El rostro de eso que no se nombra

Posted by Jorge Mayer on January 30th, 2006 filed in Artificialia

Se jugaba la Copa del Mundo de 1994, la de Estados Unidos, y papá y yo empezábamos a acostumbrarnos a ver la segunda parte del mundial con nuestro equipo fuera.
Cuando la camiseta roja número 9 de Yordan Letchkov se elevó una cuarta más que la blanca de su marcador, Tommy Hassler, sabíamos que sería gol búlgaro y a otra cosa. Los defensores de la corona, como nosotros, se llevarían a pasear su mediocridad de vuelta a casa y por primera vez en la historia del fútbol, el seleccionado búlgaro definía las últimas instancias del campeonato ecuménico.
Algo de su equipo me gustaba: la modestia de todos, encolumnada detrás del genio de Hristo Stoichkov; pero en el conjunto resaltaba la prodigalidad de ese número 9, que nunca podría haber quedado relegado, tanto por sus largas zancadas como por la portentosa calvicie que lucía a sus 27 años.
Todos en Silven, el pueblo de Yordan, eran calvos. Así lo había decretado el accidente nuclear de Chernobyl.

La enfermedad cita al aprendiz de deudo en una ciudad extraña y pone su cuerpo sobre una cama poco amigable en un hotel de obra social. En el mejor de los casos tendrá televisión y se pasará las horas que tarda el sueño en poseerlo ejercitando el dedo pulgar, mudando de canal en canal, como pretendiendo que alguien, del otro lado de la pantalla, se muestre capaz de comprender la impotencia de quien debe mostrarse entero a los pies de una camilla de hospital durante las interminables horas que caben en un día.
Son esas horas sin tabaco que se van en la contemplación de un ser querido mientras duerme y a otro, vecino de habitación y doliente del mismo mal, retorciéndose sabe dios si por la enfermedad, los remedios o la furia de los temores cuando se desatan, las que desgarran una cierta fibra que tiene al ser humano al cuidado de los dolores ajenos.
Esa fibra cede ante el blanco de los cuartos, la chaqueta de las enfermeras, el brillo metálico de los instrumentos y el olor, ese maldito olor a agua oxigenada que revuelve las tripas a los sanos. Y las tardes, las larguísimas tardes en que no se sabe de qué charlar, cómo sentarse, cómo sentirse, si apenas unos metros más allá, en el pasillo, conviven el abrazo de los desahuciados con la vista puesta en ningún lugar de los que no saben pero sospechan y el llanto agudo de uno que deja el vientre materno casi por inercia, por cumplimiento de un plazo, sin saber dónde se mete.

En otra ciudad, el experimento presenta ligeras diferencias. Considerando que los pacientes han pasado demasiado tiempo de su vida reciente encerrados dentro de una caja hospitalaria y que sobre la espalda de las familias recae la mayor parte de las actividades que requiere su cuidado, se ha organizado una residencia, una suerte de pensión en la que concurre la más variada sintomatología, más un pariente por cada enfermo y el rasgo común de la diaria o semanal visita al hospital para recibir el tratamiento.
Los pacientes primerizos no se acostumbran a su suerte. Al cabo de un par de sesiones creen que todo pronto será como antes y renuevan la confianza en su cuerpecito con huesos de cartón. Las recaídas son atroces. La medicación los pone ansiosos, a menudo irritables, y no son pocas las veces en que la agresividad que lucen los devuelve al encierro de hospital. Mientras tanto conversan entre ellos, se quejan en silencio o a los gritos, esperan por la comida, por las curaciones, por la visita de una voz amiga. Esperan.
Hay un puñado de señoras que pasan revista de lo que pasa en el día a día. No son buenas samaritanas (aunque bien podrían serlo) sino asistentes sociales que trabajan sobre la cabeza de los familiares. Aunque las apariencias físicas denuncien otra cosa, la convivencia de a poco va alterando los roles: el enfermo se da cuenta de la rajadura interna de su familiar y trata de consolarlo, pero precisamente en esa rajadura se espeja, desmesurado, el rostro de eso que no se nombra.

En el hospital pediátrico Juan Garraham de la ciudad autónoma de Buenos Aires, el más destacado en su especialidad dentro de la Argentina, no salen de su asombro. A pesar de los años no se revierte cierta estadística que nadie se atrevería a develar, no sea cosa que alguien se espante: de cada diez bebés tratados con una infrecuente malformación en los pies (chuequitos, con los pies torcidos hacia adentro) cuatro o cinco son de una comarca que orilla los trescientos mil habitantes. El estudio médico que da cuenta de esto –que yo digo de modo tan torpe– tuvo una módica difusión en los medios de comunicación y nula repercusión en la opinión pública. La cirugía, el yeso y la ortopedia conjuran el terror de los padres que por un buen tiempo creen que sus nenas no podrán lucir minifalda o que sus nenes no descollarán jugando a la pelota.

El dolor esculpe, claro que sí, el fuego hace maleables los metales. Nadie sale de allí con la forma con la que entró. No hay modo de concebir esa angustia individual extendida a toda una ciudad, pero tal vez baste con sugerir que los padecimientos engendran una suerte de inmunodeficiencia psíquica. A la vuelta todos son más vulnerables.
De a poco la residencia comunitaria se va poblando de mis paisanos. La explotación de la mina de hierro en Sierra Grande y la de aluminio en Puerto Madryn mellan inexorablemente el bienestar de todos los que no han podido juntar sus porquerías y mandarse a mudar. Pobres, ricos y no tanto, todos tienen a alguien que sobrevive como puede al trance de las prolongadas internaciones, al rigor de las curaciones que los arrancan de los pequeños poblados.
Hubo otro tiempo signado por las huelgas en demanda de mejoras salariales y por marchas que pugnaban por preservar las fuentes de trabajo, pero ya no las hay, ya es demasiado tarde para organizar movilizaciones: son cada vez menos las manos capaces de componer pancartas y muy débil sería la voz de un coro de soldados de cabeza rapada que corta la ruta con sus sillas de ruedas.

Hoy el pelado Letchkov ha vuelto a su pueblo para dedicarse a la actividad política. Se lo cuento a mi padre que se esfuerza en recordar de quién le hablo. Tal vez allí, en la conciencia política parida de este dolorosísimo parto, resida la última esperanza de detener la devastación del hombre a manos del hombre.

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