Juan José Saer, en un artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura La Nación el 26/02/02 y publicado luego en su último libro de ensayos “Trabajos”, aprecia la necesidad (que condice con la estética que Kafka cifra “en la imposibilidad” de la comunicación o del encuentro), de que La Carta al Padre, si bien tiene un destinatario cierto y próximo: Hermann Kafka, su padre, no le llegue jamás (de hecho, en vida, ese largo texto que K. redacta a su padre con la intención de clarificar sus tratos y sus sentimientos, de establecer una comunicación cierta y existencial, jamás es entregada.)

Sin embargo, La Carta tiene su mensajero: Max Brod; su sistema postal: la literatura; y su parabólica transmisión y ruta: la sobrevida. Si bien, emisor y destinatario se hallan ausentes del mundo, los ecos de esa comunicación perduran de este lado (en sus lectores.) Cabría imaginar que un buen día llegue la carta a puerto, el mensaje sea entregado, haya acuse de recibo. Bastaría imaginar: transmigración, comunidad de las almas, resurrección, afantasmamiento de la carta, encuentro en la transparencia incorpórea de una habitación contigua a la vida.

Pensando en sistemas postales como la literatura, imagino que esa “Carta Robada” del cuento homónimo de Edgar Allan Poe no deja de estar cerrada sobre la repisa y ante nuestras narices, pueda ser La Carta de Kafka. También, en esta cadena de asociaciones metatextuales, pienso en el correo Tristero de Pynchon: secreto y jamás leído, siempre esperado, ese lote 49 que se roba a la lectura en el último capítulo.

 

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