The month of the cat
Posted by Jorge Mayer on November 27th, 2006 filed in ArtificialiaDía 1
Sabes, tantas mañanas blancas como ésta me he visto evaporar, que ya no sé si se trate de sudor o de algo mucho peor. La sangre, me dicen, no puede evaporarse. Eso me da un poco de tranquilidad, no mucha, pero digamos que peor irían las cosas si empezara de pronto a perder el pelo, las uñas, las ansias de vivir una aventura. Por eso fue que todo ocurrió, de puro inconciente. Yo me lo busqué. Dije sí y tal vez he querido decir lo más pronto posible, cueste lo que costare, diente por diente.
Día 2
Me atendió sobresaltado. Se nota que no está preparado para recibir visitas a estas horas de la madrugada. No supo quién era. Blandí mis explicaciones sin mayor entusiasmo. Perdido por perdido, acepté las condiciones que proponía, aunque algo en su mirada, acaso también en sus palabras, me dijo que no daría la talla. No sé, pensaría tal vez que yo saldría corriendo en medio de la noche, como si tuviera muchos sitios donde ir. No serían tan sencillas las cosas. Nunca lo han sido.
Día 3
No pude dormir hasta bien entrada la madrugada. Cansado y cansado de estarlo, empecé a escribir un diario. Se me ocurría que a falta de vivencias extraordinarias podía llenar el blanco de los cuadernos con historias que el insomnio me fuera dictando. De vez en cuando, me consolaba, algo de mí quedaría estampado allí, aunque sea lateralmente. Lo asumiría sin reparos. No hice lugar a la vergüenza en la valija que me compré.
Día 4
Entrevistarme con Ian Curtis, por ejemplo, llevarle algún recuerdo y traerme algo de él. Me contaba que estaba felícisimo con Blue Monday, que cada vez que se levantaba, en vez de tomar café con medialunas, como todo el mundo, solía poner el volumen a tope y me lo imaginé vestido con la camisa roja de aquel show casi sin luces. Luca, un fan más en medio del pogo. Decades, el organito pinchado pidiéndole prórrogas a su defunción. El, los mismos ojos tristes que Barret, y en el resto la risa con que cabe presentarse ante un abismo humeante.
Día 5
Las tardes las paso en una plaza. Me hice de un amigo. Supe que sería un buen amigo apenas colegí que nunca me haría preguntas. Le bastaba verme sentado en el banco de siempre, al pie de un monumento, una madre amamantando, para arrimarse. No se daba a conocer. Era prudente y eso me gustaba. Yo lo recompensaba dejándole algo de mi comida.
Día 6
Lo he visto a todas horas en la plaza. Al parecer vive allí. Me atrevería a decir que nunca duerme. Más de una vez traté de representármelo dormido, echado sobre el pasto, acurrucado, aliado en la pobreza de algún otro como él, no de su alcurnia, es claro, si todavía conserva algunos de los modos que hacen nobles a los nobles, pero tan corto soy para imaginar que siempre se arrimó, amigo, a mi banco de plaza pintando de celeste, a que yo le convidase mi voluntad.
Día 7
A la salida de un comercio, trámite obligado en el exilio, una mujer mayor se me abalanza, quiere algo de mí, algo que yo no estoy dispuesto a darle ni por la plata de Canaro, aunque tampoco estoy tan seguro de que quiera oír su reclamo. Golpes bajos: un hogar de niños, el señor lo va a compensar, jovencito, dónde va tan apurado.
Día 8
Al cabo del almuerzo y del silencio compartido con mi amigo, aprovecho a leer todos los libros que no he podido leer durante estos años. Dos tardes, tres libros: El juguete rabioso, Los siete locos, Los lanzallamas. Varias advertencias a las que no llevé el apunte. Que es ingenioso, por ejemplo. Pongamos que sí. Que no es apto para corazones desgarrados como el mío. Una mentira de las que ya no vienen. Sólo los poetas tienen capacidad de fuego. Jovencito, dónde va tan apurado.
Día 9
Al súper, señora, que está cerrando. Es de locos. Hace un tiempo no tenía que correr para llegar al súper y ahora la calle se lleva a las patadas con mis zapatos que, del mismo modo, andan un poco belicosos para con mis pies. Algo de retirar embajadores, creo, o que se forme el callo. Así la vida, ¿no? Cuando se forma el callo ya es demasiado tarde. El zapato está herido de sangre que nos pertenece.
Día 10
Se llama Rosa. Tiene unos ojos grises que conviene no mirar. Por lo demás, es alta, lleva el cabello teñido de rubio, la voz un poco ronca, pechos breves, el culo seco de la carne gringa apenas cubierto por el delantalito verde que usan las empleadas de la mutual. No suele ser demasiado amable conmigo. Sospecho se me nota demasiado el asombro por su belleza y entonces me distancio con tal de no ser como el resto, como sus compañeros, que se demoran en la recepción con tal de arrancarle una sonrisa, una palabrita, un puede ser. Hoy, después de varias semanas de aplicarme a la observación con rigor entomológico, puedo afirmar que el secreto de su belleza estriba en una razón geométrica. Nunca he visto tan perfecta disposición en torno al ecuador que une las clavículas por su extremo más alejado y el greenwich vertebral. Quedan para mañana las razones teológicas.
Día 11
Extraño Buenos Aires. De un modo inaudito. Como si fuera mi madre, mi amor, el único modo en que me fue dado vivir.
Día 12
En la esquina principal toca la banda de música del regimiento. Es sábado y no he leido el diario, de modo que mi sorpresa es mayúscula. Casi no hay gente. Diez, quince personas, de las cuales la mitad han de ser parientes. La otra, transeúntes desprevenidos que no tienen modo de cruzar el bulevard. Me detengo. Es todo tan ridículo. No hay autoridades oficiales, parece el sedimento de un acto hace varias horas terminado. Alguien pide la marcha de San Lorenzo. La banda complace el pedido. Alguien bate palmas, otro acompaña.
Día 13
Hoy me desperté pensando cuál será la tarifa de las putas. Me esfuerzo en pensar que no necesito de los servicios de una. Me convenzo de que mi interés es antropológico. O, mejor, socio-económico. El petróleo distorsiona los precios relativos. Con mi sueldo sería imposible alquilar un cuarto de tres por cuatro. Pero, estimo, yo debo hacer una moneda más que los soldaditos del regimiento. Si fuera cierta la ecuación de que hay putas porque hay un regimiento, entonces la tarifa estaría a mi alcance. Si, por el contrario, también a este ramo llegó el impacto de los petrodólares, entonces ni soñarlo. Claro que, si fueran baratas, quién tendría el suficiente valor para comer el mismo churrasco que esos imberbes.
Día 14
Lo inesperado: un libro de Sontag en uno de los bolsos, específicamente en uno de los bolsos que viene relegado en cuanto a mis gustos en época reciente. El libro, entonces, como usurpador. Yo, etcétera, cuentos, media docena de cuentos. Me costó mucho leerlo. Los cuentos son largos, cuarenta y tantas páginas promedio, y cortas las frases que usa Sontag, tanto como para desactivar mis viejas intenciones de hacer una lectura superficial. No hay salida. La clave está en superar las primeras diez páginas. Después de dos intentonas, comprendí que el lector tiene que acomodarse, durante ese tramo, a un tiempo que es propio de cada cuento. No es una lectura confortable, desde luego. Más: diría que es una paliza y la clave para resistirla estriba en aletargar la marcha de los relojes al punto que cada impacto dé al siguiente el espacio justo para una respiración. Entonces sí, desmontado el mecanismo, Sontag nos mata a golpes de alfiler. Uno de los cuentos, mi favorito, Recuento de antiguas quejas, luce como una muestra precisa de esta ingeniería. La última estocada es tan suave que, creo, se trata de un crimen perfecto.
Día 15
A veces, a la hora de la siesta, el sol pega maravillosamente y hay una manada de preadolescentes que toma por asalto la plaza. Es tanto el barullo, que me aparto de la lectura, y los miro con detalle. Los varones son apenas niños. Eso queda claro sobre todo en las conversaciones. Hay que prestarles mucha atención para distinguir de qué hablan. He tenido el tiempo para hacerlo pero, mejor que eso, he preferido mirar a las pibas. No hay gran cosa, la verdad. Es más: hasta daba un poco de pena ver a esos culitos pendejos corretear después de una travesura que no quisiera detallar.
Día 16
Yo no estaba en mi banco sino en otro, más en el centro de la plaza, cerca de la glorieta, porque el tiempo amenazaba descomponerse y yo tramaba refugiarme en ella, si es que se desplomaba la tormenta. Estaba sólo a dos cuadras de mi casa, pero me llevaría un buen rato hacer las dos cuadras. No podía caminar, qué digo caminar, no podía pisar. Un rato antes, en la calle Patagonia, justo frente a un grafiti que saluda a los Sex pistols con la leyenda No future for me, pisé con el tobillo. Por un segundo creí que me esguinzaba, que me ponía a gritar como un loco y nadie asistía a socorrerme, pero estaba cien metros del hospital, y a cincuenta de la plaza. Casi a la rastra, fui a la plaza. Cuando pretendí ponerme de pie, no pude hacerlo.
Día 17
Me la he cruzado repetidas veces, ya casi estoy seguro de que es ella, pero quién sabe. En las escaleras del hotel, la saludo, como saludo a todo el mundo, sin mayor afectación, sólo procurándome amable, pero otras veces, ella, o una muy parecida, anda por mi calle cargada con niños, a uno le cuelgan los mocos, al otro le grita que tenga cuidado con los autos, y cualquiera de esas circunstancias, no por ajenas menos asqueantes para mí, me impone cierta distancia. Entonces dejo de mirarla, no la saludo o incluso la desconozco. Hoy salí y la vi en la vereda. No había visto su rostro, pero de inmediato supe que era su talla, su pantalón perfectamente lleno de un culo de esos que valen la pena voltearse a mirar. Hablaba con otra mujer. La oí decir, en un tono de confidencia, lo que yo necesito es que me contengan. Me tentó ese llamado a poner las cosas en orden.
Día 18
A veces uno está tan ocupado en su propia vida que las más grandes catástrofes lo rozan y ni se mosquea. A mí me pasó con la guerra de Malvinas. Había tantos quilombos en casa que ni una guerra pudo apaciguarlos, tal vez porque, para nosotros, para mí, la guerra no era otra cosa que las frazadas tapando las ventanas.
Día 19
La oí murmurar, bien digo quejarse, o hablar en un tono tan agudo que el extranjero lo atribuiría a un espectro, a un animal, un desgraciado animal, sexo y edad indefinidos, tal vez mujer, unos treinta años. Creo que es el loco que hay en todos los pueblos. Es tan fácil hacerlos rabiar que, por un momento, tengo el furibundo deseo de golpear a las cuatro pendejitas, una con la cara que dios le dio a Brooke Shields cuando era una virgencita, otra de caderas todo promesa, hay una rubia y otra de la que no podría señalar ningún rasgo, una piba sin rostro que se ha quedado un largo rato mirándome, y yo la he mirado tan fuerte que creo haber arrancado un par de yuyos de su descuidada cabecita. Todas menos ella gritan desaforadas, de una punta a la otra de la plaza, momia, momia, y el desgraciado animal, el loco del pueblo, se lanza a seguirlas, tan vivamente como se lo permite su queja, su chillido de rata, su reclamo, a ellas, a mí, a las tres muchachonas que, sentadas en el pasto, apuran un almuerzo tardío. Las pendejitas corren y momia por detrás, como si en la invocación de esa palabra que tanto le duele, hallase su propio nombre, su derrotero, un destino del que no tiene modo de escapar, entonces me tomo la cabeza a la altura de las sienes, froto mis pulgares, siento mi pulso acelerarse, quiero gritar, pero no soy yo quien debe hacerlo sino la niña sin rostro, al cabo de una distracción que le ha hecho perder la vertical, morder con el pie un resto de vereda y arrojarse al ripio con todo y las piedras hundidas en la mano hasta sangrar.
Día 20
El soplo vital no es ninguna baratija, me ha dicho Ian. Duele en todos los huesos.
Día 21
Me pregunté si las putas no serían también como las de mi pueblo. Pensaba, por ejemplo, en la Lola, a la que sólo los muy allegados la llamaban por su verdadero nombre, su doloroso nombre, Teodora. Quizá haya sido puta de toda la vida, yo no tenía modo de saberlo porque casi toda mi infancia fui un niño, pero supe que empezó a trabajar de puta bastante grande. Caramba. Su segundo marido la había dejado con un tendal de críos y no sé si tuvo otros atajos que éste. Nunca pude, sin embargo, representar en mi cabeza esos polvos tristes pero, fatalmente, sí me la imaginé como un Juan el bautista, como alguien que preparaba el terreno a la verdad.
Día 22
Una vez me tocó explicar qué cosa es la gracia. Menudo trabajo. Los chistes causan gracia. Las bailarinas tienen gracia. Los bautizados están en la gracia de dios. Hay mujeres que caminan como hombres. Esas no tienen gracia. Hay bautizados que preferirían no serlo, pongamos por caso este que habla, que se siente arcilla antes del soplo. La desgracia, en cambio, tiene nombre y apellido: Scott Fitzgerald.
Día 23
Es para una obra de caridad, jovencito, crucifijos, rosarios, le van a hacer bien, todos necesitamos algo en que creer, ¿no es cierto?
Día 24
El tipo es tan delgado que sospecho que no podría quitarse la ropa que lleva puesta, un pantalón adidas, una campera naranja con enormes manchas de aceite, sin que el cuerpo se desarme. Alguien lo lleva del brazo. Por su contorno, por su andar, por la desconfianza que se ha ganado mi vista, no podría precisar si se trata de un hombre o de una mujer, pero apenas con intuir el tono de reproche que hay en las palabras que escupe cada tanto, sé que no podría ser sino mujer, quién sabe la esposa, la hermana, la hija, del tipo no puede con sus pasos de la curda que lleva. En un punto, los pasos erráticos dan al poniente. Se mete en el agujero de la puerta de un rancho levantado con ladrillos de adobe, que por milagro resiste en pie. Ha sido, me cuentan, la oficina del primer juzgado de paz, única instancia oficial en tiempos de la colonia. No hay placa que lo señale ni tarea alguna de restauración. Sólo es un pedazo de barro, una página en la memoria de los viejos pobladores, un hueco que sirve a los borrachos con ganas de mear. Quince pasos detrás de él, lo veo salir, aferrarse nuevamente al brazo de la mujer, ensayar alguna respuesta a los zamarreos. No pegues.
Día 25
Hay el primo de un compañero que me saluda todos los mediodías. Lo veo en mameluco, saliendo del taller, o a su camioneta, una chevrolet azul sin capot, atravesada sobre la calle de mi hotel. El, y tantos otros, aprovecha que el bulevard no tiene cunetas ni canteros ni nada y lo usa como estacionamiento. A 45 grados, eso sí.
Día 26
Cuántas veces al día habremos meado a la república. Cuántas seremos el final triste de una borrachera. Cuántas la mujer que hace de su vergüenza un puñetazo. Cuántas otras caminaremos nuestra pena pidiendo clemencia.
Día 27
Le compré el rosario a la señora. No me quedó otro remedio. Amar es echar de menos. Yo amo la perseverancia. Yo amo a los perseverantes. Ahora no sé bien lo que hacer con él. No es especialmente lindo. No es tampoco el regalo que yo le haría a nadie que aprecie. Y, para más, hace tiempo que he dejado de creer en esos ritos. Llevarlo donde un cura a que le dé una bendición que yo mismo podría proferir, incluso con la gracia de quien lleva en a víscera la potestad de bendecir. Yo te bien digo en el nombre de los padres y de los hijos y de los espíritus santos. Amén.
Día 28
Hay, me cuentan, una feria, se pone muy linda, se venden artesanías, plantines, quesos, dulces de frutas silvestres, alfajores. Sábados por la mañana, chacra 22. Consulto en el mapa, no es tan lejos como el sábado a la mañana y yo debería llevarme un mate tallado, recuerdo de mi paso por aquí. Me gustaría decir me quedo en casa, el viento sopla demasiado fuerte. Yo tengo registro de la mayoría de las culpas que purgo pero no puedo dejar de preguntarme qué habrá hecho esta gente, qué tan dañino, para soportar esta muestra de odio. Prefiero quedarme en casa, les digo y sonrío, tengo otros planes. Ellos piensan que los tengo. Es tan agradable el personaje que compongo que yo debería ser ése que ellos ven.
Día 29
No, gracias a vos por venir, me saluda alguien. Otro me da su tarjeta, pone la mejilla para que le dé un beso. Cualquier cosa, a disposición tuya.
Día 30
Uno debería procurarse destinos así. Treinta días trocando lo extraño en cotidiano. Cumplido el término, marchar sin decir adiós. Por ninguna de las cosas de este mundo pedir clemencia ni cordura ni prórrogas.
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