La Espasa Calpe, las tetas y -otra vez- historias de animales

Posted by Daniela Gutiérrez on September 28th, 2006 filed in Naturalia

En casa del abuelo de mis hijos hay una biblioteca enorme, incluye incunables y montones de libros que nadie ha leído jamás. Una biblioteca en el estudio tiene toditos los nosecuántos tomos de la enciclopedia Espasa Calpe y sus actualizaciones anuales.

Los chicos recuerdan que el papá les contó que en esos libracos ellos, los chicos de esa casa, en su tierna y lejana infancia buscaban palabras impronunciables para leerlas con frenesí una y otra vez esperando que surtieran algún efecto.

Cuentan que un día buscaron “teta”. Esa enciclopedia tiene algo maravilloso: incluye en cada entrada los refranes y usos populares historizados de cada palabra. Allí, en ese apartado, yo escuché contar que podía leerse: en una guerra valen más dos tetas que mil carretas.

Esa frase me pareció muy divertida y la junto con los datos acerca del mundo animal, que veo en documentales de cable y me resultan curiosos.

¿Será cierto que pueden más que mil carretas?

Tres características sobresalientes diferencian a las hembras humanas del resto de hembras de la familia viva: la pérdida del celo, la aparición del himen y los pechos. De las mamíferas, sólo las mujeres desarrollamos mamas que alcanzan su plenitud en la pubertad y permanecen hinchadas, tanto si producen leche como si no.

Sin embargo, nuestras antepasadas y nuestras primas contemporáneas, homínidas y primates, sólo desarrollan senos durante la lactancia. Por tanto, la interpretación semiótica, a efectos sexuales, es: “Cuidadito. Ocupada amamantando cría. Imposible embarazo. Vuelva durante el próximo celo”. Es decir, para los machos Sapiens, unos pechos hinchados significaban, hasta ayer a la tarde, “hembra no interesante para el sexo”.

¿Qué ocurrió entonces para que mujeres y hombres hayamos modificado fisiología y significado hasta desarrollar un gusto no ya por los pechos grandes, sino por los pechos enooormes ¡de plástico!?

Para Desmond Morris, autor de ese clásico, El mono desnudo, los pechos hinchados en la mujer imitaron “un par de nalgas carnosas, hemisféricas, desprovistas de pelo” para “desplazar con éxito el interés del varón desde atrás al frente”, animando de ese modo la relación sexual cara a cara. Esto habría ayudado, según Morris, a que las parejas “con vínculos” establecieran relaciones más amorosas —a través de las caricias eróticas sobre la piel desnuda—, a incrementar las posibilidades del orgasmo femenino y a instituir la familia monógama.

Pero esta teoría plantea problemas: mamíferos “monógamos”, como los zorros o los gibones, permanecen unidos fuera de la época de celo y crianza, por lo que ni las caricias ni la depilación son imprescindibles para vincularse; más: chimpancés bonobo y pigmeos practican la relación sexual frente a frente y ello no les ha llevado a formar familias monógamas ni a inventar religiones que los perdonen ante Dios; y más: clítoris y placer son anteriores al sexo “misionero”, por lo que “alcanzar el orgasmo” por verle la cara a un tipo —perdoná, Desmond— suena a más a egocentrismo masculino que a ciencia.

Lo cierto es que al principio las mujeres con senos hinchados seguramente resultaron muy poco atractivas para los machos. Imaginémonos, por ejemplo, que ahora mismo apareciera una generación de mujeres con un solo pecho: lógicamente, hasta varias generaciones después el fenómeno circense no podría verse como algo atractivo, ni mucho menos como interesante para la reproducción.

La explicación evolutiva más sencilla es que unos pechos grandes, en algún momento, empezaron a significar “madre potencialmente saludable”, dejando el camino abierto para que los hombres comenzaran a considerarnos sexualmente atractivas. Pero esto sigue sin explicar por qué se hicieron tan grandes.

La respuesta puede estar en que unos pechos hinchados y la ocultación de signos externos del período de ovulación ayudaron a las mujeres a sufrir menos el acoso sexual de los machos, permanentemente desesperados por reproducirse.

La paradoja está en que, al mismo tiempo, tuvo que ir desarrollándose en los machos “un gusto” por los pechos grandes ya que, de no aparearse, la especie podía desaparecer. Pero si las hembras poseían unos pechos que les cautivaban aun cuando eso sugiriera que no estaban en celo, los machos podían ver distraída su atención y mostrarse menos proclives a monopolizar el cuerpo de la hembra en un sistema de monogamia femenina impuesto por la dominación masculina.

A la luz de esta hipótesis, tres serían los beneficios directos que obtuvieron las mujeres con los pechos engañosos y con la ovulación oculta: 1) el genético, escapando al control de un mantenedor posesivo el tiempo suficiente para poder engendrar de otro varón mejor; 2) el material, escapando —siempre escapando— de los machos posesivos para intercambiar con otros sexo por bienes sin tener que preñarse en el proceso; y 3) el pre-consciente, obteniendo un mayor control sobre el propio cuerpo.

Desgraciadamente, también 3 han sido los perjuicios directos, a saber: 1) severísimas leyes contra la infidelidad femenina; 2) infinitas restricciones sociales para mantenernos vírgenes y castas; y 3) matrimonios con promesa de obediencia y subordinación.

Por eso y como siempre todo resulta siempre a favor y/o todo lo contrario.


2 Responses to “La Espasa Calpe, las tetas y -otra vez- historias de animales”

  1. vero Says:

    Quisiera escribirte varios fragmentos de un libro pero prefiero recomendartelo, “Mujeres que corren con los lobos”.Disfrutalo!!!

  2. equinoccio Says:

    buenisimo!
    salud!

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