El viaje
Ahora lo sé: no hay como tomarse vacaciones en completa soledad. Por gracia divina no nos alcanzaría el tiempo que dura una vida para agotar sitios donde ir. Ante el inagotable abanico de posibilidades, recomiendo encarecidamente optar por aquellos donde se hable una lengua por completo ignota, sentarse en una plaza de barrio, si es posible con pendejos correteando de aquí para allá, con perros vagabundos, empleados encargados de preservar un verde que tiende al amarillento. Comprobarán, no sin algún escozor al principio, no sin el desconcierto que viene con la verdad que cae pesada como la lluvia poco después, que todo el mundo habla en la misma lengua y de las mismas cosas, sólo que hay algo, otra cosa que no tiene una relación estrecha ni con el oído ni con el paladar sino más bien con la vista, con el modo de mirar, y es ese otro algo el que distingue y reúne los idiomas a la vez. El vacío, que los días lluviosos se presenta a sí mismo como el infinito, queridos amigos, espera por nosotros. Basta sentarse en uno de esos bancos y hacer oídos sordos al bullicio y ojos ciegos al verde amarillento y un buen rato después, al abrir de nuevo los sentidos, nos sabremos deliciosamente extraviados y al fin encontraremos cobijo en la extrañeza de estar en un sitio que sabemos de memoria.
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El vacío se sabe esperar…
de link en link llegué a donde quería extraviar un rato las pupilas leporinas de estos momentos.
Chido texto.