A veces la imagen juega a desdibujarse. Y la dejo. Por unos instantes al menos. Y no es que la abandone, sino que le doy permiso. Que juegue. Si tan sólo basta un soplido para que vuelva a imponerse sublime e irreverente.

Y ese soplido es brisa suave que todo lo invade. El silencio gana la batalla. Sólo resta esperar que esa brisa sea ráfaga. La piel nunca pierde la memoria.

Dejar, entonces, que el ciclo se repita. Sin resistirse. Rendirse dócilmente. Imposible pensar que las mareas puedan dejar de avanzar y replegarse.

Aceptar lo inexorable. Dejarse sucumbir. Ceder y deslizarse. Amar lo irremediable. No es posible que la arena desista de escurrirse entre las grietas.

 

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