Vladimir Nabokov pensaba que su esposa era una mujer exigente, fina, sabia, bella, caprichosa y muchas cosas más. En 1949 dejó constancia de la desaprobación que le mereció el súbito afecto que sintió hacia ella un alumno, al cual no tenía precisamente por un Adonis. “¡La belleza no lo es todo!”, protestó el alumno de Cornell. “Señor Keegan, señor Keegan, eso es una mera presunción con la que aspiramos a desenvolvernos en la vida. En el fondo, la belleza lo es todo”, le aseguró el profesor Nabokov.

 

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