Coroico

Posted by Natalí Schejtman on November 27th, 2005 filed in Naturalia

Por Natalí Schejtman

Hace como 3 años que no escribo ni una línea de un cuento ni de nada que se le parezca. Sólo cosas por encargo, monografías y mails. Me encanta escribir mails.

El año pasado viajé a Bolivia –disculpen la falta de cohesión, en serio perdí la práctica del relato- y como para algunos se acercarán las vacaciones, se me ocurrió, primero, transcribir unas preguntitas que leí a propósito del tema y después redactar una advertencia que me propuse extender lo máximo posible con respecto a uno de los destinos que elegí en ese país.

Primero, la transcripción:

“¿Acaso existen ciertas responsabilidades con relación a las vacaciones? ¿Debemos informar sobre ellas porque son un regalo inmerecido? ¿Tenemos que trabajar durante nuestras vacaciones sobre nosotros mismos para volvernos mejores personas a fin de funcionar después mejor en el trabajo? ¿Y qué son las vacaciones?” (Diederichsen, 2005)

Y ahora, cuento:

Al cuarto día de estadía en la ciudad de La Paz decidí que había padecido ya mucho más frío del que esperaba de un país sudamericano en enero (el factor altura es de otra dimensión). Dentro de las opciones que barajaba elegí viajar a Coroico, un valle a tres horas de la Paz promocionado como un paraíso caluroso y húmedo, rebosante de hoteles con pileta por dos dólares la noche y colores de Club Med, aunque la decisión no fue tan fácil como podría parecer: el camino hacia Coroico, se decía, no era nada recomendable. Pero, como ante cada repregunta digna de gringos miedosos nos sobraban con un “los bolivianos lo hacemos tres veces por semana”, nosotros, conscientes de que eso no representaba argumento alguno (el rumor convertido en estadística indica que se cae una camioneta por semana) dimos el sí y nos subimos a la combi que nos ofrecían, un recinto con olor a cerveza vieja (de hace un año más o menos), que parecía destartalarse al pisar medio grano de arena.

La primera hora del viaje fue una fiesta. Nos burlábamos in absentia de las exageraciones ajenas y se las adjudicábamos a que los turistas europeos siempre se asombran frente a un mínimo indicio de subdesarrollo. A medida que avanzábamos, veíamos cruces postradas en los laterales de una ruta bastante ancha y bien asfaltada y brindábamos con nuestros discman (el mío encerraba a Thalía) inundados de alivio y nada impresionados por esos símbolos de muerte viajera que abundaban: si alguien choca acá, es por negligencia –exagerábamos la palabras, como viejas cancheras-.
Pero durante la segunda hora del viaje vimos la muerte a menos de 10 centímetros. El camino se convirtió en una cornisa para equilibristas; encima, se largó una tormenta feroz que encastró a la perfección con una neblina símil humo de discoteca emanada desde el fondo del precipicio.

La cornisa que une La Paz-Coroico es un camino obligado para comerciantes: tanto los que llevan frutas desde el valle hasta la ciudad como los que se encargan de que este mini pueblo no quede aislado sin todo tipo de productos recorren con asiduidad esa ruta del demonio. Y no lo hacen en minibus como nosotros, sino en transportes algo más imponentes. De hecho, con ese diluvio bañando nuestras mochilotas (que estaba arriba del techo de la camioneta) y esa neblina blanca, lábil y expansiva que eructaba el precipicio, tuvimos que aguantar unas dos horas estancados porque dos camiones con acoplado, de esos de tamaño mega que reparten Coca Colas a los kioscos a la mañanita, se habían encontrado frente a frente y, claro, ninguno de los dos quería cederle el paso al otro.

La ley de la cornisa coroiqueana indica que tiene prioridad el que está volviendo a la Paz, es decir, subiendo (de altura). Tener prioridad significa regalarle al otro el mal trago de retroceder en marcha atrás (el giro en U no entra en este abecedario) hasta la curva más cercana y frenar del lado del borde de afuera para que el que está subiendo lo haga. Pero estos dos camioneros sabían que en este caso retroceder implicaba caer y en ese lugar en donde se toparon ya había demasiadas cruces como para rendir homenaje a nuevos muertos (¡ni siquiera los próximos viajeros iban a recordarlos!). Dos horas de deliberaciones sin sentido, bajo la lluvia y con la presión de que de un lado y otro de cada camión se iban acumulando autitos, minibuses, buses y camiones con acoplado símil Coca Cola.

El asunto se resolvió sin ningún muerto, lo cual fue un milagro, dicho incluso en boca de un boliviano, de esos que viajan tres veces por semana y que me miró llorar desesperada durante una hora un poco burlón y un poco indignado. Por alguna razón de la física, el roce entre los dos acoplados no fue tan fuerte como para tirar al otro y así empezaron a pasar toooodos los transportes que se habían acumulado a lo largo de todo ese tiempo. Nosotros, al borde. Bajábamos, no teníamos prioridad alguna.

Por lo demás, Coroico es hermoso. Efectivamente hace calor, hay hoteles con pileta baratísimos y, también, supe, tiene algún que otro centro de SPA al que acude algún que otro poderoso latinoamericano. Claro que hasta que no inauguren otro camino, no me verán pisar ni caer. Hasta aquí, mi desrecomendación. Hasta luego. (Aviso: parte de este texto está extraído de un mail que mandé a la vuelta de Coroico bajo el título “¡Vivo!”)


5 Responses to “Coroico”

  1. Edgardo Balduccio Says:

    Bueno, a mí en bolivia me pasó algo parecido, pero no en Coroico, en Santa Cruz de la sierra. Al caminito chiquito, allá le llaman cocaína.

  2. Anónimo Says:

    Hola a todos,

  3. Mandy Says:

    Hola, leí tu desrecomendación y mas alla de que varias partes me parecieron relatadas con buen humor e ironía, me sirve tu advertencia ya que en marzo estoy iniciando un viaje a Perú desde Argentina pasando por Bolivia. Tenía pensado pasar por Coroico pero la verdad, lo estoy dudando. Gracias igual por el consejo.
    Saludos, Andrea.

  4. guillermo Says:

    hola Nataly: La verdad me gusto tu relato, es bastante real, y esto lo digo por que se que es asi, ya que soy coroiqueño, y si viaje en estos 45 años que tengo por lo menos unas miles de veces por el caminito que relatas es poco, lo que me gusta es que hay personas como tu que les encanta la aventura, por que para estar cerca de la muerte como tu lo dices creo que no es necesario estar en ese camino, por que pienso que a esa señora o señor que es la muerte , pues la tendremos en cualquier momento y te digo que no avisa, solo que viene y listo, bueno Nataly saludos y me encanta que te guste mi hermoso pueblo, que por cierto es el paraiso terrenal, chau Nataly …. besos

  5. Mariana Says:

    Natalí, me encanta tu relato, es tan real que por momentos pienso que yo misma estaba ahí con vos durante los “¿Esto? Esto -en mi país- es negligencia…”, los “Aaaarrraaasaaandoooo…(fade out abrupto)”*, los “No me quiero morir acá”, los “Yo me bajo y voy caminando”, los “la vuelta la hacemos en bibicleta”, y demás exclamaciones en el momento de veo-la-luz-al-final-del-tunel.
    *: Olvidándonos un poco, aunque tratándose de Bolivia no tanto, del tono carnavalesco de Thalía ¿Nunca habías pensado lo apropiado del tìtulo “Arrasando con la vida” para el trayecto coroiqueño?
    Pensálo.
    Un saludo desde Madrid.