Porque sí
Porque sí. Aparezco porque tengo ganas de vos. Porque como siempre, ya sabés: hago exactamente lo que quiero.
Y no es que busque vengarme, no soy de esas. Siempre viví de tangencias instantáneas, de leves roces, para después otra volver a la intemperie.
Me gusta eso, tenerte y dejarte, una vez y más. Como la escritura que no se deja atrapar del todo, mi cuerpo y el tuyo, fueron hechos a medida de la fuga.
¿Y qué mierda me importa de esa mina en el súper?, nada. De sus tetas descomunales y ordinarias, nada. Lo que entre nosotros puede volver, por vez mil, es siempre un fulgor momentáneo infinitamente mas intenso que cualquier lastimoso reencuentro o pase de facturas, o ese provocador “vengo a buscar lo que me pertenece”.
Vos lo sabés, yo no tuve nunca nada, y esa liviandad es mi tesoro. Nunca fui totalmente tuya, ni de nadie. Y si bien dejé que me tomaras por atrás, en el ascensor (lástima enterarme que se lo haces a todas…oh! esa predilección por la propia destreza) lo hice porque lo disfruto. Cada embestida tuya fue un placer intenso que se multiplicaba por efecto de los espejos. Tu cara, la mía, tu pelo y el mío. Ese jadeo largo lúbrico, léxico, agitando el ascensor como una coctelera lujosa.
No te tortures, mi cielo, “mentiroso, boludo e idiota” son sólo volutas espasmódicas de la lengua para disfrazar lo que realmente sos: un hombre.
Qué otra cosa puede ser un hombre de verdad, sino un diletante y casi siempre derrotado? Pero vos sabés que no necesito ese disfraz de gatúbela en celo, no, yo soy una mujer. Una con todas las letras en su lugar. Por eso detesto las minitas que alardean completud. Y te encantan. No va conmigo, yo tengo mi falta ahí, y ahí se esconde el secreto.
Soy tan real y tangible, como la carne que envuelve mi esqueleto y que a pesar de los años, conserva toda su turgencia, su plasticidad, su auténtica y satinada tensión. No necesito la juventud, me es suficiente con haberla vivido toda y disfruto ahora de lo que aprendí. Ninguna nostalgia de los 20 ni de los 30, los años siguen pasando y me encuentran contenta y satisfecha. Y a pesar de que algunos, con años menos, siguen apeteciendo mi compañía.Yo feliz, con los pocos adornitos, la poca ropa, la cara lavada.
Pero lo importante es que me tenés acá. Y no hace falta siquiera que trabajes mucho para dejarme desnuda, para quitarme esta remerita blanca que marca mis pezones. Alertas, al alcance de tu mano y a su medida.
Y la pollera se desliza apenas me mueva inquieta e impaciente con sólo mirarte. No llevo ropa interior, me la quite en el ascensor pensando en vos delante de mí, pensando en ahora. Quería llegar a tu puerta y estar lista. Sin necesidad de hablar, de decir, de pronunciar nada que nos perturbe. No quiero sino escucharte tras de mí, susurrando en mi oído las ganas locas de dármela otra vez, de cogerme como crees que nadie lo hace. Así, porque el deseo no te hace más vulnerable que a mí. Yo también soy su rehén, su presa. Yo sé que es verde su color….es- ver-de hacer algo con él. Y nada más que entregarnos a su tiranía, dispuestos a todo para luego despedirnos. Sin lágrimas, sin reproches.
Nunca lamentar habernos entregado una vez más, (ay! nuestra concupiscente curiosidad agustiniana, amore) al derroche de energías que mas nos divierte, al despepite de vivacidades estrafalarias que la minita del súper no puede siquiera pensar, este culipandeo culinario, este trepidar en el trepar de titánicas tarántulas… sobre tus muslos. Acecha mi concha peluda tu arma poderosa. Mis ojos se clavan en los tuyos, mi boca busca la tuya, y quizás sea la ignorancia total de esta caída en la mutua invención de otro cuerpo de dos lo que me trae por acá, lo que me intriga de nuestros súbitos e intempestivos encuentros.
Tu humedad, y la mía, y vos hundido y retirado. Las manos que repican con brusquedad de espasmo. Mi lengua de seda, decidida, mi lengua y mi boca te rescatan de tu función lineal, esa de sentarte y escribirme, pensarme. No nos sobrará nada.
Y volveré a escabullirme, extremarás entonces tu mirada como un microscopio sobre la palabra, hasta dejar el hueso del sentido de los sentidos en total desnudez.
Te dejo para leerte, para que te masturbes sobre las páginas en blanco, para que me desees en el idioma que es carne. Escribime, para que mis ojos sigan tus letras en la distancia como si te mordieran, para que aprenda a nombrar lo que nombras en sus raíces crudas. Quién te dice, ¿no? a lo mejor es en una de esas bestiales pajas donde descubras la aguja increíble de una palabra indeleble, la palabra completamente original y al verla sabrás que ni ella ni yo podremos tener olvido.
Un beso.
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