No he sabido nunca cuándo fue que se agregó pero basta verlo pasearse de un extremo al otro del local y comparar la gallardía de sus modos con la de cualquiera de los empleados, pongamos por caso la del más antiguo, para comprobar que él es de la casa, que vive acá desde tiempo antes de la inauguración del local, quizá desde la época en que esto era un predio lleno de malezas y a nadie la pasaba por la cabeza que un día llegaría el progreso con forma de centro comercial.

Es simpático con todo el mundo y eso se valora pero más que eso a mí me gusta valorar que no tenga la costumbre de mordisquear la botamanga de un pantalón o entretenerse con los cordones de los zapatos. Pero es feucho. Feo por sufrido. Tiene el pelaje de los que se han criado en la calle, abandonados a su suerte desde cachorros, sabe dios al cuidado de qué bondad que no se gasta en educarlos más que en el andar cielo y tierra detrás de un bocado. Me atrevería a jurar que en mi vida he visto uno tan feo, y lo digo yo que he fatigado más mapas que ninguno, casi tanto como para estar convencido de que la belleza no es la combinación más o menos afortunada de colores, texturas y proporciones sino una cosa ajena a los instrumentos de cálculo: la gracia. Y contra la gracia sólo el miedo.

Cuando éramos chicos veíamos pasar a don Lugo lleno de harapos y con mis hermanos corríamos despavoridos a meternos en cualquier rincón que nos deparase la seguridad de no estar a su alcance. Papá, mamá, la necesidad de tener a raya nuestras travesuras, se habían encargado de ponerle carne al miedo. No le conocíamos la voz. Creo que jamás nos había mirado. Pero en sus ropas no quedaba ya un solo lugar que no tuviera vestigios de remiendos o de mugre, de mugre perpetua, de aceite negro, y eso demacraba más aún su rostro, pródigo en arrugas. Nadie entre los mayores le decía don Lugo. Eso le hubiese equiparado a un abuelo cualquiera y él no era así. Lo llamaban el Mula, de seguro porque era cosa de todos los días verlo remolcar un carrito cargado de cartones, botellas y otras porquerías que juntaba en la basura de los ricos.

Tal vez me lo contaron. O lo soñé. O en una de esas no es más que una ilusión de mi mente, siempre tan predispuesta a rellenar los vacíos con historias, pero un día caluroso me desperté de la siesta envuelto en sudor y pensando en él, en cómo habría sido su vida antes de esto que le conocíamos, antes del carrito y los harapos. Parece que había sido hombre de fortuna, que iba a misa todos los santos domingos del brazo de su mujer, una rubia ligeramente más alta que él. Tomaba un vaso de Cinzano la primera noche en que ella lo amenazó con dejarlo. Estaba cansada de que no le diera hijos. Y los oí: Sin hijos no es vida Quién te dijo La casa lo grita todo el tiempo, ¿es que tampoco sos capaz de verlo? Para qué tanta vajilla reluciente si falta la sangre en las rodillas, el cuaderno de comunicaciones, el día de la madre, los cumpleaños con torta, velitas y payaso.

Lo presentía. Un día se levantaría de la siesta de la tarde y ella ya no estaría ni sus cosas ni la estela negruzca que se estiraba desde la ventana hasta el fondo del pasillo. Prefirió quebrarle la muñeca al destino y fue él quien una noche no volvió y se hizo más amigo de la vida. Ya había conocido la ruina y el desprecio. Qué importaba mendigar. Cuando uno ya es nadie no hay piel para más cicatrices porque toda la puta vida es cicatriz y los días y algunas voces no son más que sal. Pasaron los eternos años de la infancia y nunca más lo vimos, pero en secreto sé que los años no han pasado, no es eso sino algo mucho peor: se fue la niñez, se evaporó como el agua de un charco, llevándose consigo por todo equipaje esos miedos. Ya no le temía. Por eso jamás volvería a verlo.

Alguien entró a averiguar por una encomienda que no había llegado, y él por detrás con su sonrisa casi al ras del piso, mirando una a una las caras, acercándose a saludar a los conocidos. Mirá si hasta parece que sonriera le digo a la Gaby mientras cierro la mesa cuatro, un agua sin gas, dos cortados y nada de propina, ¿será posible que puedan ser tan agarrados? Él seguía su desfile entre las mesas, esperando que desde el fondo le chiflaran. Eso quería decir que hoy habría comida, a lo mejor una hamburguesa mal cocida o una chamuscada presa de pollo sobre el piso y detrás la Gaby.

Belén había cumplido su horario y buscó la puerta para retirarse y él la siguió y se le adelantó en la marcha. Tratando de mostrarse caballero se paró en dos pies y con una manita quiso en vano alcanzar el picaporte y todos reímos. Viste, es todo un señor, me dijo la Gaby, y pensar que cuando recién se agregó meaba y cagaba en cualquier parte y yo tenía que andar detrás de él con el trapo y el balde, no sea cosa que justo llegue alguien a comprar un boleto o algún turista entre a pedir agua para el termo o, dios no lo permita, un inspector municipal y nos hagan una multa.

Sonrío, sí, por la sencillez con la que ella me cuenta la carnadura de sus miedos. Una multa por un descuido así sería igual a quedarse sin trabajo. Pero también por mí, por una sospecha que no me atrevo a compartir con nadie, porque llegado el caso me va la vida en ella. Ojalá las almas fueran abnegados trashumantes a través de los tiempos y acampasen cada vez en un cuerpo diferente. Me llenaría de gozo tener un detalle que dé pie a mi sospecha. No me interesa lo pequeño que pueda resultar. Algo que me indique que es él que está de nuevo entre nosotros, que ya purgó su pena como vagabundo y sus dotes de gentilhombre son la manera que ha elegido para darnos la buena nueva.

 

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