Lo que realmente me queda es lo que guardo: lo que no echo a perder, lo que no tiro, lo que pongo en cajitas o anoto en cuadernos que luego voy atesorando. “Vos creés que sos fea pero no sos: sos la más linda y yo te quiero”, eso dice uno de los papelitos y tiene un corazón dibujado al costado, el clásico que está atravesado –premonitoriamente– por una flecha.

Cuando Daisy me contó cómo lloró el primer día en que su hijo de 3 estuvo todo el tiempo que dura una hora en el jardín de infantes, saltando y feliz, no me reí. Es más: llegué a casa y pensaba escribir sobre jardines y adaptaciones. Cuando de pronto lo que venía madurando desde hace un mes, explotó.

Hay jardines y jardines, el de infantes es uno. Mi experiencia con cada hijo fue distinta. Con cada uno: pasé ritos de crecimiento varios, con todos los bemoles, dudas, inseguridades y pocas certezas que seguramente pasan todos los padres. En algún caso también hubo ritos profundamente definitivos. Creo que me pensaba como una mujer que ya había vivido “todo” al menos una vez y era acervo de experiencia.

Me equivoqué. Estoy devastada y sorprendida ingratamente por mi propia vulnerabilidad. Me pongo mal apenas intento pensar qué mierda me pasa con esto que vivo ahora, cómo es que me duele tanto, cómo me creí tan canchera, cómo me agarró mal parada… Estoy tan triste que el relato de Daisy me hace llorar a mares. Me hubiera gustado decirle que se dejara de joder, que lo suyo no es nada… que hay jardines en los que se entra para quedarse, para no volver más, para no querer el regreso a casa por nada del mundo.

Juan entró al jardín de las delicias, mordió la manzana, jugosa, roja, fresca, disponible y le gustó. A sus casi 17 años está estrenando el amor, está entregado al encantamiento de un cuerpo de mujercita, al sopor de ensueño permanente, al arrullo de su voz de sirena. Es conmovedor saber que el que fue mi bebé, está descubriéndose hombre pequeño con un porvenir delicioso y extenso. Es feliz, está enamorado por primera vez y correspondido con una intensidad fervorosa, afiebrada y festiva. Me hace bien saberlo creciendo, capaz de hacer feliz a alguien, que ella sea un encanto –o lo sea para él–, pero estoy triste. Me angustia mi propia ambivalencia.

Por no perder la compostura ante el mundo, ante mí, ante el padre de Juan, ante mi analista, me muestro y quiero sentirme políticamente contenta. ¿Qué más pedir para mi hijo que ame y sea amado? ¿¿eh?? (¿Una buena vida, que nunca le falte lo que necesite? ¿Que sea doctor? ¿¿¿Que me ame siempre y mucho???? ¡Oh el inconsciente cuando se hace oír, es cruel!)

No sé, pero estoy como si me hubiera pasado un tren por arriba, como si un aluvión me emparara el alma. Triste, tristísima, sé que lo que había entre nosotros dos (esa clase de amor único de la madre con el hijo varón) no vamos a tenerlo más. La entrada al jardín, el haber probado el fruto de ese árbol hace que cada hombrecito sea nuevamente Adán perdiendo su inocencia, viéndose desnudo y sintiéndose deseante.

Ese niño con quien tuve un amor intenso, sólido e íntimo durante tantos años. Ése con quien compartí y a quien enseñé a amar lo que yo amo, ése que aprendió de todo y bien, sospecho más que nada por darme el gusto. Ése a quien consolé más de una vez con sólo decirle “sana sana colita de rana” y acariciarlo. Ese peludo de 1,90 que me hace upa para molestarme cuando intento retarlo. Ese mismísimo es ahora otro. Precoz o no, lo mueve y lo incentiva el empuje del instinto. Como si fuera un cachorrito ensayando con la pierna de la gente ese gesto ancestral, la fuerza inevitable de la especie. Ahora a Juan le interesa otro cuerpo. Complacerla, explorarla, hacer algo con ella. Aquel niñito mío, descubrió la intimidad del amor, y el pudor. En pocas semanas levantó esmeradamente, entre él y yo, una pared emocional a cal y canto. Una pared sólida que nos preserva a la vez que nos distancia. Que nos cuida, que nos hace madurar a la vez que nos niega satisfacciones tan elementales. Juan ya sabe, como yo, que nunca será lo mismo. Como bien lo dijo una vez Omar (y me quedó dando vueltas en la cabeza): en el jardín de las delicias, matan niños.

Por eso esta vez es distinta a todas las anteriores: el destete, la guardería, el colegio, irse a dormir a casa de otros, irse de vacaciones sin mí. Este corte es definitivo. Es el fin de ese amor pueril con un grandote que superó el edipo hace rato pero con quien nos permitíamos aún algunos escarceos, es definitivamente un punto final.

Los otros días recordé que fue alrededor de los 9 años cuando vi por última vez desnudo a mi hijo. Empezó en ese tiempo a cerrar las puertas con llave. Nunca supe cómo fue su cuerpo púber, nunca entreví la huella hormonal más allá del tono de su voz, o quizá de dos pelos de barba. Recuerdo cuando era bebé, cuando era chiquito, cuando para dormirse acariciaba mi oreja y cuando haciéndose el dormido todavía se las ingeniaba para acariciar mis tetas por encima o entremedio de mi ropa.

Es curioso pero en el último tiempo a cada rato me topo con papeles amarillentos declarándome su amor, dibujitos de corazones hechos por sus manitos cuando, inocentes, ni pensaban en las curvas de Irina. Por cierto, recuerdo (aunque no me alivia) que por esto pasamos todos. En todas las épocas, la carne de otro nos urge, reclama ojos, manos y voluntades. Todos agitamos en su momento algún arbusto, armario, los almohadones del sillón, y finalmente las mismísimas sábanas.

Éste es un momento difícil y mágico, único creo. Cuando Lucía –mi hija mayor– descubrió el amor lo hizo con eso que tenemos las mujeres: confesiones más arrebatadas, tempranas emociones encontradas, preguntas y respuestas, complicidades y recaudos de género. El paso de niña a mujer es más largo y más lento, nos da más tiempo para compartir y charlar, para verlo venir. El amor que Lucía como mujer tiene por sus novios del momento no la alejó de mí, al contrario, intensificó la curiosa relación como-madre-hija que tenemos.

Juan un día dejó de ser un niño, incluso un púber adolescente erotizado al divino botón onanista y secreto, para ser un chico enamorado de una chica real.

-Má, estoy saliendo con Irina.
-¡Ah!, ¡Congrats! Juan … qué bueno.
-Sí, nos re amamos.
-¡¡Qué bueno, qué bueno!!

Y no me animé a abrazarlo, no me animé a acercarme para darle un besote y acariciar su pelo, ni siquiera lloro delante de él, no le diría nunca que lo extraño como no extrañé nunca a otro.

Cuando nacieron mis hijos supe que ese sí era un amor para siempre, de por vida. Y lo es. No se trata de ya no me quiere. Es otra cosa. La primera infancia tuvo para nosotros una intensidad densa y secreta; íntima y poderosa que raramente pueda racionalizar. Leí a Freud, a otros y llevo muchos años de análisis, pero sobre todo sé de todo lo que puede el amor por los hijos. La carga erótica del amor por el hijo varón es innegable, y también por eso cuando mis hijas aman a su padre descaradamente frente a mí, lo que siento es celos.

Al crecer; el amor entre Juan y yo fue tomando diversos modos de expresión, quizá uno de los más intensos fue el de saber los dos cúantas cosas amamos juntos: a los otros amores de nuestra vida, la música, la vida, la comida rica, ir a la cancha, la trilogía del Padrino, y otras.

Ahora empieza otra etapa, otro momento. Juan está correteando en el jardín de las delicias con Irina –y vendrán otras sospecho–, y yo no lo espero en la puerta.

De ese jardín no se sale de la mano de mamá.

 

One Response to El otro jardín

  1. aydesa says:

    Todo vuelve Dani, un escalón más arriba. Allí te espera y eso no se deshace. Hermoso.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>

Set your Twitter account name in your settings to use the TwitterBar Section.