La hora del té es la mejor para correrle el velo a los secretos, ¿no? Los vapores de la infusión crean el ámbito propicio a los conterturlios. Nadie mejor que él para rendirle honores a la costumbre milenaria, nadie, de eso estoy casi seguro, por eso y por las cosas que decía mientras calentaba la tetera con agua hirviendo. Después de vaciarla dejaba que las hojas de Early Gray mezclado con jazmín se hidratasen en el vapor antes de llenarla otra vez con agua. En eso me acomodó para contarme una de sus historias.

No le habían dicho para qué lo citaban, pero a mis tristes dieciséis lo mejor que la vida podía depararles era algo nimio, yo que sé, torcer el rumbo a veces es tan sencillo como dar vuelta una media, entonces me hubiese bastado con un pantalón de buen corte, una camisa y unos zapatos que den ganas de lustrarlos. Sí, a falta de alguien mejor, le dimos una chance a Rafita, que era un buen muchacho, o al menos creíamos que era bueno, tan ingenua es una a veces que dice todos los pobres son buenos por eso no pueden dejar de ser pobres, pero si le dábamos el trabajito, ¿no sería un poco menos pobre, un poco menos bueno, un poco menos que eso que a nosotras nos había gustado? Ante todo, la obstinación, me dijo Silvia, que convencía a cualquiera con el aura que le nacía en el fondo de sus enormes ojos grisáceos. Se trata de darle una oportunidad, total, ¿qué perdemos? ¿Qué más podrían quitarnos? Decímelo vos, y de ahí en más la charla se metía por propia voluntad en el fango de las declaraciones de principios, ella decía y yo asentía, sin remordimientos, sabiendo que en verdad sólo nos teníamos la una a la otra y poco más, lo bastante como para tomarnos de la mano y no ponerle diques a la picazón que nos nacía en la yema de los dedos y estaba pronta a colonizar áfricas y polinesias, a aflorarnos en los labios resecos. ¿Y si ganábamos?

Tenía tantos nervios, pobrecito, que no hubo modo de calmarlo más que alejar la entrevista de su propio centro. No es fácil pararse en nuestro delante, para nadie lo es desde que dicen de nosotras tantas cosas. Qué bonito es tu suéter, me dijo la de ojos grises, la amiga de Mónica. Tan linda era que no supe que decirle y se me subieron los colores cuando se acercó hasta mí para tocarlo. Adiviné en su escozor la virginidad que lo atormentaba y traté de ser todo lo suave que en mi vida no supe ser. Es un trabajito sencillo, me dijo Mónica, interrumpiendo a la de ojos grises, nos tenés que ayudar un poco con los papeles, cosa de nada, cada factura con su recibo, cada prospecto en su legajo, vas a ver como aprendés rapidito, y cada tanto hacernos algún mandado, visitás algún proveedor o algún cliente o hacés un trámite. Si eso hubiese sido todo, yo no hubiese dudado en decir que sí. Tomó aire y valor para decirlo, y lo dijo: sí, ¿cuándo empiezo? y yo siempre he pensado que conviene aprovechar esos estados de gracia, ¿para qué decirle mañana? Mirá si el pibe se ponía a pensar un poco, o lo charlaba con alguien que le llenaba la cabeza, a cierta edad es tan sencillo dejarse contaminar por los demás, que ni por un instante lo dudé: ¿qué tal ahora mismo?, dije yo; dale, te animás, le dijo Silvia tocándole el hombro. Te hacés una escapadita hasta la municipalidad y preguntás por el señor Yayo, decís que vas de parte de Quality, que necesitás saber cómo está nuestro asunto. Suerte, Rafa.

Estaba tan contento que el tiempo que tardé en caminar esas veinte cuadras me bastó para sumirme en la más pegajosa de las angustias. La iracundia del viento me despeinaba, me raía el pantalón, mortificaba mis pasos. Poco me habían dicho sobre mi destino, pero no fue ni de lejos como lo había soñado. Yo me imaginé un palacio de grandes oficinas con enormes ventanales de cara al río, hombres de gesto circunspecto en mangas de camisa, secretarias de piernas larguísimas con el pelo recogido, armarios y escritorios con olor a lustramuebles, pero de golpe me vi abriendo una puerta de picaporte helado, caminando por un pasillito entre estanterías desnudas en busca de alguien que me tomara el recado. No había nadie allí, nadie más que un hombre entre cuchillos de hoja ancha, una res a medio despostar y unos pedazos de carne revoleados sobre la piedra a la marchanta.

El hombre detrás del mostrador me pareció un gigante. Le brillaba la frente debajo de un mechón rebelde. Todo se ofrecía tan limpio, tan con esa cosa que sólo se deja oler en los hospitales, que su bigote era un insulto. Apenitas lo vi entrar supe que era él. Era una cosa flaca, desgarbada, mejor: un espantapájaros, sólo que caminaba con pasos desacompasados y llevaba bajo el brazo una carpeta muy finita, de tapas transparentes, como quien quiere darse importancia. Vos debés ser el machito de las tortas, me imagino. No sé qué fue lo primero que me dijo, yo estaba embelesado mirándolo crecer y crecer, al punto de rozar con su cabeza el techo. Había que verlo al pendejo, ni bien lo apuré, de algún lado goteó: lágrimas, mocos, pis, no sé bien, y alcanzó a musitar que venía de parte de ellas. Agarré la chaira y del julepe que tenía encima no terminó de hablar. Me escapé, qué otra cosa podría haber hecho. Trepé por las calles como si el mundo todo me persiguiera. Corrí, sudé hasta quedarme seco. Era demasiado niño para volver donde mi madre. Debí asumir la congoja como un hombre, plantarme delante de ellas y rompió en llanto como una criatura que a gritos pide que le curen las paspaduras, las llagas, la humillación.

Nada más de verlo embriagarse en los vapores del té entendí que callase el terciopelo del resto de la verdad.

 

One Response to Secretos a la hora del té

  1. daniela says:

    jorge, se deja leer como las voces del coro griego en alguna mínima tragedia, de esas que hoy nos llegan tan ennoblecidas por quién-sabe-qué.
    Me encantó. disfruto mucho cuando te leo.

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