Puertas

Posted by Paula Pampín on January 20th, 2007 filed in Artificialia

Tocaba el portero, le abría y esperaba detrás de la puerta, pegada a la mirilla, atenta al ruido del ascensor. El corazón le desbordaba. En el intento de no perderlo, pensaba si habría alguna forma que pudiera contener corazones desbordados. En caso de que sí la hubiera, no podía imaginar otra que la de esos trazos tan infantiles y tan rojos. Y el suyo, en esos momentos, era el más rojo, rojo sangre que manaba. El ruido de la puerta del ascensor la sacudía y, en lugar de correr la llave, lo observaba recorrer el pasillo. Estaba absolutamente segura de que no había en este mundo otro hombre que caminara como él. Y no podía privarse del placer de verlo recorrer el largo pasillo. Sus piernas se movían sin pedir permiso, erguido, apoyando sus pies con un aplomo tal que temía que despertara a otros ojos que no pudieran evitar tampoco correr presurosos detrás de otras mirillas sólo para verlo pasar.

Era esa clase de mujeres a la que le costaba mucho menos quitarse la ropa que desnudarse. Desnudarse nunca le había resultado fácil. Quitarse la ropa era mucho más simple. Sólo hacía falta desabrochar botones o bajar cierres. Pero quitarse las corazas, abrir puertas, correr velos, significaba un esfuerzo mucho mayor al que la mayoría de las veces no estaba dispuesta. No entendía por qué había tanta gente a la que le perturbaba la imagen de cuerpos desnudos. Ella aguardaba apenas un guiño para liberarse de lo que la oprimía. Y luego, nunca más volvía a vestirse desafiando fríos y ojos inquisidores.

Él ya había pasado esa barrera. O sea que cuando le abría la puerta, nunca antes de que sonara el timbre, se encontraba sólo con su piel. No había forma de evitarse, no había forma de avanzar más allá de unos pasos. Sólo atinaba a cerrar por detrás de él y se mezclaban, allí mismo, en besos y caricias inexorables. Entonces, descendía lentamente hasta el punto exacto en que percibía en las piernas de él ese temblor delator. Y con su boca, le compensaba el equilibrio que parecía siempre estar a punto de perder. Sabía que allí, ella podía. Será por eso, quizás, que en ese juego de dominios, él la hacía subir nuevamente y su espalda iba a dar contra la puerta provocando el ruido rítmico de las llaves, que en lugar de perturbar, les ponía música de fondo. No podía detenerse a pensar, sería la puerta, serían sus pasos, o sus besos quién sabe, pero siempre en ese breve instante estaba plenamente convencida, del modo más ingenuo e inocente, de que le juraría amor eterno. No podría haber otro lugar posible, sólo allí podía residir la esencia más pura y tangible del amor.


One Response to “Puertas”

  1. Ary Says:

    Nunca puedo entender, por qué incisto en desnudarlas en vez de sacarles la ropa.

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