Un mundo sin komodos
Posted by Jorge Mayer on March 19th, 2007 filed in NaturaliaUn mundo sin dragones, sin fábulas, sería redondamente una porquería.
Que existan las fábulas, los fabulistas y los fabuladores no implica necesariamente que sanar este estado de las cosas, pero no puede negarse su condición balsámica.
La sabiduría de una buena amiga -me refiero a la dudosa virtud que me posee: la de ser el inventor de cosas cosas que ya existen- me ha llevado por las provincias que pueden leerse a renglón seguido.
Desde que existe alguna memoria, el dragón representó el poder del universo. A estos fines, su creador reunió en él cada uno de los elementos de la naturaleza: vive en las profundidades de la tierra, de los mares o de los lagos; es capaz de volar y, con el tiempo, adquirió la capacidad de arrojar fuego por sus fauces.
Conocer a un dragón hoy está al alcance de cualquiera que sea capaz de juntarse unos pesos, los suficientes como para viajar a Indonesia. Apenas uno arriba al aeropuerto, debe preguntar por el Parque Nacional de Komodo. Allí se encuentran los dragones komodo. El imperativo de controlar su temperatura corporal suele amontonarlos en las proximidades de los árboles más frondosos. Se alimentan de cualquier cosa, incluso de dragones más pequeños. Por esta razón y por la su increíble capacidad de generar una saliva apta para paralizar a sus presas, se recomienda verlos desde una distancia más que prudencial.
Los Komodos tienen un sistema de comunicación muy especial: se cantan las cuarenta de rigor a través de sus deshechos orgánicos. Así pueden determinar la edad, tamaño y sexo de otros dragones. Incluso pueden saber si existe algún peligro, o si otro Komodo está enfermo.
En una patria sin nombre se ha gestado un movimiento literario de ultravanguardia que pretende una literatura komódica por la capacidad incendiaria de sus obras. El bando antagónico sostiene que el calificativo obedece a que sus rivales utilizan sus propias deposiciones para decir algo que ya se sabe: estamos en peligro.
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