Ray & Lou

Posted by Jorge Mayer on October 31st, 2005 filed in Artificialia

I

No se entienda esto como una despedida. Tampoco como una renuncia. Se trata, ni más ni menos, de la necesidad de declarar una imposibilidad. Mejor aún: se trata de asumir la imposibilidad en aras de una posibilidad, depositar la esperanza en alguien más idóneo para escribir esta crónica y darle algún sentido que exceda el mero pesar de algo que se acaba.

II

La escena transcurre un cochambroso cuarto de pensión. Hay un individuo, Ray, que bajo las sábanas protege la mayor parte de su cuerpo de algo que quizá sea el frío y una puta que, a su pedido, esta noche se llama Lou, pero podría llevar por nombre cualquier otro. Eso es poco importante.

Ella está recostada sobre el cubrecamas, en señal de prudente distancia. Se incorpora para medirle la fiebre. Su gesto tiene lo amargo del pésame a los deudos, pero eso no la priva de cargar a sus dichos de la sabia pesadez de las sentencias.

Todo está escrito. El libro que tu vida necesita está a punto de filtrarse y lo hará apenas la brecha sea lo suficientemente grande.

III

El pueblo no era gran cosa. Las calles terminaban poco antes de que el caminante sintiese el menor atisbo de fatiga. Había sólo un sitio donde guardarse pero no era sencillo dar con él. Dos mesas de pool, dos de ajedrez, alcohol a toda hora. Machaca le llamaban a su dueño las pocas veces en que se lo veía. Por todo catálogo tenía cinco películas porno muy malas, que sólo alquilaba a menores de dieciocho años. Machaca también era el lugar. Tres pibas para atender a toda la concurrencia.

La rubia, gustan alardear los parroquianos, tiene un par de labios que hieren y suturan a placer. Todos la persiguen. Ella se escapa sin dejar rastros. Cuelga de su brazo un joven tempranamente avejentado.

IV

Menos de veinte años y tres criaturas, cada una hija de algún marinero del puerto, esos eran sus saldos. Le gustaba que le diesen a tomar whisky del pico de la botella. Odiaba a los hombres honrados, el pelo ensortijado y el café con leche. Sin embargo había algo de él que la perdía. Para aproximarse no necesitaban de los besos ni de las palabras. Les gustaba creer que compartían el don de adivinarse y eso bastaba. El pecado, lo sabían, consiste llanamente en pretender que todo quepa bajo los rótulos que como costras le crecen a la vida.

V

Ray habita la frontera difusa del entresueño. Cuando reacciona, no hay nadie a su lado. En la mesita de luz, impotentes, lucen un libro de librería de viejo, con las tapas gastadas, que se consuelan por un ramo de dalias.

Qué habrá dicho ella antes de esfumarse. Eso no lo sabe este cronista. Qué dice el hueco en la cama. Qué dice que no sea:

nadie te ama, poeta.

nadie como yo

que ya no te amo.

VI

Por todo o por nada, él no querrá escuchar lo que ella diga. A sangrar se aprende sangrando. Ella lo mirará sin entender. El abandonará la mitad que ocupa en la cama y se echará sobre el piso helado. Gritará que eso que dicen amor es extorsión. Ella lo entenderá sin escuchar.

Y es allí donde cualquier palabra que pueda decirse resulta vana.

VII

Adiós, Ray. Hasta pronto, Lou. Debajo de los maderos de una cama en la que alguien duerme y por ella protegido del otro cielo, el cochambroso, con el pecho helado bajo los azotes de la fiebre, a punto de cortar en dos la sien con el trueno que se agazapa entre los dedos, este cronista los bendice.

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