Lo peor no son los fantasmas

Posted by Mori Ponsowy on September 25th, 2005 filed in Artificialia

Por Mori Ponsowy

Ella pone un vaso de agua sobre la mesa de noche y abre la cama. Es una de las horas que más le gustan del día, cuando puede dejar las ocupaciones a un lado y sentir silencio a su alrededor. Se tapa con dos frazadas, cierra los ojos y decide quedarse así, despierta y con la luz encendida, pero sin hacer nada. Ojalá su hijo no la despierte de madrugada: quiere dormir toda la noche de un tirón.

Esa tarde se habían reunido para decidir el tema del próximo número de la revista en la que ella trabaja como editora. Después de una discusión aburrida e interminable, los demás aceptaron su propuesta: “fantasmas”. En un momento, uno de sus compañeros se rió de quienes en pleno siglo XXI aún creen en las ánimas, los demás lo secundaron, y ella no pudo dejar de sentir que todos se burlaban de ella. Otro propuso, de nuevo en son de broma, que hicieran una reunión espiritista. “No en mi casa,” dijo ella en el acto. Le preguntaron por qué y ella explicó que su hijo podría asustarse. Una mentira, porque su hijo ya no cree en fantasmas.

Se le ha convertido en costumbre, antes de encargar los textos a los colaboradores del mes, preguntarse de qué manera quisiera que abordaran el tema. Disfruta imaginando cómo será el próximo número de la revista, como será el editorial y el reportaje, sobre qué le gustaría que escribiera cada uno de los escritores a quienes empezará a llamar a partir de la mañana siguiente. A veces, antes de quedarse dormida, se pregunta qué escribiría ella sobre el tema del mes si el miedo a publicar algo suyo en la revista en la que trabaja, la misma que contribuyó a fundar, no fuera tan grande.

Pone las almohadas una sobre otra y apaga la luz. Si se atreviera a escribir sobre fantasmas, piensa, tal vez escribiría sobre ese episodio ocurrido hace tantos años en uno de sus primeros empleos.

Sara, una compañera de trabajo a quien apenas conocía, había entrado intempestivamente a su oficina.

-Necesito hablar contigo –dijo, mientras cerraba la puerta.

Sara empezó diciendo que no creía en fantasmas. Sin embargo, aseguraba que desde hacía unas semanas había uno que la visitaba por las noches. Admitió que las primeras veces había sentido miedo pero que luego le había restado importancia a lo sucedido intentando convencerse de que había sido una especie de alucinación que no se repetiría. Sin embargo, el fantasma había insistido, y si bien durante sus primeras visitas se había limitado a mirarla desde los pies de la cama, luego había comenzado a aproximarse cada vez más hasta que hacía algunas noches se había atrevido a levantar las sábanas y, finalmente, le había hecho el amor.

-Pero eso no es lo peor –le había dicho Sara. -Lo peor es que hace dos noches que no viene. Lo peor es que estoy loca por él.

Al día siguiente ella pasó la mañana esperando que Sara fuera a contarle si el fantasma había regresado. Pero pasaban las horas y Sara no venía. Cuando preguntó por ella le dijeron que no había ido a trabajar. Sara tampoco fue al día siguiente, ni al otro. En la oficina nadie supo qué le había pasado y ella nunca la volvió a ver.

¿Contaría la historia de Sara si se atreviera a escribir? ¿Qué dirían sus compañeros de la revista de su relato? Seguramente no se entusiasmarían demasiado. Y ella, ¿qué pensaría si uno de los escritores a quienes al día siguiente le encargaría un texto entregaba uno parecido al que ella había imaginado?

Desde que trabaja en la revista ha aprendido que, independientemente del género, los textos que más le gustan son los de aquellos escritores que miran con los ojos desnudos, los de quienes se atreven a ir más allá de las verdades evidentes. “Write about what they tell you to forget,” dice Muriel Rukeyser en un poema. Y repite la frase en tres versos consecutivos, como un mantra.

Da vuelta la almohada para sentir el lado más fresco. Quizá, siguiendo el consejo de Rukeyser, si se atreviera a escribir sobre fantasmas ella debería contar su primer contacto con uno, el que ocurrió a sus cinco años. Ni siquiera había ocurrido de noche. Sus padres estaban almorzando con unos amigos en el comedor mientras ella comía en la cocina. De pronto, la puerta del patio se abrió sola. No se abrió del todo, sino hasta la mitad del camino y se detuvo. Se quedó ahí durante unos segundos, inmóvil, y luego, tan lentamente como se había abierto, se volvió a cerrar. Justo entonces entró a la cocina una de las amigas de su madre.

-¿Qué pasa? –preguntó.

-La puerta, se abrió sola –contestó ella.

-Debe haber sido un fantasma –dijo la mujer, mientras buscaba hielo en el congelador, y salió de la cocina con la cubetera entre las manos sin decir nada más, como si los fantasmas fueran lo más común del mundo.

Desde ese día ella dejó de dormir bien por las noches. Quería contarle a su madre, no lo que había sucedido con la puerta, sino lo que le había dicho su amiga. Pero no se atrevía a hacerlo porque sabía que a su madre no le gustaría que ella tuviera miedo de un fantasma. Los fantasmas no existen, le diría. Si ella insistía su madre la castigaría y la mandaría a dormir.

Aunque la historia de la puerta no le parece lo suficientemente buena para la revista, al menos para contarla tendría que atreverse a romper alguna barrera. ¿Estaría satisfecha Rukeyser? Durante años ella había olvidado este episodio. ¿Por qué lo había olvidado? ¿De dónde venía ese silencio que ella misma se había impuesto ante su madre?

Enciende la luz, toma agua, vuelve a apagar la luz. Tampoco le ha hablado nunca a nadie sobre su segundo encuentro con el mundo de los fantasmas. Ella tendría once años para entonces, su padre había perdido su anterior empleo y ahora trabajaba en una provincia a cientos de kilómetros de distancia. Su madre pasaba el día fuera de casa. Dos veces por semana iba una señora a limpiar y poner algo de orden. Se llamaba Eulogia y a ella le gustaba encontrarla cuando volvía de la escuela. Bajaba del autobús, Eulogia le abría la puerta, y el olor a lavandina que emanaba la casa parecía indicar que todo estaba bien.

Mirando planchar a Eulogia, escuchándola hablar sobre su pueblo, se le pasaban las tardes. Si hubiera sabido escribir, Eulogia podría haber escrito maravillas sobre cualquiera de los temas de tapa de la revista. Una tarde contó que un sobrino suyo se había vuelto loco por culpa de un espíritu. El niño se había quedado dormido con la ventana abierta y un ánima en pena, al pasar por ahí, había decidido entrar y apoderarse de su cuerpo. La gente dijo que seguramente había sido el alma de Evaristo Carrillo, que había muerto en el manicomio ese mismo día, la que se le metió en el cuerpo al niño.

Ni el olor a lavandina, ni el Padre Nuestro que solía rezar con su madre antes dormir bastaron esa noche para tranquilizarla. A través de su ventana a ella le parecía ver el alma de Evaristo Carrillo. En los días siguientes el miedo se fue extendiendo. El ánima de Evaristo dejó de estar presente sólo por las noches y en las ventanas, y llegó a poblar aún los días más soleados. Ella empezó a tener miedo de estar sola en cualquier parte de la casa aunque fuera pleno día. En una ocasión su madre le preguntó qué le pasaba, pero si a los cinco años no se había atrevido a decir la verdad, mucho menos lo haría ahora. Tampoco Eulogia la tranquilizó: cuando ella le preguntó si su sobrino se había curado con el correr del tiempo, Eulogia siguió doblando la camisa que acababa de planchar y dijo que su sobrino había muerto echando espuma por la boca.

La situación se fue haciendo cada vez más difícil. Buscando consuelo, le contó a sus amigas de la cuadra la historia de Evaristo. Pero las niñas no hicieron más que burlarse. Cada vez que ella salía a jugar, las demás la señalaban con índices larguísimos. No sólo se reían de que creyera en fantasmas, sino también de sus pecas, de su acento, de su falda desteñida.

Cuando se acercaba la hora de salida de la escuela, la hora cuando tenía que volver a casa, ella sentía que no podía respirar. Le temblaban las manos y un sudor frío le recorría las piernas. Su madre empezó a irritarse cada vez que ella le pedía que no saliera o que insistía en cerrar todas las ventanas a pesar del calor de ese verano interminable. Lo peor era la hora del baño. A los once años hacía mucho que ella se bañaba sola y su madre no entendía por qué de pronto ella le pedía que la acompañara mientras lo hacía.

Hasta que un día decidió que si no podía hablar con nadie de su miedo, ella sola se encargaría. Para ganarle a Evaristo Carrillo tendría que demostrarle que no le tenía miedo. El primer paso sería sacarle la lengua a cuanta ventana encontrara en su camino. Caminaba por las mañanas rumbo a la escuela sacándole la lengua a las ventanas de las casas, de las oficinas, de los negocios. Al darse cuenta de que esa conducta no producía ninguna reacción adversa por parte del ánima de Evaristo, empezó con los insultos: Evaristo tonto; Evaristo imbécil; Evaristo, no te tengo miedo porque no existes. Cuando pudo sacarle la lengua a las ventanas e insultar a Evaristo Carrillo no sólo durante el día, sino también por las noches y en su propia casa, el miedo a su ánima en pena desapareció.

Prende la luz una vez más, va a buscar otro vaso de agua y vuelve a la cama. Recién ahora se da cuenta de que lo peor no había sido el ánima de Evaristo. Lo peor había sido estar sola por las tardes y que los demás niños se burlaran de ella por pecosa y por bajita y por creer en los fantasmas. Lo peor fue que el único niño que quiso ser su amigo era uno al que todos llamaban loco. Uno que de pronto desapareció de la misma manera y tan sin explicaciones como Sara años después. Lo peor era pensar que ella podía ser como ellos, acabar como ellos: loca o enamorada de un fantasma. Lo peor no habían sido las ánimas, sino el silencio.

¿Qué podrían criticarle a esta historia de las ventanas si ella se atreviera a publicarla en la revista? Write about what they tell you to forget. ¿Qué era lo que ella aún no se atrevía a contar? ¿Y si en ese texto hipotético que ella no se atreve a escribir admitiera que todavía cree en fantasmas? Quizá el de la puerta y el de Evaristo hayan sido sus primeras y más inocentes manifestaciones. ¿Cuáles son sus fantasmas ahora? El silencio encabeza la larga fila: no encontrar las palabras justas, no tener el valor de pronunciarlas ante quienes deben ser dichas. La locura viene después. Enamorarse de un fantasma. Quedarse sola mientras los demás la señalan con índices larguísimos, ¡extranjera! ¡extranjera! Que su hijo algún día también se quede solo en medio del patio de recreo mientras todos los otros juegan.

Lo que más le gusta cuando está a punto de quedarse dormida es darse cuenta de ello. Se da cuenta porque sus pensamientos empiezan a ser ridículos e incongruentes. ¿Y si el miedo a publicar era el miedo a los índices de su infancia? Había sido una estupidez decir que no quería que la reunión espiritista se hiciera en su casa. Quizá si sus compañeros fueran a su casa ella se atrevería a contarles algunas historias. La de la niña que de tanto miedo quedó en silencio. O la de la mujer que pasó de no creer en los fantasmas a tenerles miedo y luego a enamorarse de uno. O esa otra historia en la que una voluntad firme obliga a vencer el temor a las ventanas. Del miedo, al amor. Del miedo, a la valentía. Del silencio a la palabra. Y de ahí a la escritura como manera adulta de sacarle la lengua a los fantasmas.


4 Responses to “Lo peor no son los fantasmas”

  1. Gusnielsen Says:

    Qué buen cuento, Morisca!

  2. una lectora más Says:

    Un placer tus fantasmas, Mori. Y otro conocerte, ya di unas vueltas por tu blog.

  3. acteon Says:

    Cualquier cosa, un vaso de agua bajo la cama. O un par de tijeras abierta en forma de cruz. Recetas que me dieron ante la posibilidad ectoplásmica de presencias indeseables en la casa. De las deseables, ni hablar: una buena botella de vino.

    Saludos.-

  4. Mori Ponsowy Says:

    Gracias, Gus, Hernán y lectora, por los comentarios. Tres besos.