Tenía plata y una agenda con media docena de números de teléfono para tentar suerte, todas mujeres, a cual más hospitalaria, pero no, mejor -por una vez- llevaría en mí la hidalguía de una derrota no por primeriza fácilmente olvidable. Ya en el aeropuerto -después de soportar con alguna molestia los comentarios de ocasión a cargo del taxista-, como quien tienta a la suerte, me senté al lado de un teléfono. No llamaría. Tal vez fuese mejor estar cerca de alguien que descolgase el tubo y se pusiera a hablar con alguien familiar. De ese modo me sentiría un poco menos extraño, pensaba, pero al cabo de un buen rato nadie había llamado.

Me paré como un resorte y busqué la ventanilla de Aerolíneas para confirmar mi boleto para el vuelo de las seis. Sólo sentado en el muelle y con el cuello enlazado a una piedra me hubiera sentido más a salvo. Para el después elegí un banco cómodo sin reparar en la rubia que tenía a mi lado. Hubiera jurado que era pariente de una pareja de ancianos, al menos los trataba con una jovialidad que no se conoce en lugares así. Además estaba muy arreglada y siempre tuve la impresión de que hay que ser muy estúpido para vestirse bien para viajar en avión. Pero apenas llegué yo, el viejito cerró el diario en el que tenía puesta la vista -me pareció que era el Corriere, pero miento, en realidad la miopía no me dejó ver-, tomó del brazo a quien parecía ser su esposa y dejaron a la mujercita hablando sola.

Para no pasar por loca, o quizá porque lo estaba, siguió hablando como si yo le prestase atención, y de hecho empecé a hacerlo apenas sospeché que esa mujer no estaba bien. No podía disimular el desencanto que produce la inminencia del avión a los que preferiríamos habernos quedado a un costado del progreso, dentro de lo posible en algún pueblo de lo más apartado donde la gente dijese buen día a cualquiera por la calle y eso no diese pie a ningún asombro.

No tardó en comentarme que si estaba ahí era sólo por no llevarle la contra su marido, que ella no era mujer que subiese a aviones así como así, pero te imaginás, la única manera de llegar urgente a Zapala es ésta, te juro que yo muero por tomarme el colectivo de mañana, pero mi marido me mata si no llego a estar hoy.

Un caballero no hace preguntas, y yo fingía serlo en esta ocasión, de modo que no tardé en comprobar que el saquito negro terminaba en unas suaves manos blancas, con delicados dedos de uñas pintadas de rojo y alarde de matrimonio potentado. En tren de erigir complicidades le ofrecí un cigarrillo que aceptó temblando y un guardia de excesiva amabilidad nos confinó a la penitenciaría de los fumadores, un pequeño rincón que daba a la avenida. Allí, una chica de muy corta estatura -camisa negra y corbata demasiado amarilla- insistía en que nos tomásemos un taxi. Por un momento estuve tentado de invitarla a dar un paseo. Seguramente la ciudad nos ofrecería, no muy lejos, algún sitio en el que nadie perturbase nuestra charla, pero poco es lo que teníamos para decirnos y el solo pensar en un parque, en una plaza arbolada, hacía más notorio el peso de nuestro equipaje.

Nunca había viajado en avión -siguió contándome como si en vez de hablar caminara por una pendiente, más rápido, con más gestos cada vez. Verla de pie, como una lámina desplegada, me obligó a decirle mi nombre. Yo no podía decirle a Liliana, no era lo correcto, que me causaba la misma impresión que contemplar un saxofón. El brillo exacto, la curva y el detalle para dar todas las notas y yo sin saber por qué lado tomarlo para arrancarle un sonido.

Nos juntamos como las partículas del humo azul que aplacaba -eso creía yo- nuestras ansias de no estar allí. Yo hablé largamente de la vulgaridad del amor y la santidad de los amantes y ella probablemente no oyó nada más que el arrullo que otras puertas le vedaban y la explicación del mecanismo del cinturón de seguridad. Estaba angustiada, creía que todo el mundo la vería forcejear en vano contra eso que no debería ser motivo de preocupación sino más bien lo contrario. Creía que nadie le prestaría ayuda y que todos se reirían. Por eso, por lo sencillo que resultaba juntar los broches un poco por encima del ombligo, sentí que la paz que le ofrecía en préstamo era tan futil que no encontraba el modo de agradecerme.

Ojalá… -empezó a decirme-, ojalá. No sé si pasó mucho tiempo entre el comienzo de la frase y ese abismo, sólo que cuando volví a estar dentro de mi piel los altavoces llamaban a alguien, a alguien con mi nombre, puerta seis, último aviso. Ya es hora, le dije. Nos abrazamos con premura y en el abrazo dejé de sentir la tibieza del saquito negro y entreví el ruido de las sirenas, el pegamento en los huesos, los puntos de sutura en todo el mapa.

 

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