Los ángeles cuando se van
Posted by Jorge Mayer on September 25th, 2006 filed in ArtificialiaNo sé de dónde habría sacado una cosa así, –me decía, en medio de largas pausas para apurar un trago más de la botella de vino triste que compartíamos–, yo estaba ahí y simplemente me abordó, como suele hacerse en las salas de chat, eso tan parecido a un baile de máscaras, ¿no?, entonces cuando alguien se fija, quiero decir: cuando tiene el poder de quitarle al otro la máscara, ya deja de importar cómo fue que lo hizo. Le sube a uno el apremio por el rostro desnudo que es un rubor caliente como lava bajo la piel y un temblor en la punta de los dedos, lo que en la vida material, ésta que nos tiene a vos y a mí acá, charlando de cosas amargas, bueno, un balbuceo, con el agravante que ahí uno existe en la medida que dice y dice en la medida que escribe, lo que catapulta a los silencios a pequeñas muertes. El que lo sabe, el que ha estado ahí, comprende que sólo ha de volver de esa muerte para decir algo que merezca la pena, entonces dije sí, yo soy, yo hago, pero no quien vos pensás, ni lo que vos creés, bueno, no importó demasiado, después de todo la gente que está detrás de las máscaras está tan sola como uno y la casualidad que pone a uno frente al otro, no importa que tan nimia sea, es algo digno de aprovecharse y así lo hicimos cada vez y elegimos cada quien el nombre del otro, que es decir la máscara que nos pondríamos las veces por venir a modo de santo y seña: ey, quiero charlar con vos. La casualidad estriba en que ella buscaba a un tipo que se llama como yo, vos sabrás quién es, uno de esos pocos que aquí bate el parche de la cultura, hace programas de radio y escucharlo es lo más parecido al tedio porque el creador le ha dado una voz pequeñita, tenue, casi de algodón, entonces uno piensa que en realidad está oyendo a un muñeco recitar a Horacio y la cosa una vez causa gracia y a la segunda dan ganas de llorar y escribe para la página del jueves en el diario, un pobre hombre, de los que nos hacen falta, lo imaginé corto de estatura, retacón, colorados los mofletes y lentes de marco grueso, pidiéndole permiso a su mujer para juntarse con ese otro que ella considera un malandra, para hacer sabe dios qué cosas culturales, y volvería muy tarde a la noche, sin ganas de echarse un polvo siquiera, porque en la municipalidad el señor secretario no ha querido recibirlo así que por lo pronto ni hablar de subsidio así que esta semana habría que caminar y caminar para conseguir publicidades para la revista antes de que el dueño de la imprenta lo acogote. Ella buscaba a ese tipo, ¿podés creer la inocencia?, y me encontró a mí, que me llamo como él, y tal vez porque puedo escribir con alguna soltura alguien me ha llamado literato o una cosa así, porque ella estaba convencida de que yo escribía y que si no publicaba es por el solo placer de mantenerme en la clandestinidad, el asunto es que esa historia que ella me había forjado a mí me gustaba y mucho, entonces un poco me esmeré y empecé a escribirle cartas, me acuerdo de que a ella le gustaba recibirlas pero me decía que no quería cartas sino cuentos, poemas, alguna cosa, qué se yo, hay gente a la que eso le florece en de entre los dedos incluso contra su voluntad pero no es mi caso, lo mío es esforzado y de un tiempo a esta parte me entregué a la idea de que todo lo que implique esfuerzo es contra natura. Sin esa lubricación que dice algo así como bienvenido, no sabés cuánto estuve esperando, la cosa pierde su encanto, te pone al borde del desgarro, ¿no? Y de a poco supe algunas cosas de ella, que era mucho más grande, así que era mejor que no me haga ilusiones, algo así me dijo y le creí, y que daba clases en ciencias políticas, te imaginás, una profesora toda para mí, yo estaba más que entusiasmado, y un marido con el que compartía casa pero hacía mucho que no se daban ni los buenos días, así que su vida afectiva era una tortura y prefería pasarse las horas preparando clases, corrigiendo trabajos, cosas por el estilo. Congeniamos. Una vez me contó que tenía ganas de ir a tomar un helado conmigo y yo dije sí, qué bueno, cuando quieras, pero ya que estamos por qué no mejor charlamos, me ubicás en este número y qué iba a sospechar yo que una mañana iba a despertarme con el ring y que ella iba a estar del otro lado, con la voz temblorosa, como si hubiese pasado algo en lo que le fuera la vida, yo estaba con la modorra de recién despertarme, que me hace un vozarrón que disfruto porque no me pertenece, y pensé en el marido, que tal vez la atormentaría de algún modo más o menos siniestro y este llamado era algo así como un pedido de rescate. Me puse tan serio y paternal como pude y en plan de consolarla quise saber un poco más de eso que se notaba le comía la entraña y me salió con que acababa de cortarse un dedo, cosa de nada, un accidente doméstico de tantos, y que en verdad había sentido la profunda angustia que a uno le da cuando las cosas se le rebelan y no hay quien esté a mano para acudir en socorro, entonces vio el número, discó, estuvo a punto de arrepentirse antes de que yo atienda y finalmente ahí estaba yo, con esa voz tan confortable y que no habría podido escoger momento más apropiado que éste para saber cuánto era mi valor y dicho esto musitó algo que no alcancé a entenderle y supuse una despedida. Cortó. Y continuamos los días que vinieron, incluso cuando ella se molestaba conmigo, que escribía apenas nada, y me embargaba cada vez del peor de los pesimismos, me decía, supongo que para pincharme, que nunca había dado con un tipo que se pareciera tanto a Camus, del que no tenía idea en ese momento, y al rato se enfurecía: al final sos un existencialista de mierda, me insultaba, qué podía decirle yo, que sí, que no, a veces, ante imprecaciones semejantes, da lo mismo responder tres catorce dieciséis, polo sur, media dosis de litio o yo te quiero. Nada surte efecto. De suerte que poco me asombró que llegase la tarde en que dijera que los ángeles no se juntaban con nadie a tomar helado, que eso es cosa de gente común, y yo estuve de acuerdo, porque a esas alturas ya había tenido el tiempo suficiente de hacer trampa, mejor dicho de averiguar quién era ella en realidad, y sólo de verla supe que eso que informaban mis ojos era cartón pintado, que sólo en esta otra dimensión que nos habíamos hecho podíamos compartir horizontes pero a ella no le bastaba, me contó, y al rato que no podía seguir porque se había puesto a llorar, quise saber el por qué, después de todo no abunda la gente que rompe en llanto por un helado que nunca será, porque me estoy enamorado de vos, estúpido, y no te das cuenta. Cortó. Pocas horas después me mandó un poema que supuse escrito por ella, porque bordeaba lo cursi pero iluminaba el rastro que dejan los ángeles cuando se van. Lo leí y lloré. Mucho. Todo me parecía un burdo engaño y no pocas veces pensé que un buen modo de vengarme sería anotarme en ciencias políticas, asistir a una de sus clases, sólo una, a ver su cara cuando levantase la vista para saber quién es ese que responde a mi nombre, pero todas esas veces también pensé que ella no merece una cosa así y no he tenido otra alternativa que escribir estas cosas, como una huella, como la bengala de náufrago presta a quemar el fondo de la noche. Y que sea la voluntad de dios.
September 25th, 2006 at 9:10 pm
qué bien contado, qué triste y hermoso a la vez, fander!.