En su Tragic Origins of the German Footnote el profesor Anthony Grafton califica a la nota al pie como “el zumbido agudo del torno del dentista”: el dolor que provoca, como el del torno, no es ni aleatorio ni direccional: es parte del costo que el lector debe pagar por los beneficios de la ciencia y la tecnología modernas. La nota al pie, según Grafton, es tan esencial para la vida civilizada como el inodoro; como éste, es un tema de mal gusto en la conversación cortés y por lo general sólo llama la atención cuando funciona mal. Así como la alfombra raída, la jarra con agua, el vaso vacío y la presentación incoherente, imprecisa y titubeante están destinados a demostrar que el conferenciante tiene algo interesante que decir, las notas al pie confieren al autor un aire indiscutible de autoridad. Finalmente, al igual que los diplomas colgando de la pared del consultorio del médico, demuestran que estamos tratando con facultativo competente al que se puede consultar y recomendar. Su propia naturaleza es contradictoria: parece estar diciendo que cada afirmación original del autor no es tan original dado que tiene una fuente. Dependiendo de la finalidad, cuando está dirigida a atacar a un colega, la nota al pie también recuerda al protagonista monstruoso de esas películas de terror norteamericanas que usa una sierra eléctrica para descuartizar a sus enemigos y desparramar sus extremidades sangrientas por todo el paisaje circundante.

Lo cierto es que si algo requiere demasiadas explicaciones quiere decir que no se explica suficientemente bien por sí mismo, que no se dirige a nosotros de un modo claro. Noel Coward observa en una frase memorable que interrumpir la lectura para leer una nota al pie es similar a verse obligado a dejar de hacer el amor porque alguien llama a la puerta. En el caso de las notas de los traductores, hay casos (pocos) en que una nota al pie se justifica. Puede tratarse de una palabra ambigua o de algún nombre propio que es necesario aclarar prestamente para no condenar al lector a la pérdida irreparable de un matiz sustancial. Pero el traductor debería tener la propiedad del desaparecido, es decir, la de alguien que aparece una vez en todo el libro, en la tapa si es posible, con bombos y platillos, pero que de ahí en adelante hace mutis. Cualquier presencia ulterior es tan inadecuada como la de alguien que asiste a una fiesta sin haber sido invitado. Testigo incómodo, se comporta como ese acompañante inoportuno que todo el tiempo nos recuerda que no estamos solos. Come caramelos, nos pide prestado el diario, tose, se mete el dedo en la nariz. Saca uno tras otro temas de conversación. Y aunque, porque somos bien educados, nos limitemos a proferir cada tanto sucintos sonidos guturales, no cejará de insistir. Una vez empezada la lectura, el traductor es un colado a quien nadie espera y a quien nadie desea ver ni oír. En cuanto haga el menor movimiento todos notarán su presencia, y si por conmiseración o respeto alguien presta atención a lo que dice será con la única esperanza de que se esfume cuanto antes.

 

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