El Otro
Posted by Jorge Mayer on July 31st, 2006 filed in ArtificialiaEl Otro no nació el día que figuraba en su gastada libreta de enrolamiento, que acaso haya sido el día que en que lo parió la finada doña María y no sólo una hoja más del calendario del registro civil de Las Casuarinas, la de la mañana en que, sin mayor emoción -iba por su sexto hijo- don Jorge fue a anotarlo.
No. Ese día, la piel de la criatura a gritos daba fe de eso, era mucho más reciente, no porque hubiera un rastro asequible al ojo de un perito sino porque sólo después de varios años de pena pudo dejar de pensar en eso.
Años. Años lejos de estaban de ser cincuenta y dos martes con diván bajo la custodia del barbeta, muy lejos de historias clínicas. La criatura robaba. Eso decían en la escuela. Eso decía a menudo un cuaderno demasiado poblado de invitaciones. Escuetas. Amables. Lapidarias. Por motivos que a su presentación se le darán a conocer.
Después los interrogatorios. Por qué, decinos, si nunca permitimos que nada te falte. Eso decía el Otro y no mentía. La verdad es que hasta ahí les había sobrado cintura para gambetear las zancadillas de la tablita, de la mil cincuenta, de la bicicleta financiera. Y también les sobraría más adelante, cuando las cosas se complicasen todavía un poco más.
Ella le pedía que se porte bien. Se lo suplicaba. Si no, después venía el otro y le comía el hígado. Porque vos lo apañás. Y ahí nomás le daba vuelta la cara de un chirlo. Como si ella fuera la culpable. Es un vaso, nada más. Si yo fuera más joven, si vos no fueras tan chico te juro que.
Que se mandaba a mudar. Eso pensaba. Eso decía. La criatura la escuchaba, como antes había sospechado ahogado entre los dientes un aullido que era rezongo con rabia, ruego resignado a quedarse ahí, a no superar la muralla de dientes más que un delgado hilo de queja cortando el fondo de la noche.
Esa y tantas otras noches sin dormir, hurgando en la cabeza como quien mete la mano en un cajón sin saber demasiado qué es lo que pueda haber, y tal vez en el fondo, en el rincón reservado a las telarañas, dar de lleno con una duda. O con una certeza disfrazada de duda. No se puede ser el Otro si antes no hubo la alternativa. Hay un Otro sin nombre sólo porque la opción escogida no ha sido la mejor.
Así las cosas, diría le diría a ella el padre Ubaldo, es preferible que dejes de sufrir. Puedo conseguirte una casa, una casa que a la criatura le pareció de lo más triste en la rugosidad de sus paredes en amarillo pálido. Dos piezas, un baño, qué más se necesitará para vivir. Eso se preguntaba la criatura pero guardando el cuidado de no contárselo a su madre, no fuera cosa que rompiese en ese llanto trunco y se metiera en la maraña de explicar lo que no se explica.
Hasta que las cosas se enderecen. Uno nunca sabe cuánto puede haber de cierto en esos decires que dice la gente sencilla. Como cuando repiten que no hay mal que por bien no venga. Será que en algunos casos sólo la adversidad puede unir las partes rotas del espejo. El Otro pierde su empleo. El Otro se enferma gravemente. Ella rehúsa la oferta del padre Ubaldo, hace de tripas corazón, remienda el viejo amor que hasta ayer pensaba echar a la basura y trabaja de sol a sol.
El Otro la mira con ternura y por las mañanas piensa que fue un estúpido cuando le levantó la mano y por las tardes pelea por convencerse de que se trató acto imprescindible para que las cosas retomen su cauce. Ella se ha cargado con tantas ocupaciones para no detenerse en aquello y lo bien que hace: si hubiera con qué volver atrás en el camino, ella no se soñaba de nuevo frente a la bifurcación sino que se remontaba mucho más atrás en el tiempo. Si pudiera elegir, sería de nuevo los ojos de su padre. La criatura vuelve cada tanto frente a la casita que pudo se suya, mira las paredes rugosas en amarillo pálido y le da pedradas a la puerta.
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