La maquinita de leer los pensamientos
Posted by Patricia Suárez on February 26th, 2006 filed in ArtificialiaPor Patricia Suárez
Nos volvimos a ver después de cinco años. Se fue llevándose todo el dinero que teníamos, las tarjetas de crédito, una reproducción sin valor de La joven del Aro de Perla. Estábamos sentados en La Casa de Oleiros, masticando unas rabas fritas. Una semana atrás habían clausurado el local por razones que nosotros no conocíamos y sin embargo no nos abstuvimos a la hora de pedir la comida. Hacía mucho tiempo que no sabía de él, hacía mucho tiempo que ya no lo amaba. Estaba igual, como si hubiera llevado una vida perfecta. Eso me dio envidia, luego me calmé al recordar las palabras de una amiga psicoanalista: “La locura mantiene”. Sobre la remera azul celeste de Lacoste colgaba un aparatito. Era cuadrado, negro, con numeritos brillantes en su interior. Parecía una calculadora o uno de estos artilugios nuevos para escuchar música. Por un momento pensé que era un holter para controlar su corazón. No sentí pena por su enfermedad, en el caso de que hubiera estado enfermo. Le pregunté qué cosa era.
–Ahí quería llegar –me dijo sonriente.
Debía tener implantes dentales.
–Es –dijo con naturalidad– una máquina para leer los pensamientos.
Las rabas estaban frías y excesivamente saladas. Un cristal de sal gruesa golpeó entre mis muelas. De pronto me pregunté: pongamos por caso que una persona hubiera muerto intoxicada por la comida en el Oleiros, después de la clausura o del duelo, ¿puede un restaurante abrir como si nada hubiera pasado?
–Sé bien en qué estás pensando, Cristián. Sin ninguna necesidad de una maquinita…
–Supongo –dijo.
–¿Qué ves en esa maquinita? ¿Quién la inventó?
–No importa quien. Un amigo. ¿Cómo va tu vida? ¿Estás bien? –preguntó.
–Qué te importa.
–¿Están bien tus hijos?
Cuando hablaba de nuestros hijos, él los llamaba mis hijos. Decía que para él mis hijos eran como si fueran suyos. Lo terrible de todo esto, es que mis hijos eran sus hijos, tenían su apellido: él mismo los anotó en el Registro Civil. Pero de pronto se le había ocurrido que yo lo engañé y estos niños eran hijos de otro hombre.
–No vas a querer decírmelo –concluyó. –Estoy viéndolo aquí. Estás tan enojada como hace cinco años. Pero los chicos están bien. Son unos chicos preciosos. Se te parecen mucho… El mayor estudiará biología, te lo dijo hace tres días… tiene tus mismas preocupaciones, esas inquietudes que te asaltaban en el medio de la noche y no te dejaban dormir… Adónde vamos, de dónde venimos, en fin…
–Yo nunca me desvelé con esa clase de preguntas.
Una luz roja se prendió en la maquinita.
–Ya ves. No te acordás.
–Claro que me acuerdo.
–Entonces estás mintiendo.
–No quiero comer más.
–No te alteres. Quería tener una charla… como personas… como seres humanos.
–A ellos también les gustaría verte. Sos su padre.
La luz parpadeó; él meneó la cabeza.
–No. No quieren verme.
–Llamá al mozo, me tengo que ir.
–Sí. Una sola cosa, antes.
–¿Qué?
–¿Estás… con alguien? ¿Estás enamorada?
–¿Vos me preguntás eso? Sí, estoy enamorada.
La luz pasó del rosado al púrpura.
–Es… un hombre muy bueno… –balbuceé-. Es médico… cardiólogo. Estudió con Norman Holter… el que inventó el aparatito para controlar… ya sabés.
Pasaron unos instantes.
La luz se puso azul y entró en el silencio.
–Yo tampoco encontré una mujer.
Me levanté. Saqué de mi cartera un billete de diez pesos y lo puse sobre la mesa. La comida allí no podía costar mucho más.
–Porque nuestra relación era especial y única…
Lo besé en la frente. Le hice adiós con los dedos desde el umbral.
Dentro de mi cabeza latía el pensamiento: “Debo alejarme, debo recordar todos los daños, debo olvidarme de este hombre…”
Me volví una sola vez, él estaba inclinado sobre la maquinita, calculando alguna cosa, tramando algún engaño. Vi el resplandor de las lucecita roja en el vidrio de la ventana.
February 26th, 2006 at 2:43 pm
Patri, Patri. Sobresaliente. Como siempre.
Luz verde.-
February 27th, 2006 at 12:18 am
Patricia: si no te conociera, ni supiera nada de tù historia… pero “¡què bueno que te paraste y te fuiste!,¿no?”.
Un beso muy grande.
Carla.
February 27th, 2006 at 9:54 am
Patrix, buenísimo. Que locura la de esta gente, no?
Beso grande.
Cande.
February 27th, 2006 at 1:18 pm
Carla…la que se para ¿no es la protagonista? ¿Por qué decís “te paraste y te fuiste” refiriéndote a la autora?
February 27th, 2006 at 5:23 pm
Y sí, si no es con maquinita no adivinan ni el número de colectivo.
February 27th, 2006 at 7:15 pm
Perdón, Laura. Mi no entiende ¿Era un texto en clave?
February 28th, 2006 at 10:14 am
Excelente. Lo pincho al lado de mi favorito (P.Pimentón).
March 5th, 2006 at 11:19 am
Típico texto que promueve con éxito el conchudismo -siempre irreflexivo-, la adhesión tilinga. Eso sí, bien escritito.