El beso
Posted by Paula Pampín on February 25th, 2006 filed in ArtificialiaRepentinamente se preguntó si habría finales felices sin beso. De alguna forma, se había acostumbrado a convivir con el hecho de que las ideas la asaltaran sin previo aviso. Siempre había soñado esos finales tan cursis, tan de películas doradas, en los que jamás faltaba el beso como cierre sublime. Su escena era una escena perfecta donde todo quedaba suspendido, incluso los atisbos de miradas.
Plantearse la posibilidad de que esos desenlaces –donde el beso no habitaba– existieran, le resultaba tan difícil como aceptar que el agua tenía tres moléculas de hidrógeno y dos de oxígeno. Sin embargo, esta sentencia se convertía en algo fácilmente refutable, y no así la certeza con la que había convivido hasta ahora.
El problema residía en que ya no podía imaginarse ese beso. Mucho menos un final feliz. Ni siquiera un final. Y la idea de continuidad perpetua la desconcertaba. Se imaginaba embarcada en una cinta de Moebius. Más aún, obligada a transitarla.
Desandando su razonamiento –final, final feliz, beso–, la cuestión a resolver la llevaba inexorablemente al mismo génesis: ese beso. Debería, entonces, encontrar el modo de desterrarlo de esa imagen proyectada.
A manera de un story bord, intercambiaba imágenes como figuritas en un álbum. Sacaba la última y colocaba allí alguna otra en la que no hubiera señal alguna de beso. Ni siquiera un intento o una aproximación confusa que pudiera llevar a él. Le preocupaba que tuviera sentido. Les costaba encontrarle un sentido cuando el beso era sólo ausencia, vacío.
Probó con sólo un abrazo, cálido pero sólo abrazo. También con miradas. Algunas más lánguidas, otras más invasivas. Incluso con saludos a modo de despedidas. ¿Pero podrían ser finales y, además, felices si había allí un adiós? Un escalofrío le recorrió el cuerpo de la cabeza hasta los pies. Sintió que el alma literalmente se le quebraba. Esto si existiese la posibilidad de que el alma se quiebre de modo literal. Que una despedida pudiera significar un final feliz la aterraba. Lo que ella buscaba desde siempre, no era eso.
Su final feliz –con beso incluido– era en realidad un comienzo. Era el inicio del resto de su vida, sostenido del modo en que sólo una ilusión vana es capaz de sostener. Y vivieron felices por siempre. No hallaba el modo de encontrar otro. Aún cuando sabía que ése ya no era posible.
Le llevó horas, días, años. La vida misma se le fue en esa empresa fútil –como todas las empresas que nos llevan la vida–, hasta descubrir que el final era el que enfrentaba, ninguno.