Ritmo

Posted by Paula Pampín on March 31st, 2007 filed in Naturalia

Un, dos, tres… cinco, seis, siete… Son ocho tiempos, hay que recordarlo. O seis tiempos y dos ausencias o silencios. No es que de repente hayan olvidado cómo contar. Un, dos, tres… cinco, seis, siete… Sólo eso hace falta. Después fluye. Fluye siempre y cuando la mujer se deje. El hombre domina. El hombre guía. El hombre llama. La mujer se deja. La mujer sigue. La mujer responde. Un, dos, tres… cinco, seis, siete… El hombre marca el paso. Su pie izquierdo es el que sale y es el derecho de la mujer el que responde. La mujer será su espejo, lo reflejará. Como la luna, sólo reflejará la luz del sol. Un, dos, tres… cinco, seis, siete… Pero el hombre deberá ser lo suficientemente generoso como para hacer lucir a la mujer. No todos estamos preparados para eso. Para saber dominar y dejar lucir. Para ser dominadas y lucirse cuando el otro lo decida. Un, dos, tres… cinco, seis, siete… Coloca su mano izquierda en su espalda. Marca territorio en el mismo centro de su espalda. Cuatro dedos firmes, que no dudan y el pulgar hacia arriba. La mano derecha llama. Una simple presión o pequeño tirón hará que ella se menee. Pero hay que dejarse. Indispensable, dejarse. Ella nunca lo logrará. Deberá dedicarse a otros ritmos. Un, dos, tres… cinco, seis, siete… Ellos, sí. Ahí hay un macho que no permitirá que su hembra se le escape. La lleva contra sí y le quiebra sus caderas provocando un movimiento tan sensual como premeditado. Un, dos, tres… cinco, seis, siete… El cuerpo deberá ser tres cuerpos. Los brazos serán un cuerpo, la cadera otro y las piernas el restante. Tres cuerpos que serán seis cuerpos. Seis cuerpos que serán un cuerpo. Un, dos, tres… cinco, seis, siete… Se sueltan y ella brilla, shine, shine, shine, shine… Toda la luz se concentra allí. Pero cuando brilla toma los pasos del hombre, emulando es el único modo de lograrlo. Es su izquierda la que marca el comienzo. Hasta que el eclipse se produce y el astro opaca. Un, dos, tres… cinco, seis, siete… Su mano izquierda apenas roza su cintura, la derecha la sostiene en un giro interminable. La detiene y todo vuelve a empezar. Un, dos, tres… cinco, seis, siete… El secreto es uno solo: la mujer deberá dejarse. Uf. Sí, hay que aprender. Hay que ceder. Un rato al menos, hay que dejarse.

Leave a Comment