From Israel, with love
Posted by Luis Menéndez on July 30th, 2006 filed in NaturaliaPor Luis Menéndez
Como si el horror de la destrucción y la muerte fuera insuficiente, el desquicio de la razón se plasma en una imagen increíble: la de algunos sonrientes niños israelíes escribiendo mensajes de amor sobre bombas que poco después han de ser lanzadas a remotas poblaciones árabes en el Líbano. Devenidas oscuras palomas de muerte las ojivas volarán desde las manos de un niño (israelí) a las de otro niño (árabe) que no ha de poder leerlas cuando el aguijón de acero le estalle ante los ojos: “from Israel, with love”.
Perplejidad y estupor -cuando no amargo y lacerante dolor- es la primera emoción que se siente al observar estas fotografías que han circulado por internet. Difícil de prefigurar el sombrío árbol que habrá de nacer de tal simiente, arrojada una y otra vez sobre la tierra y que entrelaza amor y muerte con sangre anónima y lejana, derramada y bañada por el sol.
Y sin embargo, lo que aparece en imagen como monstruosidad inconcebible para cualquier atisbo de razón humana conlleva una lógica implacable. No es un exabrupto aislado ni una excrecencia del combate. Lejos de eso, y de cualquier leve interpretación de sentido común, el candoroso desprecio hacia la vida y el profundo sarcasmo que delatan las palabras en las fotografías es parte de una extensa cadena de significaciones y políticas que se impulsaron, narraron y movilizaron a través del sionismo para construir y fortificar el estado-nación israelí.
Las palabras de amor montadas en una bomba expresan una continuidad en la consideración de parte del sionismo hacia el otro no-judío habitante de esas regiones de medio oriente. La negación sistemática del pueblo palestino –ya delineada en la expresión inicial del sionismo “un pueblo sin tierra para una tierra sin pueblo” que presuponía el desplazamiento de todos los no-judíos residentes en Palestina- estuvo desde sus comienzos acompañada por el accionar terrorista hacia la población árabe por medio de las organizaciones paramilitares sionistas –como la Haganah y el Irgún- antes de 1948 y por parte del Tsáhal, el conjunto de las fuerzas armadas israelíes, después de la conformación del estado de Israel, en ese año.
El estado sionista israelí se erige sobre la confiscación de territorios y el desalojo de los habitantes árabes originarios de la región. El objetivo no es sólo económico. El saqueo de tierras forma parte constituyente de la conformación de los estados-nación, muchos países se constituyeron en base a la confiscación de tierras –los Estados Unidos son un buen ejemplo de ello-. Pero bajo la concepción sionista, una vez que se ha confiscado el territorio éste pertenece a la “tierra de Israel”: su utilización queda restringida a los judíos, siendo el resto de los habitantes negados y expulsados, borrados definitivamente de la memoria histórica de la nación. Cuanto mucho se los refiere en términos denigrantes, tal como hacía Vladimir Jabotinski –mentor de Menachen Beguin- quien, echando mano al pequeño Lombroso de bolsillo, denominaba a los palestinos: “un populacho vociferante vestido con ostentosos harapos salvajes”.
En un libro aparecido hace poco tiempo en Buenos Aires –“Edward Said, continuando la conversación”- que contiene una recopilación de textos de diferentes autores que alargan un diálogo con Said y a la vez constituyen un homenaje y recuerdo al desaparecido pensador y crítico literario palestino, Jacqueline Rose plantea un argumento lateral en la cuestión del sionismo que puede aportar a la comprensión del aparentemente inefable mensaje expuesto en las fotografías de los niños y las bombas.
Rose cita a Said: “mientras no reconozcamos la verdadera cuestión –que es el carácter racista del movimiento sionista y el Estado de Israel y las raíces de ese racismo en la ley religiosa judía- no estaremos en condiciones de entender nuestras realidades y mientras no las entendamos no estaremos en condiciones de modificarlas”. Es necesario decir que el mismo Said consideraba al concepto de racismo –aplicado al sionismo- como un término demasiado vago. El sionismo es racista, pero también es algo más complejo: es una fuerza histórica que merece y debe ser interpretada.
Para Said –escribe Rose- el sionismo ha sido un éxito. Chocante y lamentable, dada la catástrofe que significó para los palestinos, pero históricamente, desde su punto de mira, Israel ha logrado sus objetivos. Ya en una entrevista de 1992 Said reconocía que “el sionismo fue algo fantástico para los judíos. Dicen que fue su movimiento de liberación. Dicen que fue lo que les dio soberanía. Finalmente obtuvieron una patria”.
Pero al mismo tiempo, como el propio Said ha expuesto, este éxito está asentado en un desdoblamiento, una dualidad confrontada que le es inherente. El sionismo arrastra los dos rostros de Jano: el absoluto interés por lo judío tiene como reverso el desinterés casi total por lo no judío, particularmente por la población nativa árabe. Este desdoblamiento, afirma Rose, es contraproducente para el propio sionismo que ha alimentado fervorosamente la discriminación entre judíos y no judíos, algo muy funcional para la confiscación de territorios, pero que también ha hecho desaparecer cualquier terreno posible para un entendimiento.
“From Israel, with love”. El mensaje parece una ironía. Una burla brutal. Pero tal vez no sea así o, al menos, esas palabras no encierren tan sólo un sarcasmo de combate, un desprecio por el otro diferente.
Avanzando en un imaginario diálogo con Said, Jacqueline Rose se pregunta: “¿y si la clave para comprender la catástrofe de los palestinos, de 1948 en adelante, residiera en el amor que el pueblo judío –por motivos históricamente explicables- se prodiga a sí mismo?”. Esto convertiría al pueblo de Israel en amoroso… y letal. Y podría otorgar un sentido distinto a las fotografías y las expresiones infantiles sobre los obuses.
En tal caso, ya no se trataría sólo de que Israel haya sido una nación ciega ante los árabes, sino también que su amor por sí misma le ha dado una perspectiva equivocada; “todo lo que continuó desafiando a Israel fue visto no como algo que estaba ‘allí’, sino como algo ‘fuera’ de Israel y del sionismo, trabajando para su destrucción”, diría Said.
Un amor sin salida y autofágico al fin y al cabo. Un amor de sionismo narcisista, que arrastraría el germen de su propia aniquilación y la de la nación israelí, asfixiada en indiferentes lagos de sangre apátrida.
Pero si el sionismo es -por fundamento- incapaz de algún tipo de entendimiento con el otro palestino y árabe, y si el ciego amor por lo propio puede prefigurar un sendero sin retorno aún para los mismos judíos, ¿es posible todavía vislumbrar una salida para la región que no involucre la negación y la muerte?
Esta pregunta lleva a otra, más precisa: ¿es acaso viable algún camino no sionista para la nación israelí, que abra espacios de convivencia con el otro diferente? En el fondo es lo que deseaba y expresaba el propio Said al plantear la necesidad de un estado binacional entre palestinos y judíos. Said, que afirmaba no haber podido comprender nunca “la noción de ‘éste es mi lugar y tú estás fuera’”, pretendía en la región un tejido social y cultural “tan rico que nadie pueda abarcarlo completamente y nadie pueda poseerlo completamente”.
“From Israel, with love”. Existen -en la propia nación israelí- esbozos de agrupamientos y acciones no sionistas e incluso antisionistas. Agrupaciones que impulsan la paz y el reconocimiento de los palestinos y los árabes a partir de la convivencia y la integración. Ya en 1978 un grupo de más de trescientos oficiales de reserva y soldados israelíes publicaron una carta al primer ministro Menachem Begin instándolo a trabajar por la paz. A mediados de la década de los ochenta surgió un grupo de académicos israelíes, los “nuevos historiadores”, que se dedicaron a investigar el período previo a la formación del Estado de Israel y las expropiaciones de tierras de 1948. Desde hace unos años es posible escuchar los acordes integrados de la maravillosa experiencia implementada por Daniel Barenboim, que dirige una orquesta compuesta por jóvenes árabes e israelíes.
Hace apenas unos días, el 22 de julio, más de dos mil personas –israelíes en su mayoría pero también algunos árabes residentes en Israel- marcharon en Tel Aviv en contra de los ataques al Líbano. Es una cifra pequeña, pero no desdeñable. No les fue fácil: desde las ventanas y los balcones enfurecidos vecinos les arrojaron huevos a la vez que les gritaban “traidores” o “váyanse a Gaza”.
Estos esbozos parecen insuficientes ante la marea sionista y la extremada libertad de la muerte. No por repetido hay que olvidar que el Estado de Israel posee centenares de ojivas nucleares para que sus sonrientes niños escriban en un incierto futuro tiernos mensajes de amor fatal.
Y sin embargo quizás esos fragmentados esbozos no sionistas constituyan algunas de las últimas trincheras de esperanza para la nación israelí y para la región toda. Esperanza que acune la posibilidad del amor no autosuficiente ni suicida, sino un amor volcado hacia el otro diferente, amor que integre y no que separe. Un amor como aquel que Edward Said, que no hablaba hebreo, le gustaba citar en el poeta palestino Mahmoud Darwish, quien escribe de hacer el amor en lengua hebrea, aprendida en su infancia.
July 30th, 2006 at 12:16 pm
Luis, es lo mejor que leí últimamente sobre el tema. Porque habituada a “los israelíes son malos pero los árabes no son buenos …” -en sus variantes de toda clase-, no lograba pensar en que eso definitivamente implicaba: vengan y vean como se hacen mierda.
El análisis me interesa, el amor narcisista es autofágico, sin duda.Ojalá se den cuenta pronto antes que siga corriendo mucha más sangre.
July 30th, 2006 at 12:51 pm
Las fotografías pueden verse en Santos y Demonios:
http://www.balduccio.net/blog/?p=1028
(mis disculpas Baker, ya que olvidé poner el link en el texto).
July 30th, 2006 at 3:35 pm
Interesante y constructivo el planteo, Luis.
La única manera de que las cosas empiecen a cambiar es implicarnos y atrevernos a pensar las cosas de manera diferente, más allá de la lógica de los bandos, de lo Uno y de lo Otro. Hay que parar de firmar ojivas y ponerse a afirmar nuevas ideas, o ideas no tan nuevas que a través de la lógica y los intereses de la guerra se quieren hacer aparecer como ingenuas o trasnochadas (los gritos desde las ventanas: “váyanse a Gaza”, son bien ilustrativos).
Un abrazo.
August 1st, 2006 at 12:03 am
Claro. Sin dejar de decir lo que hay que decir: aquello que se dice en voz baja, para no ser tildado de antisemita. Ni santos ni demonios, horriblemente humanos.