La princesa Blancanieves
“Si necesitamos de las fábulas, que al menos sean el emblema de la verdad”. Voltaire debería sentirse más que satisfecho ahora que Blancanieves parece salir de las nieblas de la leyenda para entrar en al antro de la historia. Hay que olvidar la fábula, o mejor, olvidar la ironía al decir: “Había una vez…”. Porque Blancanieves, los siete enanitos, el espejo encantado y la reina malvada existieron de verdad. Al menos eso se atrevió a sostener el señor Karl-Heinz Barthels, un farmacéutico de Lohr, un pequeño pueblo bávaro a orillas del Meno.
Barthels empleó 17 años para llegar a esta conclusión: la Blancanieves transfigurada por los hermanos Grimm no era otra que María Sophia Margaretha Catherina von Erthal, nacida el 15 de junio de 1729, hija del príncipe Philipp Christoph von Erthal y de Maria Eva von Bettendorf. El castillo de los Erthal hoy es un museo. Una de las atracciones del castillo es justamente el espejo parlante, refinado juguete acústico muy en boga en la época, fabricado justamente en Lohr, célebre en Europa por la manufactura de espejos y cristales. El espejo repite cada palabra pronunciada por quien está delante.
El espejo era propiedad del príncipe. Éste se lo había regalado a su segunda mujer, Claudia Elisabetta von Reichenstein, madrastra de Maria Sophia. Al parecer, la varicela dejó a Maria Sophia casi ciega. Los documentos hallados por Barthels hablan de una muchacha muy dulce. Probablemente la gente hizo a la madrastra más malvada de lo que en realidad era. ¿Y los enanos? Barthels encontró la respuesta en Bieber, un pueblo no muy lejano, entonces un importante centro minero por el cobre y la plata. Los túneles de las minas sólo eran accesibles por personas de estatura muy chica, que a menudo llevaban capuchas muy coloridas para ser bien visibles.
Es sabido que los hermanos Grimm hacían acopio de historias en las que verdad y mito se confundían, escuchaban a posaderos y viejas, mujeres de sastres y estafadores, retribuyéndoles con dinero cuando consideraban que el relato lo merecía. Luego lo “trabajaban” a fondo, atentos sobre todo a eliminar las partes más escabrosas y sangrientas para volverlo aceptable a la pudorosa sensibilidad de la época. Por ejemplo, en la primera versión de Cenicienta a las dos hermanastras, en castigo, se les arrancaban los ojos. En cuanto a Blancanieves parece ser que, originalmente, los enanos, al encontrarla sin vida, decidieron desnudarla y darle un baño de hierbas purificantes esperando con ello poder salvarla.
Lohr no fue la primera ciudad que reclamó la paternidad de una historia de los hermanos Grimm. Hoxter resultó ser el escenario natural de Hänsel y Gretel, mientras que Ziegenhald, en Asia, desde mediados del siglo XX se autodenominó “la tierra de Caperucita Roja”.
La princesa Blancanieves
“Si necesitamos de las fábulas, que al menos sean el emblema de la verdad”. Voltaire debería sentirse más que satisfecho ahora que Blancanieves parece salir de las nieblas de la leyenda para entrar en al antro de la historia. Hay que olvidar la fábula, o mejor, olvidar la ironía al decir: “Había una vez…”. Porque Blancanieves, los siete enanitos, el espejo encantado y la reina malvada existieron de verdad. Al menos eso se atrevió a sostener el señor Karl-Heinz Barthels, un farmacéutico de Lohr, un pequeño pueblo bávaro a orillas del Meno.
Barthels empleó 17 años para llegar a esta conclusión: La Blancanieves transfigurada por los hermanos Grimm no era otra que María Sophia Margaretha Catherina von Erthal, nacida el 15 de junio de 1729, hija del príncipe Philipp Christoph von Erthal y de Maria Eva von Bettendorf. El castillo de los Erthal hoy es un museo. Una de las atracciones del castillo es justamente el espejo parlante, refinado juguete acústico muy en boga en la época, fabricado justamente en Lohr, célebre en Europa por la manufactura de espejos y cristales. El espejo repite cada palabra pronunciada por quien está delante.
El espejo era propiedad del príncipe. Éste se lo había regalado a su segunda mujer, Claudia Elisabetta von Reichenstein, madrastra de Maria Sophia. Al parecer, la varicela dejó a Maria Sophia casi ciega. Los documentos hallados por Barthels hablan de una muchacha muy dulce. Probablemente la gente hizo a la madrastra más malvada de lo que en realidad era. ¿Y los enanos? Barthels encontró la respuesta en Bieber, un pueblo no muy lejano, entonces un importante centro minero por el cobre y la plata. Los túneles de las minas sólo eran accesibles por personas de estatura muy chica, que a menudo llevaban capuchas muy coloridas para ser bien visibles.
Es sabido que los hermanos Grimm hacían acopio de historias en las que verdad y mito se confundían, escuchaban a posaderos y viejas, mujeres de sastres y estafadores, retribuyéndoles con dinero cuando consideraban que el relato lo merecía. Luego lo “trabajaban” a fondo, atentos sobre todo a eliminar las partes más escabrosas y sangrientas para volverlo aceptable a la pudorosa sensibilidad de la época. Por ejemplo, en la primera versión de Cenicienta a las dos hermanastras, en castigo, se le arrancaban los ojos. En cuanto a Blancanieves parece ser que, originalmente, los enanos, al encontrarla sin vida, decidieron desnudarla y darle un baño de hierbas purificantes esperando con ello poder salvarla.
Lohr no fue la primera ciudad que reclamó la paternidad de una historia de los hermanos Grimm. Hoxter resultó ser el escenario natural de Hänsel y Gretel, mientras que Ziegenhald, en Asia, desde mediados del siglo XX se autodenominó “la tierra de Caperucita Roja”.
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