Polaroids
Posted by Paula Pampín on November 26th, 2005 filed in NaturaliaToma 1
Apuesto a que es la primera cita. Hay detalles que son inconfundibles y que sólo pueden hacerse visibles en una primera cita. Él debería recordar que todo lo que haga hoy, ella se lo reclamará luego, cuando la seguridad haga que deje de hacerlo. Así que sería conveniente que se ahorre las atenciones excesivas. Todo sea por evitar discusiones y desilusiones futuras. Si es que acaso el futuro existe para ellos o simplemente, si alguno de ellos imagina un futuro que los incluya a ambos. Ella debería advertir que ya es hora de que deje de hablar. El rostro de él, sus gestos para ser más precisos, lo delatan. Sólo sigue asintiendo con el simple propósito de no contradecirla. Pero todos aquí sabemos –todos menos ella– que él ya está imaginando una y mil formas para liberarla de ese vestido en el menor tiempo posible. Se levanta de la mesa –era hora– y se dirige hacia el baño. Lo que no podemos asegurar es si lo hace porque no puede evitarlo o porque quiere que él la vea irse, y que luego la vea venir. Quizás pertenece a la categoría de mujeres que sólo advierten este truco femenino cuando lo ven en una película porque nunca antes lo habrían imaginado. O quizás, pertenece a la categoría de mujeres que sabe perfectamente lo que hace, que mide cada gesto o movimiento imperceptible intentando con cada uno de ellos provocar algo en quien la observa. De lo que sí estamos seguros es que su categoría es la de las mujeres que no miden las palabras. De otra forma, hubiera dejado de hablar mucho antes de lo que lo hizo. Se nota que él se pone impaciente, el tamborilleo de sus dedos sobre la mesa lo delata. Juega con la servilleta, acomoda los sobrecitos de azúcar y edulcorante de mayor a menor. Delante los de edulcorante, luego los de azúcar. Bebe de su copa, la inclina y la observa detenidamente. O sabe algo de vinos y observa el cuerpo o, como los que no saben nada de vinos, simplemente observa el cambio de color provocado por el paso de la luz. Disimuladamente, gira su cabeza hacia el toillete y pone cara de que no entiende a las mujeres. Pone cara de cómo puede ser que una mujer se demore tanto en el baño. Entonces, revisa sus bolsillos, mira papeles arrugados, se detiene en uno. Y cuando parecía haber encontrado el entretenimiento perfecto en un pequeño trozo de papel, ella regresa. Debemos admitir que, al menos en parte, nos equivocamos. Esta mujer pertenece a la categoría de mujeres que va al baño para retocarse. Sus labios impecablemente rojos lo evidencian.
Toma 2
Debe llegar algún momento en la vida en que las personas se resignan a cenar solas. Pero su cara no muestra resignación sino más bien satisfacción y un goce pleno. Si le diéramos la oportunidad, nos convencería a todos y a cada uno de que ese libro que lee es la mejor de las compañías, que esta noche no necesita nada más. Ni siquiera que se lo perturbe con la mirada.
Toma 3
Es verdad, hay miradas que son capaces de perturbar. Y no sólo eso, son capaces de inquirir, indagar, desnudar, despojar, ver mucho más allá de lo a simple vista perceptible. Todo esto junto, en un solo instante. Hay miradas que penetran al objeto mucho más de lo que el objeto desea ser penetrado. Que alguien por favor tenga el buen tino de avisarle a ese hombre que su mirada perturba.
Toma 4
Si hubiera un campeonato mundial de mozos, este mozo sería el ganador absoluto. Siempre atento, pero nunca más de lo deseado. Pronunciando las palabras exactas. Ni una de más como para sentirse invadido, ni una de menos como para parecer descortés. Recuerda cada pedido con exactitud, a cada cliente habitual. Cortado apenas con la espuma de la leche, dice antes que ni siquiera el otro ose a pedirlo. No hace falta, él lo recuerda. Nunca hay que llamarlo más de una vez, nunca hay nada que reclamarle. Sin duda alguna, haría el esfuerzo de abrir un bar o restaurante sólo por el placer de que él trabajara allí.
Toma 5
Dice que no. Con los labios –se lo puede leer desde aquí–, con la cara y con el cuerpo entero. No, nunca más. El fastidio lo rebalsa. Y el cansancio también, está entregado a esa vida que tiene y no hay forma de controlarlos. Cuando logra que uno se siente y simplemente coma, es el otro que se para. Y cuando éste a fuerza de amenazas extremas finalmente también lo hace, es el tercero el que toma protagonismo y derrama el vaso de gaseosa entero. Nunca más vuelve a traerlos. Al menos a todos juntos. Podemos apostar, absolutamente seguros de no perder, que la próxima cena será sin hijos.
Toma 6
Debe llegar algún momento en la vida en que las personas deciden cenar solas. Debe haber una categoría de personas que cenan solas, sólo para tener la oportunidad de recrear mundos ajenos. Debe haber, seguro.
November 28th, 2005 at 12:22 pm
Sí los hay. A mi me fascina hacer eso, lo hago constantemente, en la calle, en el bondi, y muy especialmente cuando como sola.