Radiodespertador
Posted by Daniela Gutiérrez on March 30th, 2006 filed in ArtificialiaHacía muchos años que no lloraba tanto. Fue una tarde, desconsoladamente y en secreto, a meses de estar viviendo en Argentina: sin querer rompió su despertador. Objetivamente era una estupidez, lo sabía, incluso siempre deseó vincularse con las cosas sin hacer de ellas otra cosa que lo que son. Fue un regalo cualquiera que alguien le hizo al cumplir 16. En aquel momento ese aparato era una verdadera rareza modernosa: Eléctrico y con radio… pero desde entonces durmió siempre a su lado.
Viajaba mucho y cuando estaba lejos ese ridículo despertador naranja resumía su equipaje más pesado: memorias de mañanas deliciosas, noches de amor interminables, recuerdos ya lejanos de puerperio temprano y alienado a causa de una beba insomne y hambrienta. Todo. Era una síntesis que latía sin ruido. Corazón auxiliar. Cajita de música. Cuentavida.
Cada mañana, el terrible momento de abrir los ojos era amortiguado con alguna música o voz reconocible y plácida. Ésa era su condición esencial, para ella un objeto tan cercano necesita las características apropiadas para el trato íntimo.
Pero cayó y fue mil pedazos. Sin arreglo posible, ella juntó los pedacitos y los guardó dentro de una bolsa en el cajón de la mesa de luz.
Apenas dejó de llorar notó que eso era irremplazable pero que necesitaba al menos uno cualquiera, aunque sólo tendría de aquél esa torpe utilidad de máquina. Hasta pudo esbozar una sonrisa pensando en la analogía con otros amores.
Estar en un país ajeno, hablar con mucha dificultad y pocas ganas, haría más difícil conseguir uno nuevo. Equivocarse podría alterarle la vida, socavársela, sin terminar de entender cómo y por qué.
Para estar cerca de su almohada el nuevo tenía que gustarle, porque sería su única compañía en momentos de desamparo: el instante en que su sonido la arrancaba de los sueños, metáfora de la muerte, para comenzar el día. Despertar siempre le había resultado un momento fatal, ni el más bello e inteligente de los hombres con los que llegó a amanecer había sabido curar ese temor: después de una felicidad que podría durar cerca de mil y una noches, empezaría inevitablemente la realidad que sobreviene siempre cuando lo bueno termina. A falta de caricias, que son ideales, una voz o una música se le volvieron día por día necesarias.
Había heredado de su madre una afinación notable de los sentidos más ciegos. El gusto, el olfato y el oído le deparan placeres increíbles. El sabor, el aroma y el sonido tienen profundidad, textura. En las varias lenguas que había oído desde la cuna, la voz se describe con metáforas de roce: rugosa, áspera, suave, aterciopelada. Para nombrar lo que el sonido le produce ella habla en acordes, volúmenes, rastros, huellas. No podía pensar su vida sin un sonido que la temple. El despertador argentino, entonces, llegó a su mesa de luz, programó el despertador y dejó el dial en cualquier lado. Se durmió extrañando al otro por anticipado.
A las 7 y un segundo, de la mañana del primer día de su primer abril en Buenos Aires, supo que inauguraba un mundo de recuerdos nuevos, todos ese castellano único del río de la plata hablado por varones.
Por supuesto que ya antes varios varones le hablaron, pero fue esa voz. La primera palabra que él dijo cerca de su oído, ésa que resonó hasta hacerle abrir los ojos, ese monosílabo que la devolvió a la vida en vela, con unas cosquillas desde el rulo más chiquito de su pelo hasta allí, abajo, donde las palabras se hacen mimo.
“Sí”, dijo él.
Cuando le comentó a su amiga, recordó que cada oído es distinto. Ella se rió. Eligió de todos modos no cambiar el dial de sitio y seguir ese azar que ahora le parecía destino.
Supo, que había alguien cuya voz le ayudaba a mantener la clase de memoria de la carne que le está reservada a las palabras. Algo como una química más física. Necesitaba un hombre y empezó por la voz. Radical, determinado, in-tenso y decidido. El locutor en cuestión daba un mail y un número de teléfono invitando a llamar. Ese varón argentino de hablar caliente, directo era también de querer interlocutores. La voz quería escuchar. La enamoró. Un día hablaron sobre un tema coyuntural, a ella la voz le temblaba pero él oyó también en ese tono ajeno un sabor salado de sangre entre palabras.
Al terminar el programa la llamó. Tenía un hablar atrevido pero suave, como autorizado por un cuerpo que ella intuía seguro y generoso. Se hablaron durante meses a diario, y ella no sólo dejó de temblar sino más bien empezó a descubrirse capaz de encontrar palabras que juntaran para él su lengua y su corazón. En la boca adecuada, cada palabra conserva el borbotón, la dicha, el vómito o el exceso que la hacía nacer de las mismísimas tripas.
Como a cada voz le corresponde una boca, y sus bocas hablaban lenguas distintas, esa pizca de ajenidad, de extrañamiento les permitía ‘en lengua prestada’ decirse de todo. Los dos supieron que el intercambio y el juego los liberaba y aunque ambos sonaban no-propios, nunca habían dicho antes cosas más verdaderas.
Se puede ser grande y balbucear, hablar media lengua infantil y a la vez entender que en cada cosa pronunciada se dice el cuerpo del otro. Ella fue cartografiando en pentagrama su volumen y su textura. En la diaria conversación de sus voces, siempre estaba ahí la certeza de que ningún sentido libera del todo la angustia ni viste toda la desnudez.
No se encontraron nunca, y sin embargo ella cuenta que aprendió a precipitar en castellano, que había palabras descorchándole el deseo para aflojarle el diccionario mental y dejarse estar, caer. Gracias al despertador argentino ella supo qué tan fácil es claudicar en otra lengua, y pudo inventarse en castellano el desear a un desconocido. A desearlo por el oído. Agujeritos de la cara que se le dieron a conocer tan deseantes como otros.
Al nuevo despertador le reserva la memoria de sus nuevos gustos.
March 30th, 2006 at 3:03 pm
felicitaciones a kaputt por la niña gutierrez.
March 30th, 2006 at 6:35 pm
Sí sí, estoy de acuerdo con vadinho.
March 31st, 2006 at 3:15 am
Felicitaciones, Dani. Besitos.
March 31st, 2006 at 11:44 am
Volvé Daniela… dale. Como siempre un placer.
March 31st, 2006 at 1:18 pm
Odios los despertadores en todas sus formas. Con los viejos, los que hacen tic tac, no me puedo dormir. Los digitales que emiten un silbido me provocan un despertar traumático. Una sola vez dormí en casa de un familiar y había un depertador de esos con radio, la experiencia fue terrible, no sabía que estaba puesto a todo volumen y a las 7 de la mañana me despertaron los gritos de Larrea en radio Rivadavia, con toda es saturación de ruido propia de al AM. Que asco.
Un beso para vos Daniela