Bloques para un hogar

Posted by Jorge Mayer on February 27th, 2006 filed in Artificialia

Si Horacio no ha sido hasta aquí un padre ejemplar es por falta de tiempo. Con tal de ganarse su sustento y el de los suyos ha trabajado de sol a sol todos estos años y si algo le ha caído en suerte, eso es vivir en un barrio de casas más bien modestas donde todos, quien más, quien menos, se las ingenian para juntar unas monedas para, al cabo de unos meses, levantar una pared aquí y otra más allá, todo sea por el inconfesable sueño de hacer que esa casa hecha de molestias y privaciones sea de una buena vez un nido confortable. Entonces casi donde uno pose la vista encuentra piecitas hechas con más esmero que recursos, con paredes hechas de bloques, porque aquí no se conoce el ladrillo, lo que a falta de afeites y revoques le da al paisaje un aire de perpetua obra en construcción.

Y Horacio es, además del esposo de Olga y el papá de Negro y Cachete, el dueño y esclavo de la pequeña factoría de bloques. Al principio los hacía casi a mano, quiero decir: echaba el cemento sobre un molde metálico y lo volteaba sobre la cancha a esperar que el sol le diese el punto óptimo de cocción. Así, uno por uno, filas y filas, con bloques de 20 y bloques de 15, que esperaban su turno para ser apilados por un breve período con los demás que ya estaban terminados y, dios quiera, marchar en la camioneta de algún comprador a hacer tapiales y medianeras. Pero un día por fin pudo comprar una máquina que decía ras tas tas y los escupía de tres en tres a los de 20 y de cuatro en cuatro a los de 15.

Por eso Horacio, y con él todos los niños de la cuadra, profesaba un religioso odio por los gatos. Es que esas bestias tenían la maldita costumbre de andar en la noche sobre los bloques frescos y eran muy capaces de hacer cagar la producción de toda una tarde, trescientos, qué digo, quinientos bloques hechos un pedazo de cascote por culpa de estos sinvergüenzas. Había que envenenarlos. No quedaba otra.

Todo para él es la bloquera salvo el tiempo que dedica a corregir a su esposa, la Olga, que no hay día en que no le dé una buena causa para que él reniegue y se vea en la obligación de reprenderla, gritarle y, por mucho que los vecinos intenten cerrar los ojos, quién sabe si no también de pegarle, porque en las noches, eso es, sobre todo por las noches, cuando todos por aquí tratan de pegar un ojo, desde la casa de Horacio surge un sollozo ahogado que se para en el borde mismo del silencio como quien reclama clemencia o ayuda pero prefiere ser discreto, total que a esas horas ya es demasiado tarde, no queda encendida ninguna luz y mañana de nuevo hay que madrugar.

Todo es la bloquera salvo por el espacio que ocupan las dos piezas que la familia ha tomado como hogar sobre uno de los costados del terreno y que, como si no esperasen otra visita que los vehículos que traen cemento y se llevan bloques, no tiene una puerta principal que da a la calle sino propiamente un vacío que impone la vista, en casi toda su extensión, de la cancha, ni más ni menos que los bloques recién salidos de la máquina alineados en perfecta escuadra que se orean sobre un piso llano de cemento que sólo cede ante la frontera con las fincas linderas. Hay además una cisterna, los bloques terminados formando una pila, un galpón desvencijado y, acaso como recuerdo de la tierra que sobrevive bajo el rudo cemento, una planta de damasco.
Daban un poco de pena esas criaturas que si querían tierra para jugar tenían que salir a la calle o pedir permiso para meterse en la casa de algún vecino que de paso les limpiara un poco los mocos y les ofreciera una taza de leche, ya que en su casa nadie se ocupaba de Negro y de Cachete y los dejaban andar solos bajo el impiadoso sol del verano o en esos días en que de tanto frío no daban ganas de abrir la puerta, y ellos, pobrecitos, los pantalones rotos y sin campera.

Es que en realidad nadie sabía demasiado de Olga, esa gringota con los ojos hundidos hechos para llorar y llorar que no tenía amigas y apenas salía muy de vez en cuando a hacer las compras. A lomo de eso las viejas chismosas tuvieron mucho que decir el día que los vieron caminando de la mano por la plaza como dos novios, él con una camisa blanca impecable y ella con una sonrisa de estreno. También blanca. Qué estará por pasar, decían, como si el paseo de la pareja resultase un mal augurio o el anticipo de que algo no sería en adelante como solía ser.

Por eso, o mejor por otras razones que nada más que ellos saben, la tarde del 16 de enero Horacio y los muchachos cargan en su furgoneta todas las cosas que puedan arrancarse de esa casa y ponen rumbo a otro sitio, a lo mejor una casa con patio para que los críos crezcan al cobijo del pequeño mundo que les sea entregado en custodia, porque muchas veces, aunque al principio cueste creerlo, la vida se pide a sí misma una segunda opinión y a unos y a otros les da la chance de jugar el juego con baraja nueva, que es lo que a Horacio y a los chicos les hace falta. Sobre todo ahora que saludan al barrio haciendo chau con la mano y el barrio quiere llorar pero no puede porque ha gastado todas sus lágrimas el día en que se cumplió el presagio de que algo pasaría y Olga se marchó.

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