La voz del diablo niño

Posted by Jorge Mayer on March 27th, 2006 filed in Artificialia

En un ensayo incluido en Trabajos, publicación póstuma que compila una buena cantidad de artículos antes aparecidos en diferentes medios escritos de Latinoamérica, Juan José Saer pone en boca de Felisberto Hernández una frase que tal vez no haya pronunciado nunca y que sin embargo es rotundamente ilustrativa del punto en que se fundieron vida y obra felisbertianas.

El título del ensayo funciona como un perfecto anzuelo para el lector que se ha dejado seducir por las promesas que se esbozan en la contratapa. Más aún: cualquier entusiasta felisbertiano sabrá desde siempre que ese renglón del índice -¡Yo quiero ser escritor!, página 121- no podría referir a otro que no fuera él.

Saer sugiere que ésa era la respuesta que daba Felisberto a los elogios que su corte de seguidores le propinaba al cabo de alguno de los conciertos de piano que daba para ganarse la vida. Ello, en verdad, se contradice con lo que han señalado sus íntimos: a él le hubiese importado más ser reconocido como intérprete musical o como compositor.

Desde luego, no puede servirse al mismo tiempo a dos amos, pero yo creo que hay un punto que puede sintetizar y superar este antagonismo.

Se señala que la obra de Felisberto recoge la influencia de, por ejemplo, Carlos Vaz Ferreira, figura señera de la filosofía uruguaya de la primera mitad del siglo pasado e incluso de una escrupulosa lectura de Materia y memoria de Henri Bergson. Sin embargo, el lector que se sumerja sin advertencia a cualquiera de sus narraciones se encontrará con un vocabulario, una gramática, una buena cantidad de inflexiones que son más propias de una composición escolar que de un bosquejo metafísico.

Lo que de otra pluma sonaría a limitación, es en realidad su fortaleza mayor porque la mirada de un filósofo, la construcción de un sistema para leer el universo con otras premisas que las conocidas, es la manera en que el niño teje la cuerda que lo aferra a su realidad.

Felisberto, me permito aventurar, nunca quiso ser más que un digno pianista pero estuvo poseído por un demonio de corta edad y fue la voz de ese demonio la que proclamaba, como corresponde a cualquier niño soñador, ¡yo quiero ser escritor!

La compulsa que tuvo lugar en su cuerpo hizo de él un concertista mediocre con dedos cada vez más torpes, un tipo que para vender medias de mujer apelaba al llanto caudaloso o creía que las muñecas o los sillones con pollera cobraban vida por las noches y, a la vez, nunca se volcó de lleno a responder a la literatura cuando tocó su puerta. Como si fuera consciente de lo demoníaco del llamado y sintiera culpa por la intrusión padecida, nunca se embarcó en una obra de largo aliento y estiró hasta donde pudo su romance con el piano.

Felisberto fue un tipo de inteligencia deslumbrante y bien pudo desempeñar cualquier otro oficio pero esa latencia, esa demanda insoluta, siempre acabaría por frustrar cualquier intento de postergar a la literatura.

Yo lo imagino torero. Yo lo imagino en sus años mozos enfundado en un traje lleno de brillos bailando con el paño rojo entre sus manos, cautivando al público con triunfos rutilantes. Yo lo imagino en el transcurso del tiempo y lo veo flaquear ante la inexorable supremacía del diablo niño sobre su virtud, que lo condena a fallar.

La tarde en que la cornamenta se le hundiera hasta la entraña, la sentencia sería dictada en lo que dura un pestañeo de distracción. En ese levísimo instante él estaría terminando en su mente un cuento. El dolor que cortase su mitad sería el precio a pagar por levantar la falda roja de esa mujer bravía que ahora le clava las uñas.


3 Responses to “La voz del diablo niño”

  1. acteon Says:

    No sería la primera vez que la escritura viene a suplir la falta de genio expresivo en otro medio. Sin ir más lejos, tal vez podría pensarse en Manuel Puig: cineasta frustrado devenido novelista innovador. De la escritura pensada como pararrayo o descargador de tensiones.
    Pero, al instante de leer tu muy buen post, recordé a otro “uruguayo”, quien escribía sobre la tapa de su piano: tocaba un acorde o tal vez un fugaz y arabesco compás, y enseguida lo trasductaba en escritura de poderosa expresividad. Me refiero a Isidoro Ducasse. Me gustaría saber si Felisberto hacía igual: fusas y semifusas se transformaban en musas y semimusas dictando un texto juguetón, pleno de disonancias y evanescencias inesperadas.

    Salutte.-

  2. Mayer Says:

    Tengo una edición mexicana de sus obras completas. Da muchos detalles adyacentes a la obra pero no recuerdo haber leído nada en particular sobre ese punto; de todos modos, voy a seguir investigando. Un abrazo.

  3. rosi Says: