A la vuelta de un viaje a Oniria

Posted by Jorge Mayer on March 26th, 2007 filed in Artificialia

Acabo de contarle mi rutina cotidiana a alguien que se sorprende que pueda venir a trabajar a las 6.45, hacer vida civil y sacarle todo el jugo posible a la noche. Eh!, el ideal tuyo sería un día de 36 horas, me dice. Le respondo que esas horas, son las siete y media de la mañana, me vería igualmente cansado.

¿Y si fuera cierto que hay una pastilla que nos permitiera estar descansados con sólo dos horas de sueño al día?

No sé de dónde extraje alguna vez un detalle que me gustó mucho: el sueño es el metabolismo del pensamiento.
Pues bien, suponiendo que encontrásemos un remedio a la fatiga que no suponga el acto de dormir, ¿con qué sustituiríamos al sueño? ¿con alucinógenos?

Si se recomiendan ocho horas diarias de sueño, diríamos que la relación ideal vigilia/sueño es de 2 a 1; pero la vida moderna nos ha limita a escasas seis horas de sueño, con lo que la relación es de 3 a 1. ¿Qué pasaría si extremásemos el cociente hasta llevarlo a la friolera de 11 a 1?

Suponiendo que a mayor vigilia, más pensamiento, tendríamos también un aumento de los residuos provocados por su acción pugnando por el cada vez más breve período de sueño. A juzgar por mi experiencia en la materia, creo que el resultado que cabe esperar de este engendro es una sucesión enfermiza de pesadillas en technicolor.

Por ganarle tiempo al tiempo, anoche, al cabo de la cena frugal con la que acompaño a mi vasito de vino tinto y antecede al último cigarrillo, decidí aprovechar la fresca y acostarme una hora antes de lo habitual. Naturalmente que, para hacerlo, me puse la ropa de Finnegan -aquel escritor parido de la entrañable pluma de Scott Fitzgerald- y solicité una prórroga más a una contestación que debo y a la composición del mapa de un cierto relato que no puedo ordenar con mi propio fluir.

A resultas del experimento me declaré descorazonado. Sólo logré despertarme una hora antes. Eran las cuatro y media. Me soñaba en pleno escarceo con ella. Le lengüimordisqueaba la pantorrilla, como suelo hacer cada vez que alguien nos interrumpe y ella, con inaudito profesionalismo, atiende el teléfono, finge compostura, y soporta mi desordenado ataque a traición. Superado el escollo de la llamada, yo le oía decir, o incluso mejor: mi anarquía hormonal ponía su boca un balbuceo y el balbuceo revelaba su voluntad de ser faenada allí mismo y sin más trámite para darse en banquete a mí. Sin dejar de hacer lo mío, dejaba volar la fantasía hacia esa improbabilidad cuando me desperté.

Volver a dormirme por un lapso tan breve como el faltante para que el reloj diese la alarma, me condujo a un semisueño más cercano de mis cavilaciones vespertinas que al programa anterior. De nuevo me trababa en lucha. Esta vez contra un bosquejo. Un manual para el amante caníbal. Se me hacía agua la boca con sólo evocar la sal que empaña el gusto en las tardes de calor.

La decisión me tomó a mí. Sólo faltaba poner manos a la obra.

Pediría el consejo de mis amigas para los capítulos estrictamente culinarios. Hay en el mundo de las especias, según me cuentan, las Indias que yo aún no he descubierto, y puntos de cocción insospechados, que varían conforme a la edad del amante y la presa elegida para la oportunidad, y un vino ideal para acompañar cada plato y una mesa apropiada a cada motivo.
Para ahondar en los secretos de la faena, recurriría a la sapiencia de mi padre, en lo posible a través de una experiencia que me permita vivenciar cada paso: la preparación del individuo, su alimentación durante las horas previas, el sitio justo para practicarle el corte letal evitándole tensiones innecesarias, la técnica del desposte para el aprovechamiento óptimo de cada pieza seccionada.

Y bon apetit.

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