Anestesiados asistimos al desfile de la muerte cada día. Catorce muertos en Irak, muchos más en Medio Oriente, una pareja arrollada por un tren, un hombre que cae resistiendo un asalto. La pantalla nos salva, nos protege. También los diarios. Sólo son imágenes las que vemos intercambiándose como flashes. No es la muerte la que nos roza, sino meras representaciones de ella en dos dimensiones. La muerte es sólo retrato de muerte y no alguien que muere. Inmunizados del dolor ajeno, tan ajeno, nuestros ojos se pasean sobre ese paisaje macabro sin detenerse. Deslizando apenas alguna expresión de congoja, damos vuelta la página.

Por momentos, temo. Temo que ya nada pueda conmovernos. Temo que no haya dolor que nos salve. Pero cuando las esperanzas están al borde del naufragio, justo allí, el milagro de la vida asoma. Y nos demuestra que sí, que nuestra capacidad está intacta. Que todavía hay lágrimas que podremos llorar.

 

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