Lecciones de vértigo

Posted by Jorge Mayer on September 26th, 2005 filed in Artificialia

La literatura es, antes que nada, un enorme interrogante, una promesa que se ramifica. Todos esperamos algo del libro que nos disponemos a leer y a la vez todos somos dueños de darnos por satisfechos con sólo una frase, si resultase que en ella se resume el alfilerazo que nuestra alma, a los gritos, reclama.

Por lo general, las promesas se escriben en las contratapas, en los introitos, prólogos, prefacios o en el nombre con que el autor desee bautizar a la antesala de su descarga de artillería. Sin embargo, el lector suele dejarse llevar por lo que se amenaza desde el título o, ya con el libro abierto, con ese capricho que dan en llamar índice o sumario.

Menos frecuente es dar con una dedicatoria que haga las veces de promesa y, como en tantas cosas de este mundo, raya con el nivel máximo de improbabilidad treparse a la satisfacción de la promesa cumplida.

Roberto Bolaño en su última obra, la que hizo depositaria de las últimas gotas de vida que guardaba su frasco, hablo de su colosal 2666, aplica a esa improbabilidad un puñetazo certero. Con cierto laconismo dice:

A Lautaro y Alessandra Bolaño
por las lecciones de vértigo.

En efecto, en esta obra como ya lo había hecho en las anteriores, expone sin hesitaciones la violencia de los seres acorralados que narra, vamos, que a él mismo lo narran, dejando en negro sobre blanco la siempre cercana presencia de la muerte como fuente de todos los comportamientos humanos a los que ha hecho ley. La respiración agitada que mueve al puño que golpea en la cara de la mayoría de las convicciones del lector no hablan de otra cosa que de su fragilidad. Sufro, me muero, me alejo cada día más de mis hijos. Eso es lo que connota cada párrafo aunque, claro está, el trazo filoso con el que define a sus criaturas usa otros nombres.

Varias décadas antes, en medio de sus travesuras literarias conjuntas, Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares (bajo la impunidad de la que gozaba ese monstruo llamado Honorio Bustos Domecq) se habían mofado del realismo. No es sencillo olvidar el cuento aquel en el que referían al escritor que tramaba un libro sobre el orden de un rincón de su escritorio. No habría, se me ocurre, modo más pertinente de hacer gráfico el desorden del resto del mundo. A casi todos nos basta ver de lejos la aleta del tiburón para sentir que pendemos de un hilo muy delgado.

Por el contrario, cuenta Bolaño, en su texto Literatura + Enfermedad = Enfermedad, un episodio en que le pone el rostro de la muerte inminente a sus dos pulgares. Hay que imaginar el sinnúmero de análisis a los que se habrá entregado con estoicismo durante los últimos años de su hígado trabajando menos que a reglamento. También a una doctora bajita que lo compelía a su enésimo examen: ni más ni menos que estirar los brazos con los pulgares en alto. El paciente, sometido ya al absurdo del absurdo, se atreve a preguntar cuál es el sentido de una prueba tan estúpida. Cuando no pueda controlar sus pulgares, será que el final se acerca. Eso es lo que le dijo la doctora bajita a él, que hasta ese momento se debatía entre formular y no formular la propuesta sexual a la que tentaba la aséptica soledad de un consultorio poblado nada más por una camilla y una doctora bajita.

Pero la promesa sucede en dos niveles. Uno es el estático, que alcanza a la enunciación, a la forma en que se lo dice; y otro dinámico, el tejido sobre el que se apoya. Un tejido con suficiente consistencia torna trivial la forma, tal el caso que me permito anotar, lo que no es óbice para que el agradecimiento a Alessandra y Lautaro, sus hijos, encubra un pedido: enséñame, lector, y hazlo con suma urgencia, que vengo muriéndome pero todo lo dejaré por recompensarte en consecuencia.

Es ésa la voz de un ser acorralado. Y auténtico.

Hay que agradecerle a Roberto sus buenos oficios. Otro pudo ser el uso que diera a su voz. Más sensato, más endeble, pudo haber sido su pedido de socorro. No se lo hubiésemos perdonado.


One Response to “Lecciones de vértigo”

  1. Lobis Says:

    Mayer, que suerte tiene esta buena gente al contar con vos, enhorabuena.
    Después de leerte, vuelvo a la primera oración del primer párrafo:
    “La literatura es, antes que nada, un enorme interrogante, una promesa que se ramifica”. Vos nos mostrás tu mirada desde un lugar poco común o transitado, y desde ahí nos llamás para que miremos. A otros que como yo, no hayan leido “2666″, nos dejás un interrogante que solo saciará la propia lectura que cada uno haga del libro, y será entonces la ramificación de dicha promesa. Casi nada.
    Éxitos en esta nueva etapa, los lectores, agradecidos.