Menos luz
Posted by Guillermo Piro on October 25th, 2005 filed in ArtificialiaVer es encontrar diferencias, discrepancias, irregularidades. Por una parte es cierto que sin esas alteridades sobre las que la mirada puede posarse la atención se disipa, disminuye, y el observador termina aburriéndose. Por otra parte no es menos cierto que difícilmente el ojo atento deja de encontrar, al contacto ocasional con cualquier superficie, esas alteridades, esas irregularidades de las que están munidas todas las cosas.
Una pared, para dar un ejemplo sólido, la más lisa pared blanca que concebirse pueda; si se la observa con atención, esto es, durante dos o tres horas, comienza a develar su secreto; vacía, como se dice comúnmente, su alma. Como bajo una sesión de tortura (para la pared, en este caso, el ser tan largamente observada es someterse a una sesión de tortura) la cosa, lo que se mira, no resiste indefinidamente, y al cabo de un tiempo, despendiendo éste de la insistencia, la fuerza o el frenesí con que se mire, cede, se deja llevar, ver, analizar, y muestra al fin lo que ocultaba.
Los animales agregan a su cuerpo, suman a su conformación más ajena y exterior, siempre débil, elementos que sirven para confundirla con lo externo que los rodea, para pasar desapercibidos, para no dar elementos que permitan “posarse” a la mirada, detenerse. Esta pared actúa de un modo parecido, sólo que en vez de “agregar”, quita. Pero nunca es suficiente.
En estas cosas piensa el observador mirando una pared, cuando de pronto, sin haberlo previsto, es decir, descubriendo su importancia en el mismo momento en que desaparece, como ocurre con las cosas que verdaderamente importan, que denotan su importancia justamente cuando dejan de estar, perdidas para siempre, en el país de los muertos, la luz, la bendita luz, la luz artificial, la que permitía ver, se esfuma.
Sigue a esto una larga serie de operaciones técnicas de lo más tediosas (controlar la llave térmica, los tapones, descubrir que uno de los filamentos está roto, cambiarlo, colocarlo otra vez), llevadas a cabo en la más completa oscuridad primero, y luego, cuando consiguió, a tientas, dar con un encendedor, a su debilísima luz, que a cada instante es más débil.
Al recuperar la visión, dejando de lado el hecho de que la pared ha vuelto a ser la pared primera y que el proceso debería volver a iniciarse desde cero, el observador descubre, sorprendido, que fue durante la más completa oscuridad que percibió, suavemente primero, con más fuerza después, lo que él, sólo para darle un nombre, llamó la “iluminación interior”, esto es, un grácil estado de claridad mental que al cabo de un rato lo llevó a descubrir que fue durante la ausencia de la luz cuando más creyó estar viendo. No en ausencia total de la luz, no. Su estado de “iluminación” dura lo suficiente como para que consiga percibir eso y luego desaparece como vino. A la luz de la débil llama del encendedor, que cada vez se hacía más débil, mientras cambiaba el filamento del tapón de luz, descubría, al mirar hacia un costado, ciertos detalles en la pared totalmente sobredimensionados, exagerados, magnificados, detalles que no había conseguido ver ni aún después de una hora de observación ininterrumpida con “suficiente” luz. Son cosas interesantes. No se percata de inmediato de este descubrimiento: sigue haciendo lo suyo. Sólo experimenta un cierto sobresalto cuando de reojo observa los detalles tan irregulares de la pared que está a su lado y sigue con su tarea, como alguien que simplemente hubiera interrumpido lo que estaba haciendo para espantar una mosca, o un mosquito. No le da mayor importancia. No la tiene. Pero al cabo de un rato, cuando la luz ha vuelto, él descubre con inquietud, con una extraña inquietud, que hay algo que parece incompleto, como una idea momentáneamente olvidada que uno se siente tentado a esperar que vuelva a aparecer de repente, sin hacer nada, simplemente esperando que vuelva. Allí y así descubre entonces que poco antes, a la luz de la débil llama del encendedor que cada vez se hacía más débil, había conseguido atisbar algo nuevo, insólito, magnífico: la pared.
Esto lo lleva a elaborar una teoría bastante estúpida acerca de los escritores que escriben de pie y los que lo hacen sentados o acostados; los que escriben por la mañana y los que escriben por la noche, y, entre éstos, los que escriben a la luz de una vela y los que lo hacen a la luz de dos o más velas, para terminar diferenciándolos de aquellos que escriben bajo el cono enceguecedor de una lámpara. Busca ejemplos, pero no encuentra ninguno. Intuye, eso sí, una diferencia, pero desearía que ésta fuera mucho más evidente, visible.
Supone, entonces, que debe volver a la pared iluminada por la llama para entender. Encuentra una vela, la enciende, apaga la luz eléctrica y se abandona a la observación de un trozo de pared, vuelta enormemente irregular a la débil luz que, esta vez, no se debilita a cada momento, sino que es constante, uniforme, inmóvil.
Y descubre cuán fundamental era el hecho de que a cada momento la luz se debilitara más y más, como sucedía antes con el encendedor. Porque ahora las irregularidades, disponiendo de todo el tiempo para ser observadas, se vuelven monótonas, lo aburren. Entonces se duerme.
Una leve brisa entra por la ventana y sacude la llama. El aire mueve el aire y una cortina oscila. Toca levemente la llama. Se enciende.
October 25th, 2005 at 9:07 pm
Así te quería ver, Guillermo. Aplausos.
October 25th, 2005 at 10:54 pm
Qué preciosura de texto, man.
October 26th, 2005 at 8:05 am
La verdad es que quisiera elogiar de algún modo este texto sin que el elogio parezca estúpido o vano o insulso o inocuo y no encuentro la manera: todo lo que se me ocurre me parece estúpido o vano o inocuo o insulso. Así que mejor te digo que quisiera elogiarlo y todavía no aprendí cómo.
October 26th, 2005 at 2:47 pm
Estupendo texto de un estupefaciente tema.
Vivimos condenados a la versión de los objetos que la iluminación casi siempre fija de la luz artificial o las posiciones de regularidad horaria de la luz solar que entra por las ventanas nos indica, es como vivir condenados a una sola toma, a un solo cuadro cinematográfico, todos los días.
Me ha pasado en cortes de luz tener que ir la baño a la luz de una vela y descubir desde el inodoro toda una nueva escenografía de secretos y posibilidades perdidas, ángulos ocultos, combinaciones inéditas de claroscuros transformadores donde el milagro se produce: aún eso que la repetición determina que no sea nunca nada más que lo que siempre es, muestra que puede ser otra cosa. El cambio está en el observador, los pobres objetos anda por ahí, indefensos, sin voz ni voto propios, son lo que podamos ver de ellos y con ellos.
Nielsen, y si nos penemos a diseñar una casa con luminarias móviles?
November 1st, 2005 at 11:46 am
cómo me gustó, guille!.