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Tengo una petaquita… | Kaputt.it

Hay una vieja canción infantil que dice:

tengo una petaquita, para ir guardando, las penas y penitas que voy juntando…pero algun día, pero algún día, abro la petaquita y la encuentro vacia….

Me la había olvidado pero la recordé de golpe recorriendo un museo en Delfos. En las civilizaciones antiguas las lágrimas no se escondían, como ahora, sino que se guardaban. En ese museo vi recipientes de barro chiquititos hechos para custodiar lágrimas. Se parecían un poco a los frascos de khol (un polvito que usan en oriente para ennegrecer la mirada), pero eran todavía más diminutos.Cuando volví de Grecia, traté de averiguar cuál era el sentido de esa paciente búsqueda de lágrimas, de su envasado cuidadoso y de su enterramiento. En el museo habían examinado y catalogado todas aquellas ánforas, pero habían olvidado explicar el porqué. Pasa seguido en los museos, que no necesitan porqués, sino objetos. Múltiples objetos. Cualquier cosa adquiere legitimidad, e incluso belleza, sólo por ser antiguo. Me sorprendió siempre que los curadores de esa exposición de Delfos no tuvieron en cuenta que las lágrimas se evaporan. (cosa que sí tiene en cuenta la canción popular latinoamericana que se les enseña a las nenas de chiquitas). De ahí su grandeza -la de las lágrimas, evidentemente, no la de los curadores.

Al margen de los surcos que sean capaz de trazar bajo los ojos en su lenta caída salada hacia los labios, las lágrimas no dejan huella alguna después de haber descrito su curso. Ni la mirada enrojecida ni la voz entrecortada por el hipo ni mucho menos los mocos acuosos, duran lo suficiente como para convertirse en piezas de museo. Aunque sean délficas. Tal vez bajo tierra, al calor de un túmulo, las cosas hayan sido diferentes. A lo mejor las lágrimas de los antiguos griegos descansaban en paz junto a sus tumbas hasta que los arqueólogos decidieron exhumarlas. Al fin y al cabo, es el aire el que apaga las velas. Las lágrimas expuestas a la vista de todos son lágrimas expuestas a la vista de nadie. Inevitablemente, acaban por evaporarse.

En un libro leí que para los griegos el llanto era un envío de los dioses. Júpiter Tonante y su séquito de divinidades camorreras descenderían del Olimpo como si fueran ríos, dirigiendo el caudal descendente de la emoción o de la pena. Algo parecido se puede leer en el Libro de las Mutaciones, glosado por Confucio: “El corazón, igual que el agua, define su sentido en la caída”. Me atrajo la idea de que las lágrimas, que nuestra sociedad, en el mejor de los casos, sólo perdona (y, en muchos casos, hasta proscribe) habían sido vistas, en otros tiempos y lugares, como un don de los dioses. Se dice que, amparados en esta creencia, los griegos no querían dejar caer el llanto al suelo, porque sería indigno de su alta condición. Por eso lo encerraban en esas vasijitas, que luego depositaban como ofrenda al lado de sus muertos.

Cuando yo era una beba, lloraba cada vez que mi madre ponía música. Las primeras veces, apagaba, convencida de que no me gustaba esa música, hasta que descubrió que lloraba precisamente porque me gustaba. Temo que, con la edad, es fácil ir perdiendo este tipo de llanto. En mi caso todavía sigue ahí, a flor de párpado pero en ocasiones puntuales, que en todo caso no voy a comentar acá. En cambio, aclararé que es el tipo más noble de la taxonomía y, tal vez por eso mismo, también el más discreto. Lágrimas como estas podrían ser guardadas en vasijas, con etiquetas pegadas para despejar la incógnita: “llanto de gratitud”, “llanto de película de Lars von Trier”, “llanto de aprendizaje”, “llanto por robo de cartera”, “llanto por hijos desobedientes” “llanto de virus en la compu”, “llanto por amor inconveniente”, y así sucesivamente.
Después está el llanto de los exhibicionistas. Este tipo de llanto, entrecortado y audible, caracteriza a quienes practican el chantaje emocional. En los casos más incorregibles, va acompañado de pequeñas convulsiones que lo hacen muy espectacular. Cada vez que a mi lado alguien llora así, pienso que las súplicas de su alma pueden desatenderse, pero siempre que un cuerpo tiembla contra otro cuerpo se activa la memoria de la carne, y con ella cualquier perdón. Sin embargo, al ser este un llanto básicamente terrenal, es difícil de guardar, porque en cuanto se vierte las ánforas se rompen.

Entonces breve tipología provisional de lágrimas: Las que no se ven pueden guardarse y activan el sistema de riego del espíritu (sin hijo ni paloma); las que se ven quiebran el cántaro, como en el cuento de la lechera, pero salen al mundo de las cosas.

 

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