la Escena de la Lluvia que se arrastra hasta nuestra Escena de tanta Sed, y nos inunda). Asume un dejo de realidad que aprisiona la mirada, lo narrado. Y esa teatralidad se desarrolla a partir de la entrada y salida de personajes y objetos, que a su vez, representa una realidad indecible e indecidible: construida a partir de la mirada de un mundo (y propia a él) que se nos ha fugado de las manos, como un castillo de naipes, entre picas y corazones.

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