Me hizo pasar a su despacho, pero antes de atenderme se ocupó de algunos asuntos pendientes. Tomó de la parrilla un par de carpetas, las miró superficialmente y tomó el teléfono. Yo miraba por la ventana. A pesar de lo que cuentan, la ciudad se ve bastante bien desde ahí.

-Hola, ¿Sole?
-Sí, señor.
-¿Viste la nota de Jefatura? ¿La trece sesenta y nueve que te pedí ayer a última hora? Bueno, la perdí. Haceme otra copia.
-Sí.
Clack.

Como te iba diciendo, me dijo, volviendo las carpetas a la parilla, esto es bravo. Necesitamos a alguien implacable. Los trabajos son sencillos, pero en realidad son etapas de uno mucho más grande. Todavía no vas a saber de qué se trata.

Tomó cinco tarjetas de su tarjetero. Las ordenó a manera de organigrama. Me explicó los flujos de información.

-Acá está la nota -dijo Sole.
Se bajó los lentes hasta la punta de la nariz.
-No, mamita, no la había perdido.
Ella se mordió el labió.
Consultó el reloj y llevó la voz a la arena. Desgranó las palabras con la gravedad de quien ve sus pasos hundirse.
-Seis minutos. No me servís así. Despabilate, nena. La vida urge.

Luego de un instante interminable y antes de que ella se amparase en nada, la bendijo con el ansiado andá nomás.
Se subió los lentes para verla retirarse. Ahí me apuró:
-¿Entendés?
-Sí, señor -alcancé a decirle.

 

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