June
A Chris
Ya sabemos que el paraíso no es la infancia, sino su memoria. A ese espacio sagrado Rilke lo llamó patria. Hoy tal vez prefiero el sosiego de una palabra más pequeña. Porque rima en asonante y no tiene diptongo (las dos certezas que tengo sobre lo que voy a nombrar), una buena palabra que se me ocurre ahora es alma. Debe ser ahí, en mi alma, en su pozo más profundo, donde guardo los recuerdos. La frágil polea de la escritura me ayuda, ahora, a hacer subir (ascender es también traer al presente) uno muy antiguo.
Yo tendría cinco años. La asistente social que visitaba regularmente mi casa había exigido que los niños concurriéramos al menos tres veces por semana al jardín de infantes. Lo hicimos durante medio año. La maestra era una chica típicamente inglesa, muy blanca y de caderas redondas, cantaba muy lindo y tenía el pelo en una trenza que le llegaba a la cintura. Para mí eso era un milagro. Se llamaba June. Un día miss June pidió que lleváramos a clase cualquier alimento para conversar sobre eso: una fruta, un poco de pan, arroz o algo de pasta, huevos… Cuando llegué a casa fui corriendo a contárselo a mi mamá, a quien siempre supe pródiga en tactos, cuidados y saberes. Fue a la cocina y, para mi sorpresa, volvió con un pote más bien anodino, de vidrio ahumado, cuyo contenido no se podía ver ni haciendo mucho esfuerzo. ¿Sería al día siguiente otro de esos momentos en que mi madre no colaboraría en absoluto con las expectativas de triunfo social que tenía ya a los cinco años?. “A ver a quién impresiono yo con esto”, creo que pensé.
Y la verdad es que los alimentos de los demás chicos sí se lucían. Por el patio del jardín, como si salieran de galeras y fueran un suculento aperitivo de la clase de miss June, fueron desfilando peras en dulce, naranjas confitadas, pancitos de todas las formas, fudge, tallarines, almendras sin pelar, arroces integrales y un sinfín de manjares más o menos exóticos que, aún en crudo eran como promesas de toda clase de placeres terrenales. Ahí, al lado de todo eso, mi tarro de vidrio oscuro no podía ocultar su insignificancia. Eso creía yo.
Cuando dejamos el patio y entramos a la sala, miss June hizo acopio de nuestras provisiones. Uno a uno, se las fuimos dando. Ella las miraba con cuidado y después las iba agrupando en distintos montoncitos. Yo esperaba, temerosa, a que llegara mi turno. Tal vez temía ser puesta en evidencia: “Esto no es un alimento, sino una simple botella”. Como anticipo de un desastre inminente, empezaba a sentir el calor del rubor que comenzaba a apropiarse de los lóbulos de mis orejas. En efecto, primero miss June frunció el ceño. Con mañas de sabueso, y una muy profesional desconfianza, inspeccionó minuciosamente el tarro. Cuando lo destapó para ver su contenido, esbozó una sonrisa enigmática y dijo: “Esto lo guardaremos para más adelante”. Por primera vez volví a mi casa llorando.
No sé cuánto tiempo pasó. Creo que cuando somos chicos medimos el tiempo a partir de indicadores más elásticos: la duración de un caramelo en la boca es más bien larga; la caída de los dientes de leche, repentina; la eternidad, podría ser definida como el tiempo que tarda en crecerle el pelo a una muñeca luego de nuestros tijeretazos.
Pongamos que pasaron unos días, miss June abrió el mueblecito en el que había guardado el pote de vidrio ahumado, que lo destapó, que fue a buscar un plato, que lo volcó, que en forma de castillo de juguete apareció ante nuestros ojos atónitos, tachán, tachán, un hermoso montículo de yogur.
Había que esperar. Esa fue la primera lección de mi vida, impartida por una adorable -otra vez, de nuevo, adorable- miss June. Para que de la leche se obrara el kefir, y del insignificante tarro, un vientre de ballena. Tampoco es que la lección me haya servido de mucho: me sigo impacientando muy seguido. Pero para las cosas que verdaderamente lo merecen, trato de no dejarme secuestrar por el apuro.
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