El duelo
Nunca supe del todo si el episodio en cuestión fue tan cierto como lo describieron mis amigos, todos ellos, yo mismo, contertulios de un bar de las afueras del pueblo, La cartuja, que no por retirado carecía del glamour que nosotros, hermosamente veinteañeros, pretendíamos y todo a un precio que no turbaba demasiado la economía familiar.
Había uno que no tenía veinte años sino varios más y por eso se había convertido en líder. También pintaba y hubo quien se atrevió a decir que era dueño de un talento singularísimo, que sin duda en un país como la gente sería celebrado y lo bastante compensado como para andar como él, boyando como bola sin manija, durmiendo donde lo agarrase la noche y comiendo de lo que le daban.
Volvía, me cuentan, cada tanto a la casa de su madre, una pobre pensionada que, se sabe, cobraba la miseria que cualquier jubilado y un poco menos incluso después de que el gobierno la obligó a abrir una cuenta en un banco para depositarle esa miseria, a cambio de dos monedas mensuales.
Y cada vez que llegaba la viejita sola, pobre, cada vez más llena de achaques, lo recibía con alborozo, acaso creyendo que era el hijo pródigo que decía la biblia y la gente de la iglesia, freía milanesas, lavaba, planchaba y cosía camisas, pantalones, y, con lo poco que de vista conservaba, veía a su cachorro brillar en mofletes y en zapatos recién lustrados.
Ya casi no pintaba. Gustaba de quedarse en casa de su madre y apenas salir, cada tanto, a buscar alguna de las amigas de los viejos tiempos, como quien busca inspiración. El resto de la vida se le escurría en dormir. Soñaba obras inmensas, ya no paisajísticas, sino otras que contuviesen un fuerte mensaje social.
Delante de sus amigos hablaba de esas obras soñadas, de las grandes ofertas que sus contactos le acercaban y él dejaba ir, no sin alguna excusa que a todos se les ocurría ingenua. Mencionar, por ejemplo, a Hilda, una chica bien que, con amor distraído, solía quererlo, o a la Rubia, ninguna gran cosa, digamos que no para hacer roncha delante de gente y alguna que otra, tal vez más olvidable.
Las chicas, ninguna de ellas, era bastante razón, todos lo sabíamos, y también que él llevaba cada vez más tiempo lejos de la paleta, ocupado en aceitar contactos que, sin ninguna duda, le acercarían ofertas más y más tentadoras. De hecho, cada tanto se ausentaba y a la vuelta nos decía que había estado en lugares que a nosotros se nos hacía cuento donde había trabado amistad con éste o aquel pintor por ese entonces muy respetado y galeristas y una mecenas que, bueno, estaba muy interesada en él, en su obra, por cierto ausente de la muestra porque lo llamaron un poco de apuro y no tenía nada listo.
En fin, a la vuelta de alguno de sus viajes, él, en el bar de siempre, desplegaba cuanto podía de su verba ante los amigos y, hay que decirlo, el resto de los parroquianos, tal vez convocados por el elevado tono de voz, o por la creciente fama barrial del pintor de obra desconocida, paraba un poco la oreja con tal de tener con qué darle a la sin hueso. Sin duda alguna es eso lo que ensucia este recuerdo. Alguien dijo más de lo que en realidad sucedió. O menos. Nadie me lo dice a ciencia cierta.
Al parecer, un jovencito se arrimó a la mesa del pintor y sus amigos, interrumpió la acostumbrada perorata que a todos parecía gustarles y a boca de jarro le espetó:
–Callate, dinosaurio.
Con treinta y dos años según lo que figuraba en la cédula, digamos que el pintor no se cocía con el primer hervor pero, queda claro, la provocación sólo pudo provenir de un adolescente. O bien, según la versión de los muchachos, el mote aludía al estilo que el pintor profesaba, algo que de lo que nunca estuve convencido. Después de todo, eran bien pocos los que podían permitirse ese juicio. La mayoría, por no decir todos, profesaba una casi perfecta ignorancia plástica, lo que resaltaba la condición clandestina de la obra.
Ahí nomás el pintor invitó al joven a pelearse en un sitio más apropiado. Ésa fue la voz de alerta y toda la concurrencia del bar La cartuja acompañó a los devenidos duelistas a la solitaria oscuridad de un callejón aledaño.
Mientras el pintor se quitaba la campera, el jovencito, ajeno a los códigos de la pelea a mano limpia, asestó el primer y certero golpe. Un poco aturdido por la jugarreta y por el involuntario cabezazo a un estruendo de lata que nadie vio, el pintor se incorporó y no tardó en propinarle a su oponente una paliza de la que no se olvidará, me cuentan, en lo que resta de vida.
Hay quien tomó el último gesto del pintor (un sonoro pisotón que de seguro fracturó los dedos de la mano derecha del muchacho) como el golpe de gracia, el punto culminante de un artista que se despide para siempre de su obra. Más: varios se imaginaron que la lesión dejaría al retador imposibilitado de pintar por un buen tiempo, si es que ése era su oficio.
–Por boludo –dijo el pintor, a modo de despedida, mientras se calzaba su abrigo.
Si yo no estuviera tan cierto de sus dones, si yo sintiese este orgullo por ser su amigo, si no hubiese participado jamás de esas tertulias y fuera apenas un extraño, juraría que fue un asunto de polleras, pero mejor que otros se ocupen de decirlo.
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