Mailer daemon

Posted by Jorge Mayer on June 26th, 2006 filed in Artificialia

Los alumnos, una lista de correo. Cada apellido, una esperanza, cada correo contestado, una bocanada de oxígeno. Maurito, querido, cuándo vas a rendir, che, te estoy esperando. Mirá que yo no soy para siempre. Esta semana me pongo a estudiar, le contó a la novia, el lunes, sin falta. Te lo juro. El dedo índice en cruz sobre los labios. No hace falta que me lo jures, tonto, dijo ella, con que te pongas a estudiar a mí me alcanza. Es por tu bien. Te estás arrumbando en esa oficina, pero él dejó de prestarle atención. Ya había escuchado demasiadas veces ese rosario y en verdad sabía que tenía todas las facilidades para acabar de una buena vez con todo eso pero estaba convencido de lo que alguien le dijo, vaya a saber quién, la vida está hecha de furores breves, y era posible que el furor breve que a sus estudios les correspondía ya hubiera expirado.

Los alumnos, los de la promoción vigente y los anteriores que no habían rendido el examen final, todos en una lista de correo. A lo que he llegado, le gustaba pensar, yo, un tipo tan serio, tan ubicado, mandando esas cadenas estúpidas que amenazan con echar catástrofes sobre las mascotas de la casa si el correo tal no era reenviado a quince direcciones de la lista de contactos, o mostrándose trivial con un fondo de pantalla con fotos de Shakira, como si fuera un pendejo en celo, quién sabe si no lo fuera en caso de estar a salvo de sus deberes de honorabilidad, pero quién podría fijarse en eso ahora, que más que profesor era un amigo de todos ellos, y había perdido su nombre a manos de una sigla y trocado su apellido por el de un servidor de correo y una arroba meridiana.

Con el infarto silente había dejado la función pública. No fuera cosa que se muriese así, sobre un escritorio, pero las complicaciones, qué iba a saberlo Roberto cuando renunció, empezaron cuando cambió el gobierno. Los que vinieron no le dieron ningún valor a su gestión. Nadie se fijó que con la deuda renegociada ya no habría vencimientos apremiantes y no sudarían la gota gorda para pagar los sueldos. Ahora la cosa era pan y circo. Obra pública y denuncias de corrupción contra la gestión anterior. Eso les gustaba. Verlos subir la escalera de tribunales, ruborizados, soportando al enjambre de reporteros que los abordaban para sacarles cualquier cosa, un sí, un no, la promesa de una venganza. Algunos les daban el gusto, no Roberto, que era tan circunspecto, tan amable, que mientras subía de dos en dos los escalones para pasar más rápido el mal trago les decía me remito al expediente, señores, allí está todo, fingía compostura y sonreía ante los flashes. Trataba de subir más rápido pero sin mirar los escalones. Sabía de sobra que al otro día, en las portadas de la prensa del régimen estaría su fotografía y no quería darles el gusto de hacer ese trecho con la cabeza gacha para que se regodeasen con la imagen de un hombre atosigado por la justicia. Qué justicia, pensaba él, si yo no me llevé una moneda a mí casa, si extraviaron pruebas, si soslayaron excusaciones, si resolvieron cada seis meses, cada ocho cada vez, como si respondiesen con el llamado a nueva indagatoria a los dictados de los conductores de lo más rancio de la política. La voz interna elevaba el tono y el rostro era una brasa queriendo sonreír.

Y el profesor que le decía mirá que yo no soy para siempre, ni que lo supiera, si hasta parece que de antemano todo estuviera escrito. A veces uno quiere apartar la vista para dejar de ver, cierra los ojos, pero las cosas siguen pasando, unas detrás de otras, el costado maldito de la vida. Justo antes de salir, Augusto le preguntó cómo la llevaba con el Pacman y yo no es que me pusiera a escuchar sus conversaciones porque poco es lo que entiendo de esas cosas, poco por no decir nada, que ya sería un exceso, pero dio la casualidad que me acerqué a levantar la mesa y a vaciarles el cenicero. Habían dejado dos porciones de pizza y fumaban, más que nada Maurito. De nuevo el comedor lleno de humo y yo que a la pasada les abro un poco la ventana, ya me acostumbré, siempre fue así desde que empezó a fumar delante de mí, que hará, año y medio, dos. Es toda una técnica, decía entusiasmado, llevándose un mechón de pelo detrás de la oreja.

Dando clases era el más feliz. Dos veces a la semana. Tres horas cada una con un intervalo en el que se corría hasta el buffet a charlar con Gómez, toda una vida quejándose el viejito, pero cuando uno le tomaba la mano aprendía a divertirse de su lamento, que esto que aquello, Roberto metía la mano en el saco y sacaba un Parliament y lo bajaba dándole golpecitos sobre la uña del pulgar izquierdo. Acaso lo hubiera leído en algún libro de Osho: el tabaco no es dañino si uno es capaz de hacer de cada cigarrillo una ceremonia, pero eso, desde luego, no era lo único, sino también después la primera pitada, la más potente, apretando tan fuerte los labios que el cigarrillo se empinaba hasta la nariz, cosa que no nadie en el mundo haría igual que él porque el humo es amigo de buscar los ojos y no hay manera de que el fumador no acabe llorando, pero qué iba a llorar él, que además era un duro. El café, un cigarrito más, la lenta charla con Gómez que lo trataba como un prócer, y él, que se sabía un prócer dentro de la facultad, sentía un extraño placer en desgranar un poco del olvidado arte de la charla, como le gustaba decir, y de paso con un bruto, lo que le resultaba doblemente satisfactorio.

No sé de dónde le habrá venido ese tic, seguro que de ver a sus amigotes que también llevan el pelo largo, pero como ya a nadie llama la atención parece que no pudieran evitar el gesto de quitarse de encima el pelo molesto. ¿Por qué no se lo cortarán? Yo ya me cansé de decírselo. Además, cuando los chicos cumplen veinte años qué les puede decir una, si de todos modos las cosas le entran por un oído y le salen por el otro. Venerables cabecitas huecas que se juegan el pellejo contra una pantalla. A los diez mil puntos recién te llega una vida extra, así que hay que hacer el camino despacio. Tratando de comer todos los fantasmas, pero despacio, porque lo más valioso es sobrevivir. Con una vida de repuesto ya te podés dar el lujo de correr algunos riesgos, pero no cuando apenas pasás los diez mil sino cuando andás cerca de los treinta mil, que es cuando el juego te da otra vida.

Quedó el escritorio vacío y nadie quiere ocuparlo, Hilda, me decía Verónica, no sabés lo que es. No tenés la menor idea. Una cosa es el velorio, tratar de consolar a la abuela, pobrecita, que ya está grande, rezar, yo qué sé, dar una mano, cebar mate, tonterías que uno hace sabiendo que el velorio es una fiesta al revés. Vas, es tu obligación ir, pero sabés que en algún momento se termina, por más largas que parezcan las horas, a las cinco de la tarde hay que llevar el cuerpo al cementerio. Distinto es el vacío físico. El escritorio ahí, los útiles de oficina, una birome azul y una negra, las dos con su nombre, los asuntos que le quedaron pendientes. Lo primero que hicimos fue cambiar todos los muebles de lugar. Un arrebato. En medio de esa cerrazón de garganta, de esas palabras que se quedan ahogadas, el cuerpo te pide hacer cosas y nos olvidamos de que alguien va a tener que reemplazarlo. Es inevitable.

Una lenta maduración, o algo así, a medida que el juego se complica, los fantasmas son más rápidos. Hay que alinearlos. Ponerlos lo más cerca el uno del otro, cosa de no darles tiempo a que se escapen. Tac, doscientos puntos. Tac, cuatrocientos. Tac, ochocientos. Tac, mil seiscientos. Tres mil puntos en total y a no dormirse en los laureles, que no suene el teléfono o te empiece a picar la mano porque ahí estás frito. Eso es lo que no me gusta: no hay modo de poner el juego en pausa, le decía al otro pibe, dame un segundo que me cambio y salimos. Se metió en el baño y se dio una ducha brevísima. Dejó el toallón hecho un bollo tirado en el piso y no pasó el secador, siempre lo mismo, yo detrás de él echando el charco en la rejilla, colgando el toallón o no, mejor meterlo en el lavarropas, aprovechar el domingo que se me pasa en un santiamén.

By pass a él sonaba a pausa pero era otra cosa. El médico se lo había pintado como la solución a todos los males y el tano Giavarini se lo había recomendado con una emoción inaudita. Yo estoy fenómeno, le dijo, y a los seis meses palmó y dejó clavos por todos lados. Qué hacer, ésa era la gran pregunta, por lo pronto dejar de fumar, tratar de no leer más los diarios y salir a caminar, como si fuera una señora gorda que sale a caminar para que en el verano le entre la malla que el año pasado ya no quería más lola, y conformarse, sobre todo conformarse con los llamados de los chicos, que estaban en La Plata, que no le hacían caso, que demoraban los exámenes esperando el milagro de que el paso del tiempo les revelara las bolillas ocultas, macanas, pensaba, a los profesores nos gusta trabajar menos que a nadie, entonces cada vez que se aparece algún alumno urgente, que dice las cosas sin necesidad de que uno le haga demasiadas preguntas, es una fiesta, si hasta dan ganas de darle un abrazo y agradecerle el buen momento, pero no, la mayoría no guardaba la menor disciplina, él lo sabía bien, qué era eso de trasnochar todos los sábados.

Manejá despacio, querido, vos, Augusto, cuidámelo, les dije cuando se iban. O lo pensé y no se los dije, total, Maurito no me haría caso y Augusto quizá se molestara con una madre tan metida y nada quería yo más que tenerlo contento. Por eso callé. Por eso mastiqué las palabras y me acosté intranquila. Dormí encimita. Me desperté tres, cuatro veces, primero un mosquito, después un chirriar frenos en la avenida, la sirena, todos los sábados así. Y pensar que en mis tiempos, se decía Roberto, a los que nos íbamos a estudiar afuera nos daba un poco más de cargo de conciencia o tal vez fuera el mango que nunca alcanzaba, el hecho es que preferíamos quedarnos en el departamento. Unas cuentas botellas de vino, una guitarra y las canciones de Moris. Eso estaba bien.

Al cabo, al final del camino está el horizonte y aunque ella no quiera venir tengo dos ojos y el sol embriagador, dos manos, un pie que tiembla y otro que no duda. Que hoy es el último día en que prendo un cigarrillo, sí, y éste el último diario que compro. Mejor que éste traiga las peores noticias. Que sea amargo como un lunes. Que llegás a la oficina y te espera un escritorio tapado de asuntos y éste que no viene. Le debe haber pasado algo.

Leave a Comment