Emanuel
Posted by Adrián Savino on May 28th, 2006 filed in ArtificialiaPor Adrián Savino
No soy lo que se dice un amante del agua, más bien todo lo contrario. Si voy a nadar es sobre todo por eso de la resistencia cardiopulmonar: con el sustazo que me pegué no me quedó otra que hacerles caso a los médicos.
Lo más duro fue dejar de fumar. Costó bastante pero al final lo conseguí; y la verdad es que el presupuesto se hace más cómodo en chupetines que en fasos. Aparte cumplo al pie de la letra con las nebulizaciones caseras, dos por día sin excepción, más esto de la pileta desde hace unos meses.
Me gusta la siesta porque no va casi nadie. En otros momentos hay que compartir el andarivel con cuatro o cinco, yendo por un lado y volviendo por el otro, siempre por la derecha. Al final es lo mismo que en la ruta: por más precauciones que se tomen, siempre hay algún choque.
A la siesta, en cambio, además de mí nomás sabe ir un hombre más o menos de mi edad, un poco más por ahí, cincuenta como mucho. Eso sí, en malla debe aparentar treinta y cinco, cuarenta. Un deportista de la gran siete: se manda un largo atrás de otro y para muy de vez en cuando. En esos momentos se pone a conversar conmigo. Tiene una mueblería ahí cerca, y aprovecha el par de horas sánguche del laburo para hacer pileta, gimnasio y sauna. Le gusta darme consejos de cómo bracear, respirar, ese tipo de cosas. A veces me invita a pasar con él al sauna, pero yo le invento excusas para no ir: eso de estar medio en bolas en la misma habitación con un desconocido, francamente me da un poco de impresión.
El otro día estábamos el tipo éste en un andarivel, yo en otro, y en otro una de las instructoras con un nene gordito. Por algún motivo parece que el chico no podía ir con los otros, y entonces le daban clase particular o algo así. Ya lo había visto haría una semana, cuando la mina le tiraba ejercicios para hacer y lo dejaba solo. El chico se ponía a nadar recién cuando la perdía de vista del todo. Bah, nadar… Hacía perrito un par de metros y se paraba, medio agitado, mirando para todas partes, hasta que se decidía a arrancar de nuevo y así.
Pero esta vez se le complicaba porque la instructora se quedaba en la pileta. Cada vez que me paraba a descansar, o sea bastante seguido, la veía a la pobre dele renegar con el chico para que hiciera las cosas. En un momento lo miré al tipo del otro andarivel, que había parado un rato, y le hice un gesto como diciendo: pobrecito, ¿no? El tipo frunció la trucha, se encogió de hombros y largó con otra serie de veinte o treinta piletas.
Al rato el gordo no aguantó más. Le dijo a la mina que no iba a hacer ni lo que ella le pedía ni nada, y se salió del agua. Cuando ella amenazó con decirles a los padres, el chico la miró fijo desde arriba, con la boca y los ojos bien abiertos, y le terminó gritando qué me importa. Entonces la instructora se salió también del agua y fue casi corriendo adonde estaba él.
-¡Emanuel, no te vayás! –le dijo, agarrándole el toallón que él llevaba debajo de un brazo.
-¡Dejame, dejame! –le decía él mientras tironeaba.
La mina no insistió más y lo dejó ir. A través del vidrio de la puerta se lo veía subir con esfuerzo la escalera que da al vestuario.
Nadé media hora más y salí. Cuando llegué al vestuario me lo encontré al gordito ahí parado, ya vestido. Tenía unas zapatillas amarillas de ésas con abrojos, pantalón y campera de vaquero, y una remera negra que le asomaba por encima del último botón prendido. Los pelos rubios bien cortitos, tipo cepillo, se le desordenaban un poco en el borde de la frente.
-Hola –le dije.
-Hola, ¿cómo andás? –me dijo. No sé por qué pero no me sorprendió que me tuteara.
-Bien, ¿y vos?
-¿Yo? Y, maaaso -me contestó. Ya no estaba pálido como en la pileta, sino más bien tirando a colorado.
-¿Qué pasó? ¿No tenías ganas de nadar?
-La verdad que no.
Abrí mi casillero para sacar jabón y champú, y pasé al sector de duchas. Estaba colgando el toallón y la malla en una percha, cuando oí unos chirridos de suela de goma por detrás: era él que venía y se quedaba parado justo al frente de mi ducha. Me estaba poniendo incómodo pero traté de disimular.
-Emanuel, sos vos, ¿nocierto? –le pregunté.
-Sí.
-Yo soy Ricardo –le dije.
Corrí la cortina y él siguió quieto del otro lado. Podría haber sido igual de caradura y desentenderme, pero no me salía: tenía que seguir charlando, decirle lo que fuera.
–A mí nadar me hace bien de ánimo –le dije mientras abría el agua.
-¿En serio? –me preguntó.
-Sí, y también de salud. A veces no tengo ganas como vos hoy, y no vengo. Pero que hace bien, hace bien.
-¿Ajá?
-Claro, loco: tenés que seguir viniendo a la pileta. Con el tiempo te va a servir, vas a ver.
Esperé que me contestara algo, pero esta vez se quedó callado.
-Pero nadie te puede obligar si vos no tenés ganas –agregué, tratando de no presionarlo.
-¡Obvio! –alcancé a escuchar que decía entre los ruidos del agua y de mis dedos frotándome la cabeza.
-¿Cuántos años tenés vos, Emanuel? –se me ocurrió preguntarle, ya que él seguía ahí callado y no se iba.
-¿Yo? Once.
-Mirá vos, che… Yo tengo cuatro veces más que vos… o sea cuarenta y cuatro –le aclaré por las dudas mientras me enjabonaba.
Volvió a quedarse callado, y no se me ocurrió qué más decirle. Con el chorro caliente retumbándome en la cabeza, me quedé pensando una vez más en ese asunto de la adopción. Ya hace un buen tiempo que mi mujer viene tocando el tema. En general esquivo el bulto, pero algún día me va a poner el cuchillo en la panza y tendré que hablarlo. La verdad que la idea de ser un padre… No, nunca fue para nada algo que me atrajera.
Antes de cortar el agua me fijé por debajo de la cortina: Emanuel ya no estaba.
Creí que se había ido, pero me lo volví a encontrar en los casilleros. Tenía la campera desprendida.
-Eh, ¿qué hacés acá? –le dije.
-Naada…
-¿Cómo nada?
-Lo estoy esperando a mi papá.
-¿Te gusta Bersuit? –le pregunté, señalando las letras celestes y blancas enormes que tenía grabadas en la remera.
-¡Más vale que me gusta!
-¿Fuiste a algún recital?
-Sí, a Cosquín. Mi papá, me llevó.
-¿Y estuvo bueno?
-Bueno no: ¡mortal, estuvo!
Ya vestido, me puse a peinarme frente al espejo. Esperaba que él me contara más cosas del recital, no sé, lo que fuera, pero se volvió a quedar callado. Mientras trataba de cubrirme lo mejor posible la pelada, veía de reojo la silueta bajita y gruesa de Emanuel reflejada en un costado. Todo el tiempo hasta que me terminé de peinar estuvo clavado ahí, dele mirarme.
-Bueno, Emanuel, chau –le dije antes de salir del vestuario, ofreciéndole la mano.
- Chau –me dijo dándome la de él, fofa y helada.
Mientras bajaba la escalera, oí de nuevo el chirrido agudo de las zapatillas.
–¡Que te vaya muy pero muy bien, Ricardo! –me gritó desde arriba.
-Gracias, loco, igualmente –le dije, un poco asombrado por su arranque. -Espero verte de nuevo por acá.
Como era principio de mes, antes de salir a la calle pasé por mesa de entrada para pagar doce horas de pileta libre. Mientras la chica me hacía el recibo, revisé mis bolsillos buscando la plata. Estaba casi seguro de haberla traído, pero no la encontré. Quedé en pagar unos días después, cuando volviera.
Recién al salir, con el frío de la calle dándome en la cara, pensé en Emanuel. “Qué gordo más chorro”, me dije por lo bajo. Por las dudas me crucé a las cabinas del frente y la llamé a mi mujer. Ella estaba segura de haberme visto meter la plata en el bolsillo antes de salir. De paso aprovechó para tratarme de abriboca, y recordarme que a las cuatro en punto sacaríamos a pasear el perro.
Me quedé sentado en la cabina, mirando a través del vidrio la entrada a la pileta sin saber bien qué hacer. De pronto, detrás de los autos que iban y venían por la avenida, lo vi a Emanuel que salía y se quedaba parado en medio de la vereda, con las manos en los bolsillos y mirando para todas partes. Decidí cruzarme para hablarlo.
Cuando salí del telecentro vi a un tipo gordo de barba candado, trajeado y con portafolios, diciéndole algo a Emanuel mientras movía la mano libre. Me mezclé entre la gente de una parada de ómnibus para poder espiarlos. El tipo parecía estar reprochándole algo, capaz que el desplante a la instructora, y el chico cada tanto le decía algo cortito, como contestando con fiaca. En un momento levantó la vista y le leí en los labios: “¡Pero papá…!”. El tipo nomás lo miró serio, y él bajó de vuelta la cabeza sin decirle nada más.
Después de unos minutos obligando a los que pasaban a correrse casi hasta el cordón para poder seguir, se pusieron a caminar de la mano para el lado del río. Los seguí por la otra vereda.
Se pararon más o menos a mitad del puente. Mientras caminaba casi a la misma altura que ellos, yo desde el frente veía cómo el tipo le reclamaba algo al chico. Después, ya medio dándome vuelta porque los estaba pasando, alcancé a ver a Emanuel sacándose de un bolsillo el billete de cincuenta y dándoselo al tipo.
Desde un banco de una plazoleta a la salida del puente me quedé mirándolos hablar, todavía parados en el medio. En un momento el chico lo abrazó al tipo, y en puntas de pie se puso a darle besos en una mejilla. El tipo se inclinó un poco, le palmeó la espalda, y al ratito empezaron de nuevo a caminar, esta vez callados. Cuando hicieron cosa de una cuadra, decidí seguirlos un trecho más.
Trataba de caminar lo más lerdo posible, pero ellos iban tan despacio que a cada rato tenía que parar a desatarme y volverme a atar los cordones de las zapatillas. Iban en silencio, o por lo menos eso me parecía. Y ya no de la mano. Las primeras cuadras Emanuel caminaba un poco más adelante que el padre, hasta que en un momento se quedó mirando para adentro de un ciber. Ahí el tipo lo empujó suave por la espalda, obligándolo a seguir. De ahí en adelante, el que iba atrás era Emanuel.
Yo los seguía sin saber por qué: nunca me hubiera animado a pararlos y reclamarles la plata.
A las nueve o diez cuadras por atrás de ellos, ya casi llegando al centro, tuve el impulso de parar a comprar cigarrillos en un kiosco. Como cada vez que me pasa, ahí nomás me acordé de que soy ex fumador, y entonces pedí chupetines.
En ese momento vi la hora en el reloj de cuarzo del mostrador: tres y media. Si hay una cosa que mi mujer no soporta es que no la acompañe a pasear el perro. A veces me pregunto por qué tantas atenciones con ese animal, pero no le digo nada. Caminar juntos es linda costumbre, para qué echarla a perder.