La actividad es morosa, febril, como ocultación. Simulada, distraída, que trata de disuadir la atención del observador hacia aquello que manifiesto, apenas constituiría una máscara, un señuelo, un mero encubrimiento. Esta actividad, es, parece, la de hilar y tejer. ¿Hilar qué? ¿Ocultar qué? ¿Qué dolor, que ausencia monumental pretende cubrir la trama del tejido?

Primer punto
Sólo tejiendo puedo pensar en él, dice Penélope la de las manos jubilosas, el monte de Venus más alto que la luna, más que todos los montes. Teje Penélope entre Venus y montes, de luna a luna. Punto tras punto sobre la aguja sonora que con su proa insinuante de armonioso tic, tac, se apropia del sueño, le usurpa su centro, su tiempo de marejada, sus danzas temerarias. Lentitud umbilical la de Penélope, núcleo atormentado anudando pudorosos velos: o una sola historia. Penélope origen absoluto de la imagen ausente, conciencia precoz de una cadena donde lo verdadero ha renunciado a ser original y detiene. Paraliza. Devuelve al mundo.

Segundo punto
Penélope lejana, imagen espectral, sonámbula. Mujer onírica, crónica. La única. La de los sueños. Muerta o viva, Penélope serena, se escruta desde adentro, goza tejiendo en su antro poderoso, urdiendo la felicidad misma. Arrullada por lazos susurrantes que tejen rumores alados en el pubis, murmullos como virutas de lana, sordos, reiterados, similares a un lento fulgurar de vocales o amables gajos de fruta. Tiernas volutas, amasijos voluptuosos, musgos ablandando la calidad metálica del aire, preguntándose: ¿qué? ¿de quién? ¿qué de propio tiene nada, qué de pertinente? ¿de cuál lo suyo, de quién? Lo propio de yo ni tú ni nada. Así se pregunta Penélope. Ensimismados propios a flor de labios, vertientes de nadie, de no sé, quién sabe. Lo propio de Penélope. De quién. Me llamo yo, Penélope, como si lo fuera, como si ni un sí ni un no pudieran negarlo. Penélope en la ausencia de quien pudiera nombrarla, tocar su nombre, ponerlo entre sus manos como un objeto vivo y palpitante.

Tercer punto
Bella Penélope, de pubis descabellado, ridícula, tan infinitamente artificial. Flotando en un acuario con los pies descalzos, los aros tallados en rodocrocita y plata, gira que te gira entre los dedos la hebra ensalivada, propone un uso del tiempo. No se mira tejer, se contempla las manos. Su acción aumenta la urdimbre, coagula la imagen ausente del Ulises navegante. Penélope, adicta a los sueños amorfos se sumerge en sus aguas. Allí se resuelve la unidad de todos los elementos del texto escrito en otra parte. Quizás, en Itaca. Únicamente allí, en esos sueños, Penélope olvida el “rostro cuya ausencia es dolorosa”, aquél que genera su trama. Entonces, pozo sin fondo que trasiega la nave de Ulises, Penélope, puede vivir según el ejemplo del agua, que sueña despierta, contradictoria y única, delicada y feroz, profunda y sonora. El agua soñadora de la vigilia, el agua insomne de la promesa, de la esperanza, de la postergación.

Cuarto punto
Paradigma de la acción inútil, Penélope enloqueció. El dormir la extenúa y la vigilia en su enfurecido ir y venir, en su ida y vuelta (derecho y revés de la trama, la otra vuelta) resulta tan fatigosa como el sueño. No hay día ni noche para Penélope. No hay revés. Penélope habita jornadas espléndidas, completas, que designan un tiempo enrarecido, fuera de serie. Hace mucho que Penélope se hace gregaria. No discrimina entre lucidez y sufrimiento, entre lo remoto y lo próximo, entre lo tangible y la ausencia que la devora sin pausa. Penélope, ignorante de las fronteras del tiempo y de las indistinciones del sueño, goza.
Quinto punto
En manos de Penélope la madeja exuda un polvo fino. Hilachas de plata, redondeles, bolas enmarañadas, flecos, signos indescifrables, más livianos que la ley, enredos, nudos, cadenas fulgurantes, motivos tremendos, efímeros como el sueño. Desechos de una actividad envolvente. Penélope se tejió la vida. La dibujó con la simplicidad de un tajo. Escueta, rotunda, desesperante, teje y desteje.

Sexto punto
¿Qué hace Penélope en su sueño? ¿Pierde el hilo? ¿Enhebra fibras rugosas, diseña cuerdas flojas? ¿Se hunde sin fondo, sin nada de nada? ¿Qué descifra? Un futuro posible donde pasado y presente se disgregan terribles y minuciosos como una enfermedad mortal. ¿Es puro destino, Penélope? ¿Es contagiosa?

Séptimo punto
Las agujas de Penélope condensan las posibles variaciones en un arquetipo. Penélope añoranza y envidia del pene, Penélope pudor, Penélope se teje la entrepierna para ocultar su falta. Penélope lugar común, refugio de un destino que ignora la trágica necesidad de convertir al cuerpo en un campo de batalla, que renuncia a hacer que el mundo se parezca a sus sueños.

Octavo Punto
Ella trama en ausencia de Ulises, que espolón. Bastón de mando, anima las agujas a la par y en su diálogo con el himen, define el vaivén, el ritmo, se adueña del vientre para tender sobre él, un velo de una sola palabra: ausente.

Noveno Punto
El trabajo de Penélope carece de sentido o sólo tiene uno: el de su instrumento, argucia de las agujas que penetran, encajan, nutren de puntos idénticos a cadenas verbales, una horizontalidad irreprochable.

Décimo Punto
Extraña voluntad la de Penélope, que no se proponga transformar el mundo. Penélope, esa grieta insaciable, ese esbozo de totalidad. Mujer, confusión entre estereotipo “principio de realidad”, temerosa de ser devorada por su madre. Teje su trama infernal, Penélope, avasalladora, intrigante, manipulando una sintaxis donde el yo se confunde con lo que dice.

Onceavo Punto
Una sola palabra introduce el riesgo de envilecer la imagen.

Doceavo Punto
Penélope no cumple su condena, la posterga. Penélope se urde por el revés, por el otro lado. Es un Edipo sin complejo, es el reverso de su tragedia. Penélope es también el tropiezo, el equivoco. O bien se cubre el sexo con una hoja de parra. Sus manos tejen solas, como si fueran de otro cuerpo, bajando y subiendo, atormentando los muslos, amasando, proponiendo una cierta interpretación que necesariamente excluye otras.

Treceavo Punto
Teje y teje su pubis angelical Penélope, su Ulises e Itaca, sus dublineses. Penélope es pura ficción y se superpone a Heracles que apaga fuego con fuego. A Penélope se le escapa un punto: Ulises. Funda una nueva carrera: el ejercicio de la virtud.
Catorceavo Punto
Penélope hembra de burdel, de lupanar, puta, altiva, de su casa. Mujer honesta, mero derroche satánico, perverso. En su hacerse cargo de “la tranquilidad de espíritu”, teje lo sombrío, el profundo aburrimiento, la vana melancolía, las articulaciones y los puntos cruzados, la ausencia. Así teje Penélope su morosa progresión expectante, erótica, salvaje.

Quinceavo Punto
Penélope sujeta a su identificación imaginaria. Penélope víctima de un sueño atroz, infinito: su vida pende de un hilo. Del hilo que, punto por punto, utiliza, para encubrir la enorme soledad de sus genitales y para hilar en su cilicio la catedral femenina del pudor. Como máscara, como resultado final de una monstruosa negación, tributo y lápida. Como punto final.

 

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