Un handy suena. Distraída tratando de revolver el azúcar sin disolver la crema –detesto que la crema se disuelva en el café y deje de ser crema para volver a ser leche–, me pregunto si será el mío. Pero no hago nada por comprobarlo. No, debe ser el del tipo trajeado que está sentado a mis espaldas en la mesa contigua. Pero él no se inmuta. Debe ser el mío. O no. Quizás es el de la mujer de unas mesas más allá. No creo, esa mujer no tiene cara de tener un handy. Es increíble la proliferación de estos aparatitos en la ciudad. Ya no se sabe cuál es el que suena cuando el sonido, similar en todos, se comienza a escuchar. Alguien me dice que es el mío. Intento responder, llegar al estuche que lo guarda en mi cintura, pero recién entonces caigo en la cuenta que el que suena no es el handy sino el teléfono sobre mi mesa de luz. ¿Qué pasó? Pasó que estoy abajo esperándote y todavía nada parecido a vos asoma por la puerta.

Mis párpados pelean en lucha desigual por evaporar sueños. Miro el reloj con demasiadas pocas certezas y descubro que es tarde. Una hora y veinte tarde. Mala forma de empezar un lunes, me digo. Mala forma de empezar la semana, y lo empeoro. Mala forma de empezar el resto de mi vida, me auguro fatalmente.

Voy a llegar una hora y veinte tarde a mi trabajo. Todo mi día se verá retrasado. ¿Y si no fuera sólo mi día sino la sucesión de los días que me quedan por vivir? Al tiempo, cuando se lo pierde, no hay modo de recuperarlo. Algo me estremece. Una sentencia me aplasta: mi vida ya no será la misma. El resto de mi vida estará retrasado una hora y veinte.

Nunca más podré conseguir un trabajo. Nadie le daría empleo a una persona que llega una hora y veinte tarde a la primera entrevista. Quizás no es tan grave, sólo tendré que ocuparme de no tener un jefe el tiempo que me queda. Pero tampoco podré convencer a alguien de mi seriedad con semejante karma a cuestas. Estoy condenada a morir de hambre. Vivir de la caridad no se me aparece como una buena opción. Y aunque, ante el rugir de mis entrañas vacías, me decida a mendigar por las calles, nunca estaré allí, cuando las monedas caigan. Y en el momento que llegue, aunque me arrastre en el suelo seguramente sucio y mojado, ya otro se las habrá llevado.

Y mis novios… ¿Quién será capaz de esperarme? Nadie soportará plantones y más plantones. Ningún juramento o promesa será válido. No habrá modo de compensarlos. Ya no querrán cocinarme. Llegaré siempre cuando el pollo esté quemado o la pasta hecha un pegote difícil de digerir. Y cuando sus cuerpos me reclamen, no estaré allí. Y cuando sí esté, el momento habrá pasado. Ya nadie volverá a amarme. Esas noches de sábanas y fragores ya no serán mías. Ni una sola de ellas volverá a repetirse. Y si hay alguno que resiste estoicamente en nombre del amor, no se arriesgará a pedirme que me case con él. Y si lo hace, podrá convencer a todos los presentes de la espera, pero nunca al juez de paz. Aunque implore y ruegue explicando el trastorno de la novia, el juez se irá. Y el novio, el mío, tras él. Y yo, que nunca soñé con dar el sí, llegaré con mis flores marchitas y lo lamentaré como si hubiera perdido mi sueño más dorado.

Mi hija me odiará, cansada de ver cómo el resto de los niños se van felices de las manos de sus madres al sonar la campana. Ella, en la soledad más desamparada, esperará sentada en los escalones jugando una y mil veces a contar las tablas de su delantal, de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Y harta de quien le dio la vida, engendrará odios imposibles de superar, que ningún analista le podrá quitar. Y esos mismos odios la llevarán por el peor de los caminos. Malas compañías, drogas duras, calles oscuras. Y ella dirá: la culpa es de mi madre.

Nada podrá salvarme. Aunque retrase relojes –cada reloj que encuentre en mi camino, o que no encuentre, pero que busque en una carrera desenfrenada– mi destino estará sellado. No hay nadie en este mundo que pueda manejar el tiempo.

Y ni siquiera la muerte será consuelo. A la cita paradigma de lo inevitable tampoco llegaré a tiempo. El auto con el cual debía estrellarme, ya habrá pasado. Y ella partirá sin mí, dejándome en la angustia más árida que nadie jamás haya vivido, vagando como espectro hasta la eternidad.

 

One Response to Una hora y veinte

  1. Blue says:

    La puntualidad es el arte de esperar a los impuntuales…

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