Harun-Al-Rachid, emir de los creyentes, no puede dormir. Su insomnio le exaspera a tal punto que no le tientan ni el harén magnífico que lo espera adormecido, ni los placeres de un paseo bajo las estrellas a fin de conciliar el sueño. Hace despertar a su fiel visir Giafar para que le traiga una solución. Giafar, somnoliento, le propone la lectura de un libro entre los muchos que alberga la biblioteca del sultán, y éste, pareciéndole buena y estimulante idea, elige un tomo entre tantos. Al instante queda prendado de la lectura: tan pronto ríe como luego llora, todo a medida que lee las vicisitudes que en el libro discurren. Sorprendido, Giafar pregunta a su señor qué es lo que lo hace sentirse así, bajo el único efecto de la lectura de tan admirable libro.

“¡Ah, maldita mierda de camello, para qué me lo has preguntado! Ahora, so pena de hacer rodar tu cabeza negra como la brea, deberás encontrar quién me explique tan extraño sortilegio!”

“Escucho y obedezco”, respondió Giafar, pálido y lagrimeando por desesperación ante el fin que veía tan cercano como el rostro colérico de Harun-Al-Rachid. Sólo tres días, le dio el sultán. Giafar partió sabiendo que nunca volvería, dejando tras de sí familia, posesiones y derechos adquiridos. ¿Quién podría explicar el poder de las letras impresas? ¿Existía tal persona? En su desesperada y penosa huida, arriba a una maravillosa ciudad llamada Julag. Allí conocería a quien habría de ser su más amado amigo: el generoso Ataf. A tal punto llegó la medida de su amistad, que Ataf sin conocer la verdadera identidad de Giafar, le brindó su casa, parte de sus posesiones y a la que más amaba entre sus mujeres: a su prima esposa. Giafar no supo hasta mucho más tarde, que aquella bella muchacha que había conocido de forma casual en un rincón de la ciudad de arena, era la esposa de su amigo. Tan pronto como la hubo conocido, habló de sus penas de amor a Ataf, y éste, en silencio, reconoció en la descripción que le hiciera Giafar, a la señora de sus pensamientos. Sin dar explicaciones, y ante la pena inconmensurable de su mujer que lo amaba infinitamente, se divorció de ella y la ofreció en casamiento a Giafar. Luego, ambos amigos se separaron: Giafar debía continuar con su búsqueda. Al poco tiempo, Ataf fue víctima de las confabulaciones de sus enemigos comandados por el naieb de su reino, pretextando alta traición por confiarle todos sus favores a un oscuro extranjero. Le cayeron a palos, le quitaron sus posesiones, y lo encerraron en las mazmorras más penumbrosas y malolientes. Luego de tres meses, mendigo y hambriento, Ataf logró fugarse, para volver a caer de desgracia en desgracia. Entre ellas, ser apaleado por un eunuco, propiedad del mismo Giafar, ante la impertinencia de declararse amigo de su amo.

Más una noche amarga, Ataf que buscaba refugio, entra a una casa abandonada pare caer en la oscuridad sobre un cadáver ensangrentado. ¿Espantosa casualidad o así lo quiere el Eterno? Es apresado y sentenciado por el mismo Giafar, quién no lo reconoce envuelto en sus harapos y su desesperación, a ser decapitado.

A punto de morir, segundos antes de que el portalfanje descargue su golpe mortífero, aparece el verdadero culpable confeso del crimen.

Giafar escucha entonces la historia del mendigo y ante el reconocimiento que le llega como un relámpago infligido por un efrit, cae desmayado de alegría y de horror ante la suerte de su amigo.

Harun-Al-Rachid, que había perdonado y llamado a su lado a su inestimable Giafar (ya que el extrañarlo era más poderoso que cualquier pregunta trascendental), escuchó conmovido una y otra vez, la historia de Ataf de sus mismos labios. Finalmente, Giafar le compensó con una parte millonaria de sus posesiones, y el Sultán, restituyó sus derechos y lo hizo uno más de su más íntimo séquito, así como también, mandó a apresar en las más negras mazmorras al naieb confabulador y oportunista.

Del libro no se supo más nada, perdido y con su secreto poder seductor entre los muchos volúmenes de la Biblioteca Real.

FIN

Lo que me fascina de esta historia (que yo conté, abreviada, en una noche del jueves, cuando la bella Scherezada la cuenta en 10 noches: de la 895 a la 904), es que todo se despliega de un libro que no podemos leer. Y es fascinante que Harun-Al-Rachid, exija a Giafar la búsqueda de una entidad que aún no tenía nombre, como lo podía tener el Ave Rock, los efrits, o los genios. Por que Giafar, parte en busca de un Crítico Literario. . .

La “Historia del Libro Mágico”, es como un juguete para pensar el carácter móvil y siamés de la crítica y la literatura, del arte y la vida. Si en el Quijote, la primera novela moderna según dice Kundera, la historia comienza de la lectura de una biblioteca cerrada a nuestros ojos (y la segunda parte, a una biblioteca abierta); esta historia también sale de un libro cerrado a nuestros ojos, pero cuyos efectos son difíciles de expresar.

No me da lugar, el espacio de esta noche árabe, para desplegar todo lo que se puede pensar de este bello texto. Esa partida, sólo puede originar más literatura, como una mancha venenosa, y como si explicar sus efectos, sólo fuera una tautología, expresándolo a través de otros efectos. Como si la literatura engendrara y buscara una crítica literaria que la explique, y la crítica sólo pudiera ser la historia de su propia búsqueda, de esta confluencia. Giafar parte en búsqueda del crítico, y toca a Ataf, desencadenando un texto que tal vez sea similar al que leyó el Sultán, ya que las desgracias tragicómicas se disparan por géneros como tratando de esbozar las líneas de la Literatura del Futuro.

En la historia de Ataf y su prima esposa, aparece la línea romántica y el triángulo amoroso (Giafar que ama a la prima, la prima que ama a Ataf, Ataf que ama a Giafar: vertiginoso molino de tres puntas.) Pienso en la novela que terminé de leer hace poco: “Tokio Blues”, de Murakami, que abunda en triángulos.

En el golpe de estado del naieb: la línea política y el complot. Y pienso en algunas novelas del Boom, en Delillo.

En la caída a la mendicidad y los malentendidos: la picaresca, el caos social urbano, las casualidades. Pienso en Voltaire, en Paul Auster.

En ese tropiezo de Ataf con un cadáver: la historia policial. Y pienso en Chandler, en la historia de Almostasin, en Paul Auster nuevamente.

Arabescos de la ficción que se van trenzando como hilos de humo.

Y “nadie” cerca que me explique sus efectos, a fin de aliviar mi insomnio esta noche. . .

 

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